TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Talavante, sin fortuna ni acierto"

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La suerte, esquiva con el torero extremeño, desconfiado en su segunda salida de otoño

Corrida apagada de Adolfo Martín

Temple de Álvaro Lorenzo con la mano izquierda

Presencia firme y entrega de Luis David Adame

Madrid, 5 oct. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 5 de octubre de 2018. Madrid. 4ª de la Feria de Otoño. Casi lleno, 23.000 almas. Estival. Dos horas y cuarto de función. Cinco toros de Adolfo Martín y un sobrero -5º bis- del Conde de Mayalde. Alejandro Talavante, silencio y pitos. Álvaro Lorenzo, silencio tras aviso en los dos. Luis David Adame, silencio y silencio tras un aviso. Muy aplaudidos dos puyazos de Héctor Piña al sexto. Tres pares espléndidos de Sergio Aguilar. Dos de mérito mayor al cuarto de Juan José Trujillo.

PARA EMPEZAR, ÓRDAGO: destocado, Talavante emprendió desde el burladero de capotes el camino de los medios, donde parecía que iba a recibir al primer toro de la corrida de Adolfo Martín. Ese paseo, de aire temerario, levantó una ovación corrida de reconocimiento. Poco antes de alcanzar el platillo, Talavante hizo un giro de ángulo recto y enfiló la puerta del toril. Al llegar a la segunda raya, se arrodilló, se ajustó la montera y dio aviso al torilero. La corrida de Adolfo se abrió a porta gayola con una larga cambiada de rodillas, que iba a ser al cabo casi el único logro de un Talavante sin fortuna ni acierto.

Se probó desafortunada la idea del recibo a porta gayola: bien librado el lance, pero el toro se descompuso al soltarse, se quiso sentar antes de varas y cobró corrido en la puerta la primera vara al volver a soltarse. Se vio a Talavante nervioso. Más todavía cuando Juan José Trujillo, al tratar de sujetar al toro a contraquerencia, tropezó y resbaló en la cara, cayó de espaldas y fue cogido y volteado de muy fea manera.

Cundió el nerviosismo, la lidia devino trapacera -el propio Talavante, el infalible Valentín Luján- y el toro acabó tomando dos varas más. Muy severas las dos. Sergio Aguilar cubrió en banderillas el puesto de Trujillo, que, apaleado, se metió entre barreras. La faena de Talavante fue cautelar desde el primer viaje. La mayoría estaba a favor de obra. Hasta que fue imposible el disimulo. Un trasteo desconfiado por delante, el toro se defendía, se le fueron los pies a Talavante, dos medias -la primera, soltando el engaño- y pitos para el toro en el arrastre. Todavía hizo valer Talavante su papel de torero consentido.

No tanto en la segunda baza y con un cuarto de corrida veleto y ofensivo, de agresivo aire -casi emplazado de partida en los medios- y castigado durísimamente en dos puyazos de barrena. La cara alta, frenado y revoltoso, apoyado en las manos, el toro tuvo a Talavante escamado y en alerta desde antes de ponerse a faenar. Podría haber salido con la espada de acero en la mano, doblarse, romper de pitón a pitón, tocar los costados y abreviar o cortar por lo sano, pero se dio un tiempo. No por engañarse a sí mismo sino por justificar el papel protagonista. Con el toro pegado a tablas, no recostado, Talavante atacó con la espada sin la menor fe. Tres pinchazos y dos descabellos. Los hados del bombo, no del todo propicios hace siete días- un toro de Victoriano del Río que sí, pero otro que no-, le fueron esta vez del todo adversos.

El aire ausente de Talavante condicionó el ambiente de la corrida toda. Se sintió como una decepción. Ninguno de los dos toros de reatas buenas de Adolfo -un Baratero segundo y un Malagueño tercero-, muy bien rematados los dos, llegó a romper en son mayor. El uno, que romaneó en la primera vara, por embestir tan al ralentí que parecía desganado, y por desparramar la mirada por la mano derecha; el otro, tardo, por emplearse en medias embestidas sin particular celo. Fueron nobles los dos. Álvaro Lorenzo firmó los mejores muletazos de la tarde con la mano izquierda, pulso y asiento impecables, y tirando según costumbre al hilo del pitón, que en el sector torista de las Ventas se tiene por una ventaja sin serlo. Luis David Adame firme toda la tarde, pecó de acortar distancias cuando el toro las pedía largas. A Álvaro se le atascó el descabello tras una estocada trasera; Adame cobró dos estocadas seguidas, la segunda por el hoyo de las agujas y la primera, en los bajos.

Antes de soltarse el quinto toro se hizo sensible el malhumor con recados al ganadero. No sería por la presentación -menos aparatosa la corrida de lo habitual- sino por el fondo demasiado apagado de los cuatro vistos. A los cuatro les dieron en el caballo leña sin contemplaciones. Terciado, con menos carnes que los demás, ensillado, acucharado, el quinto fue recibido con palmas de tango, estuvo por sentarse antes de varas, claudicó bajo el peto y al salir de él, volvió a hacerlo dos veces y estalló el motín propio del caso.

Devolvieron el toro y entró en escena un sobrero inmenso del Conde de Mayalde, cinqueño, 600 kilos, aire y señas de toro corraleado. Había sido sobrero dos veces la pasada semana. Llegó su hora. Bravucón en el caballo, picado muy trasero y lesionado de tendones de la mano derecha -la perdió muchas veces-, fue toro bondadoso, presto para acudir a cites de largo y a Álvaro Lorenzo pareció gustarle. El torero toledano se fajó, se lo pasó muy cerca, tiró muletazos de limpio encaje y brazos sueltos y, premio a su perseverancia, acabó cobrando con la mano izquierda una tanda excelente, pero cuando ya no quedaba casi toro. Dos pinchazos, siete golpes de verduguillo. Sonó un aviso.

Con el festejo en mínimos, saltó un espléndido sexto, el más serio de la corrida, descarado, veleto, elástico y armónico. Luis David Adame lo fijó con lances genuflexos de lindo arrojo y poder, salió desarmado de una serpentina librada a destiempo y se empeñó sin demora en una faena seria, de pisar terrenos de compromiso y de buen aguante. Probón y receloso, no fue este último toro agradecido, sino que llegó a recular. No hubo caso.

Postdata para los íntimos.- La puntualidad japonesa es proverbial: los trenes bala, por ejemplo. El respeto y compromiso con las citas. Si quedas con un japonés o una japonesa a las nueves de la noche, a las nueve aparecen como caídos del cielo. Ni un minuto antes ni uno después. Al cabo de los años, como me invade no pocas veces la amarga sensación de haber perdido demasiado tiempo -perder el tiempo en perderlo-, el ejemplo de la sociedad japonesa me conmueve más que nunca.

¿Y los coreanos? Hablemos en serio. Es que no tiene nada que ver la velocidad con el tocino. Esta misma tarde en las Ventas he sido testigo de cómo llegaba una bandada de coreanos a los toros con un cuarto de hora de retraso. Puede que la culpa fuera del guía. Siempre buscando culpables de nuestros males. En Seúl y en Pyongyang. En todas las penínsulas en general.