TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SALAMANCA. Crónica de Barquerito: "Un mexicano de valor y un salmantino con calidad"

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Diego San Román, de Querétaro, que confirma su fama de torero de mucho corazón, y Antonio Grande, charro de San Muñoz, que vuelve a acreditar su gusto y su talento

Salamanca, 12 sep. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 12 de septiembre de 2018. Salamanca. 1ª de feria. Novillada con picadores. 3.000 almas. Anticiclón. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis novillos de “José Cruz” (Rafael Iribarren). El sexto, sobrero. David Salvador, saludos y saludos tras aviso. Antonio Grande, oreja tras aviso y dos orejas. Diego San Román, saludos en los dos. Gran puyazo de Alberto Sandoval al sobrero. Dos excelentes terceros, Javier Gómez Pascual y Vicente Herrera, cumplieron lo preciso con los toros de Grande y San Román.

LA PRIMERA MITAD de corrida se vivió en el alambre. El novillo que partió plaza, las palas blancas, ojo de perdiz, de vivo galope pero sin fijarse, enterró pitones justo a la salida de un único severo puyazo y, tambaleante, pareció inutilizado. Sangraba por los ollares. Se pidió la devolución. El palco apostó por el toro, que sin llegar a derrumbarse perdió las manos una y otra vez. Sería una lesión medular. Anduvo afanoso y seguro, listo con la espada y el verduguillo David Salvador, de La Fuente de San Esteban, corazón del campo charro.

El segundo, negro zaino, las palas grises, de vibrante salida, corrió suerte parecida a la del primero. Después de cobrar corrido en la puerta un puyazo, se pegó un volatín casi completo y cayó a plomo. Vuelto en sí, echaba los bofes, se rebrincaba, claudicó en banderillas y, aunque recobrado, no llegó a verse en propiedad. Fue toro muy codicioso y pronto, pero frágil. Acusaba el batacazo y el puyazo previo. Al menor tirón besaba la arena o amenazaba con hacerlo.

De San Muñoz, a dos pasos de La Fuente, es Antonio Grande, que estaba en turno. Elegante la figura, compuesta y sin componer, torero con plaza y enseñado. Habilidoso, acertó a sostener el toro. Una faena más de brazos que de asiento. Llamativamente montada una muleta de tamaño mayor pero bien gobernada. En golpes sueltos -los broches de tanda, uno de pecho a pies juntos, los andares naturales, en apuntes a la verónica también- dejó Grande idea de torero de calidad. Faena larga, inadecuado un remate por mondeñinas o algo así. Una estocada ladeada y dos golpes de descabello. No hizo falta el tercero, se echó el toro. Una oreja generosa. Es rumor que entre Salvador y Grande media una rivalidad. Por toreros y vecinos. Puede ser. Los de La Fuente protestaron la oreja. No eran tantos. Los de San Muñoz la celebraron.

El tercero se llamaba Cortés pero no Hernán y con él debutó en Salamanca Diego San Román, mexicano de Querétaro, queretano, que está haciendo en España una media temporada brillante, con eco y fama de torero de valor. Y eso confirmó del todo y sin reservas. Solo que hubo que esperar, porque al tercer novillo de José Cruz, enmorrillado, negro y gacho, le ocurrió lo mismo que a los dos primeros: al salir zurrado y zumbado del caballo, enterró pitones y en un intento de quite de Diego se estragó. Ahora asomó el pañuelo verde de la devolución.

Se corrió turno. Por megafonía se anunció que saldría el sobrero, que era el toro más cuajado y armado de todos. Aviso en falso. El sexto de sorteo y al cabo tercero bis dio indicios desde la salida de su querencia a corrales y toriles. San Román se encajó en serio en el saludo de capa, pero en lances tan firmes como carentes de vuelo. Un puyazo de toro bravucón y una faena de arranque temerario: Diego en los medios, la muleta en la zurda y al tajo sin demora. Estuvo fría la gente. Los de La Fuente y los otros, unidos en causa común. Indiscutibles la firmeza y el arrojo del torero queretano, pero irreductibles la violencia y la renuncia del toro de José Cruz, rajado sin remedio. En lances sueltos -un molinete de recurso, de los de Ruano Llopis, una trinchera ajustadísima, el echar la muleta al morro- se dejó sentir Diego, que se fue tras la espada con fe, pero soltando el engaño.

En prevención de accidentes, los dos novillos que salieron después, mayores que los tres primeros, se picaron con alfileres. El cuarto, pobre de cara, apenas sangró; el quinto, zurdo o bizco, el mejor hecho del sexteto, cobró un mero picotazo. El sobrero, hechuras, cuajo y cara de cuatreño -muy abierto de cuna y casi paso-, sí cobró, de costado, un puyazo perfecto en la yema de Alberto Sandoval. No habría sobrado un segundo. Pero decidió el palco no apostar. Por todo eso la segunda mitad tuvo más interés que la primera.

Salvador se salió hasta la boca de riego en el recibo del cuarto y, tras cuatro lances de toro pasa, se enredó en tres gaoneras ajustadísimas, muy bien tiradas y abrochadas con revolera. Rebrincado, revoltoso y pegajoso, suelto por sistema, muy informal, el toro no dejó acoplarse a David, que tomó una heroica decisión honrosa: tirarse a matar sin muleta -como Galán, como Fandiño- y enterrar una estocada entera algo tendida.

El quinto salió abanto, pero estuvo enseguida fijo y encelado. El toro de la tarde. Por elasticidad, fijeza, entrega. Verónicas tocadas y retocadas de Antonio Grande. Bonita la composición. Una media excelente. Soltura y recursos de capa, un galleo sobrante. Y una faena llena de cosas, algo irregular cuando el toro se vino arriba y exigió mando templado, pero donde contaron, mucho más que los apuros, los logros: una tanda en redondo preciosa y, sobre todo, una imponente tanda ligada con la izquierda antes de la igualada, los airosos remates de todas las tandas sin excepción, y fueron siete, el toreo de castigo de última hora, la arrogante compostura. Una estocada desprendida con vómito. La minoría de San Muñoz hizo valer su peso: dos orejas.

El sobrero, tan por encima de los seis de sorteo en trapío y presencia, no fue nada sencillo, se avisó pronto, escarbó, tenía genio. Firme de verdad, San Román se animó a torear a la verónica de tirón con su minúsculo capotillo y, en el quite, se ajustó por gaoneras ceñidísimas. Tras el brindis a su apoderado, Alberto Elvira -el primer rival de José Tomás hace veintipico años-, Diego abrió faena de rodillas en el platillo, el cite de largo sin enmienda ni encomienda, y libró una tanda de emoción. Y, luego, en pie, una segunda con la diestra, de mano baja y poderosa. En la tercera, lo arrolló el toro, que lo tuvo preso entre las manos y lo molió a varetazos y pisotones, le desgarró la taleguilla por el muslo y pudo haberle hecho mucho daño. Solo la conmoción, que no fue poco. Descompuesto el toro, pero Diego siguió dándole la cara y el pecho, echándole la muleta al hocico y pretendiendo todavía torear despacio. Una machada.

Postdata para los íntimos.- Por las páginas de la sección Campo de La Gaceta he sabido que los compradores de la Lonja Agropecuaria de Salamanca pidieron el martes una baja de los precios del trigo, la avena y el centeno. No hubo acuerdo. Se mantienen los precios. La tonelada de trigo, a 190 euros. La de cebada, a 178. La de avena, a 134; la de centeno, a 163. Solo ganaron una baza los compradores: que bajara dos euros el precio de la tonelada de maíz, que el lunes se vendía a 191 y hoy la podéis comprar por 189. Pero eso no es lo más importante. Hay dos precios sagrados para los labradores de la tierra. Los de la lenteja y los del garbanzos. Por 600 euros os podéis llevar una tonelada de garbanzos a casa. Y por 900 euros una de lentejas. Sirve de consuelo saber que los 100 kilos de patatas se venden a 25 euros. ¿Consuelo? Echad cuentas.
He comido en el San Antonio unas lentejas soberbias, con verduras y sin tropiezos de cerdo. Y un gallo pequeño, blanco y casi transparente. El viaje en tren desde Madrid a Salamanca dura casi lo mismo que en 1960, y eso permite disfrutar de los paisajes cerealeros que medían entre San Pedro del Arroyo y Peñaranda de Bracamonte, con todos los campos segados. Las pacas de paja montadas geométricamente. Solo quedan los setos de cardos requemados y resecos. Para algunos será un paisaje desolador. No para mí. Es un contraste cuando de golpe y porrazo te encuentran con la entrada del Tormes a la altura de la estación de San Morales. El río, que traza un largo meandro de casi 90 grados poco antes de venir a tributar a Salamanca, se esconde entre la fronda de alamedas verdísima, copiosa, de porte único. Y tú, apostada la cara contra la ventanilla, deseando que se asome el río en algún momento. Y eso pasa nada ás dejar la estación de Aldealengua. Y enseguida se vuelve a esconder. Qué río tan elegante.