TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SALAMANCA. Crónica de Barquerito: "Morante o el toreo de cámara sin toro"

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Una cascada de toreo primoroso de capa y muleta con un “Barbudo” de Vellosino de amerengada condición

Un excelente tercero de corrida

Un arrebatado y afortunado Juan del Álamo, a hombros.

Salamanca, 14 ago. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 14 de septiembre de 2018. Salamanca. 3ª de feria. 7.000 almas. Anticiclón. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Vellosino (Manuel Núñez Elvira). Morante de la Puebla, saludos tras un aviso y división al saludar. Manzanares, silencio en los dos. Juan del Álamo, oreja tras un aviso y oreja. Dos pares excelentes de Roberto Jarocho al tercer toro.

EL PRIMER TORO DE VELLOSINO, cabezudo, abierto de palas y veleto, fue, estando romo, el más ofensivo de una corrida muy dispar. Muchos pies de salida. Las galopadas propias de los toros desenjaulados en el ruedo que buscan puertas casi lamiendo las tablas. Morante lo dejó correr sin contrariar la querencia ni pretenderlo. De tres lances apenas esbozados salió el toro a toda pastilla y huyendo. La calma pasiva de Morante produjo sorpresa primero y estupefacción después. No estaba El Lili en turno de lida, pero fue él quien con dos capotazos para fuera consiguió sujetar el toro. O que echara el freno.

Y entonces apareció Morante en la primera raya para dibujar una madeja de ocho lances más precisos y recogidos que primorosos, ajustados y acoplados, fundidos los ocho en un palmo de terreno. Y media de remate. La cara alta en todos los viajes, el toro salió distraído. Tardó en atender al caballo, se quedó debajo de él sin pelear y al cabo volvió Morante a escena. Un quite de cuatro lances mayúsculos a pies juntos y a suerte cargada, a cámara lenta. Y ahora sí, el primor de la pureza. Por el ajuste y por el compás. Por el asiento y el temple. El eco fue menor.

En eso tendría que ver no poco el aire tan inocente del toro, que embestía de salón, con docilidad de babosa. No se trataba, por eso, de pegar toques sino de acariciar los reclamos. Morante se sintió como pez en el agua. A esa manera de moverse el toro le puso un día nombre y verbo Rafael Corbelle: deslizarse. Y hacerlo tan despacio como los copos de nieve. Morante estuvo toreando desde que se puso, desde el primer muletazo, entre tablas y rayas, por las dos manos, y fuera de la segunda raya también, sin cortar el fluido ni partir en tandas convencionales ese trasteo casi recreativo que tuvo mas embelesado al toro que a la inmensa mayoría.

Ni siquiera una tanda de siete ajustados redondos ligados en puridad y abrochados con un cambio de mano y el cambiado por alto provocó mayor clamor. La banda se había arrancado con el Gallito, de Lope, y llegó a darle al pasodoble vuelta y media y casi dos. Ajeno a la música, Morante abundó en su exhibición ligera de fondo y forma, que son en su caso una sola cosa. El remate de faena fue un delicioso recorte por delante del repertorio gallista. Un pinchazo en la suerte contraria echándose Morante fuera sin disimulo, media tendenciosa, un descabello y un aviso. Lo sacaron a saludar.

A ese torote con el que tan a gusto había estado Morante, lo pitaron en el arrastre. Y al segundo, al cuarto y al quinto también. Rapadas las diademas, romas las puntas, un segundo mogón, muchas carnes, no tanta presencia: por no se sabe qué razón el hierro de Vellosino, donde se ha sacado de tipo el toro antiguo de Arribas y abundan ahora los caballunos, no goza en Salamanca del favor paisano.

Luego de las pinturas de Morante empezó obligadamente otra corrida y, dentro de su primera mitad, saltó el toro de la tarde. Un toro que iba a cumplir el tope reglamentario de los seis años en noviembre. Montado y ensillado, largo cuello flexible, ni feo ni bonito, fue una sorpresa. Con su codicia subió de grados la temperatura, el toro apretó con celo bravo en el caballo, arreó pronto, descolgó, humilló y repitió. Y fue muy noble. Con él se enredó Juan del Álamo en una faena caliente, arrebatada y tumultuosa, de muchas burbujas, no demasiado ajuste, sobrada de muletazos largos, limpios, lineales, planteada sobre las dos manos y terrenos distintos, que eligió no el toro sino el torero de Ciudad Rodrigo, que de mitad de trasteo en adelante se sosegó. Con él vibró la mayoría. No entró la espada a tiempo ni por donde debía. Un aviso y, sin embargo, una oreja. Manzanares había porfiado cauteloso con el segundo de la tarde, que romaneó en una vara, pero salió quebrado del puyazo, claudicó y solo pegó cabezazos feroces.

El segundo toro de Morante galopó y trotó, y se pegó casi tantas carreras desenfrenadas como el primero. Morante repitió la fórmula: lo dejó correr y desahogarse y, cuando lo vio a punto de caramelo, le pegó diez lances de perfecto compás, uno detrás de otro, como si fuera así de sencillo. Diez y uno de propina. Bellísimo: la manera de posarse, la de tener el capote en los dedos más que en las manos, y la de volarlo como si no pesara. Una delicia. En un breve quite Morante firmó y rubricó dos delantales. Y media lánguida, de manos dormidas y bajas. Nada que ver este cuarto vellosino con el dócil primero. Embestidas agónicas a partir del décimo viaje. No lo obligó Morante, que no hizo ni gestos de contrariedad. Pensaría que el toro se iba a echar de un momento a otro. Se iba a echar y se echó. Muy pegado en el caballo, el quinto se rebotó en la muleta, Manzanares toreó por fuera. Ni una palma.

Y, en fin, un sexto de 620 kilos, todavía más que el cuarto, mole de 605, que se pegó de salida unas cuantas carreras olímpicas, se escupió de un primer puyazo, pero se empleó en el segundo, se fijó sin duelo y dio en la muleta buen juego, metió la cara, recorrido largo, toro muy ganoso. De los raros de ver. Estuvo a punto de herir a Juan del Álamo a la salida del primer par de banderillas y por perderle la cara el torero. No se sabía del talento de Juan como banderillero. Pues lo tiene. Modelo Padilla, a quien tendrá por espejo. Pese a que la cogida fue dura, Juan no quiso que banderilleara la cuadrilla y completó tercio en loor de multitud. Como la faena que siguió, cargada de teatralidades, dispuesta, despegada, la figura encajada y despatarrada, soluciones para todo, no tan caliente la cabeza como parecía, de rodillas o no, en uve o por derecho. Como un novillero. Volcada la gente con él.

Postdata para los íntimos.- Los edificios de las rondas de Salamanca -Canalejas, Mirat y Carmelitas- tienen muy poco interés. Pegadas al cinturón hay cuatro iglesias muy bellas: San Marcos, en la puerta de Zamora, con su ábside semicircular; la Iglesia de Sancti Spiritus, plantada entre la cuesta y la ronda a las que presta nombre; San Cristóbal, que es la más camuflada y la de menos interés de las cuatro; y, al fin, en la margen izquierda de Canalejas, bajando hacia el río y los Pozos de Nieve, y entrando por el Corralillo de Don Tomás, la de Santo Tomás Cantuarianense (Santo Tomás de Canterbury) que, por su sencillísima traza, me tiene fascinado. Frente a la monumentalidad de las dos catedrales, de la imponentísima Clerecía, de las algo cargantes moles del Palacio de Anaya y su entorno, y hasta contando el exceso de volúmenes de San Esteban, esta iglesia diminuta hace pensar en lo divino tanto como un paisaje celeste.
Era pronto, pero ya pegaba el calor en el paseíto perezoso -parada en el escaparate de la armería de la esquina de Santa Clara, que es de ver-, y al doblar la entrada del Corralillo soplaba una corriente fresquita. Cosas que pasan en las ciudades sitas a orillas de ríos bravos. El paseo ha sido largo. Estaban fregando a conciencia con cepillo y detergentes los soportales de San Esteban que en las noches de botellón hacen de urinarios. Me encanta la estatua de Francisco de Vitoria que, vista de frente, deja detrás la fachada de San Esteban, única en su género por la grandeza, y por el dorado color de su piedra tallada.
He cruzado la pasarela sobre la Gran Vía y he subido por la callejuela de El Tostado hasta Anaya. Como el curso universitario se inauguró el pasado martes, el palacio, que está dedicado en exclusiva a la Facultad de Filología, estaba abierto, y he entrado, y leído los nombres de no sé cuantos doctores señalados con el Víctor de tinta sangrada o de calimoche. El claustro es severo y elegante. Muchos estudiantes extranjeros hacían cola frente a la secretaria. Me he parado en paneles donde constan horarios de cursos. Aqui se enseña de todo. Desde arameo a japonés y coreano. Griego antiguo y moderno. Latín vulgar medieval y clásico. El busto de Unamuno en el rellano de la escalera mayor está tan logrado que parece vivo el poeta. El rector de la Universidad, el prolífico escritor y polemista, el gran novelista, el hombre de compromiso, todo eso y su leyenda, pero a mí me gusta más su poesía. Casi toda.
He leído en una cartela que todavía se está a tiempo de matricularse en un Máster sobre textos de la Antigüedad clásica y su pervivencia. Quién pudiera...!
La Rúa Mayor es un zoco, me he comprado un librito muy gracioso -una geografía de la provincia, edición de 1890- en la Librería de Anaya, he merodeado por la plaza mayor, he subido a la plaza de toros en busca de un encargo de entradas y me he encontrado con un torero joven pero orillado, Álvaro de la Calle, que es artista. Una vaca en no recuerdo qué pueblo le pegó el domingo una paliza y parecía un herido de guerra: escayola, vendajes, rasguños en la cara. Pero soñando con que algún día lo pongan en Madrid. Y allí estaremos para contarlo.

He comido el gazpacho más rico del año. Es la época del tomate tardío. Aquí sobre todo.

Última actualización en Martes, 18 de Septiembre de 2018 20:01