TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BAYONA, FRANCIA. Crónica de Barquerito: "Un espectáculo sobresaliente"

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Hermosa, brava y seria corrida de La Quinta, dos faenas incontestables y distintas de Daniel Luque, el saber hacer y estar de Juan Bautista y solo un resbalón en la raya de cal que le cuesta a Román una cornada leve y una terrible paliza a última hora

Bayona, 2 sep. (COLISA, Barquerito)

Domingo, 2 de septiembre de 2018. Bayona. 4ª y última de la Feria del Atlántico. 7.000 almas. Anticiclón. Dos horas y cuarenta minutos de función. Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi). El segundo, Bellotero, número 86, premiado con la vuelta en el arrastre. Juan Bautista, saludos, silencio tras aviso y saludos en el que mató por cogida de Román. Daniel Luque, dos orejas y saludos tras un aviso. Román, saludos tras un aviso. Herido por el sexto cuando lidiaba de capa. Cornada en el gemelo de la pierna derecha. Sin pronóstico.

En la novillada matinal, santacolomas de Los Maños, triunfó a lo grande Adrián Salenc, que es el novillero francés de mejor formación y más proyección. Proyecto serio de torero. Impresión confirmada. Por la tarde, la corrida de santacolomas y saltillos de La Quinta fue un espectáculo sobresaliente. Sin contar lo caro y silencioso del ambiente -la elegante Bayona taurina-, lo fue por dos razones poderosas: la categoría de la propia corrida -los seis toros, con todos sus matices y diferencias- y la facilidad deslumbrante de Daniel Luque para enredarse a placer con un lote muy dispar. Segundo y quinto.

 

El uno, terciado, astifino, de espectacular pinta -cárdeno calzón y calcetero, caribello y casi nevada la testuz toda-, fue completo de salida, en dos varas en regla y en la muleta. El toro perfecto en lo que se entiende por el santacoloma clásico vía Buendía. Cincuenta y pico embestidas al mismo son todas. Sin descomponerse en ninguna. Tan fino de cabos que pareció embestir de puntillas, y no dejar de hacerlo. Por la zurda no tuvo el mismo compás que por la diestra, pero Daniel Luque, que no se puso por la izquierda hasta la sexta tanda -tandas todas bien abundantes-, prefirió no meterse en jardines, porque la faena vino rodada y fluida como un manantial, desde la apertura salpicada y variada -preciosos los muletazos cambiados- hasta un final de sedoso manejo.

Siempre en el engaño el toro, que, por bravo, no dejó a Daniel irse perdiéndole la cara. En distancia larga y en la que no tanto, el toro vino humillado y descolgado. Ni un enganchón de muleta en tan tupida faena. Hubo tandas de toreo más rehilado que propiamente ligado, y entonces las soluciones fueron felices: el cambio de mano, el molinete suave y el de pecho. Y las hubo también de dar el medio pecho, cargar la suerte a modo y despacharse con el toro como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Una estocada hasta la mano soltando el engaño en la reunión. Dos orejas. Le dieron la vuelta al ruedo al toro.

Pero el toro con el que Luque dio dimensión más de fondo -de torero largo, temple natural, sentido del toreo- fue el quinto, cinqueño, de la rama Saltillo de la ganadería como acreditaba su escalofriante cabeza -paso, veleto, cuerda de ochenta y tantos centímetros- y como confirmaron su fijeza en el caballo, su listeza en banderillas y su manera de embestir al ralentí. Una embestida sinuosa pero fiable. Solo que había que sostener el tipo y no enmendarse, y ser tan paciente como lo fue Daniel.

Seguridad antológica, trato exquisito del toro, colocación perfecta, todo de rayas afuera, ni un renuncio. Ni siquiera cuando el toro empezó a salir con la cara alta de reuniones templadas. Y el milagro de una tanda penúltima con la izquierda ligada y ajustada, y una última de cuatro a cámara lenta fantástica. No había llegado a arrancarse la música, algo fría la gente hasta que en esa tanda reventó la tarde. Un pinchazo hondo soltando engaño, media caída, un descabello. La ovación que recogió Daniel desde el platillo fue de trueno. Para la bondad pastueña de toro tan serio por todo, apenas unas palmas.

Solo los dos primeros de La Quinta eran cuatreños. El Bellotero de premio y un Farruco que partió plaza, codicioso, repetidor, de mucha movilidad. Había tardado en salir y lo hizo frío. El excelente lidiador que es Juan Bautista resolvió. Ni un capotazo de más, pero el toro salió del caballo -dos varas en regla- como nuevo. Una pulcra faena del torero arlesiano, suavidad sin atacar, acompasada al son del toro. Quiso Juan Bautista recibir al toro con la espada, pero lo pinchó y soltando el engaño. De torero bueno el gesto de dejar al toro morir de bravo sin molestarlo.

Del cupo de cuatro cinqueños, dos entraron en el lote de Román y, aparte el quinto, el otro fue el segundo de lote de Juan Bautista, más en Saltillo que en Santa Coloma. Muy bien picado por Puchano, sangró demasiado y, aunque pronto y guerrero en la muleta, se revolvió. Tocó perder pasos y vaciarlo hacia fuera. Juan Bautista cobró antes de la estocada una bella tanda frontal con la izquierda. La estocada, en los medios y recibiendo, atravesó al toro y lo hizo guardia. El sexto, el que hirió a Román, fue el hueso de taba de la corrida, el único que se quedó debajo y punteó con genio. Lo manejó con calma Juan Bautista y lo mató por arriba.

La cogida de Román, que estuvo demasiadas veces a merced del tercero, fue en el sexto puro infortunio: resbaló en la raya de cal recién pintada, cayó de espaldas y el toro hizo por él, lo apresó y, cuando ya casi lo soltaba, lo prendió por la pantorrilla, le pegó una voltereta salvaje y en el suelo lo pisoteó y apaleó. Grogui, Román sangraba, pero pretendió seguir. Juan Bautista le hizo sin aspavientos tomar el camino de la enfermería. El tercero de la tarde se arrancó como un bólido al caballo de pica, escarbó mucho y oliscó en la cal de las rayas, humilló y, tras unas primeras embestidas temperamentales, se avino a orden. Román trató de torear despacito y sin esconderse, pero sin tocar ni traer gobernado al toro, que estuvo a punto de llevárselo por delante no menos de tres veces. Impertérrito Román. E ileso en esa baza.

Postdata para los íntimos.- El rodaballo de El Embarcadero en el muelle de Jaureguiberri, perderse por la ciudad jardín de Lachepaillet, ir cruzando los puentes sobre el Nive, callejear en zigzag por la Bayona Grande, pasear por las murallas sobre los fosos, atravesar la Poterna y descubrir la cara recién pintada del Castillo Viejo, que es construcción inglesa, visitar el Museo Vasco y su expo sobre el Tour de Francia -etapas vascas nada más, y entre ellas la antológica Luchón-Bayona de 1910, con sus cuatro subidas a Peyresourde, Aspin, Aubisque y.... el temible Tourmalet, con cuyas rampas sueño a diario. ¿Los Pirineos o los Alpes?, preguntaron a Aníbal Barca. ¿Con o sin elefantes?

Y, luego, ese silencio de Bayona una mañana de domingo. Todo por el mismo precio. Salvo la ración de rodaballo, naturalmente

Cuando acabó la etapa legendaria de 1910, los jefes del Tour dieron a los ciclistas -los gigantes de la ruta- un día de descanso en Bayona. Y descansaron como dioses de domingo

 

 

Última actualización en Domingo, 02 de Septiembre de 2018 21:58