TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BILBAO. Crónica de Barquerito; "Al natural, espléndido Álvaro Lorenzo"

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Con el mejor lote de una variadísima corrida de Victorino, el torero toledano firma con un triunfo su debut en Bilbao y con la ganadería

Dos faenas de temple nada común

Bilbao, 19 ago. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 19 de agosto de 2018. Bilbao. 2ª de las Corridas Generales. 3.500 almas. Veraniego, luminoso, ligera brisa. Dos horas y cuarenta minutos de función. Seis toros de Victorino Martín. Manuel Escribano, saludos y vuelta. Saúl Fortes, saludos en los dos. Álvaro Lorenzo, oreja tras un aviso y ovación tras un aviso. Excelente Sergio Aguilar en brega y banderillas. Pares notables al segundo de Raúl Ruiz. Lidia competente de El Puchi con el sexto.

LA CORRIDA DE Victorino fue una especie de catálogo de la ganadería. No el catálogo completo. Por larga y abierta, la muestra completa no cabria en una corrida de seis toros. Faltó, por ejemplo, el toro predador o alimaña, pero el cuarto, que había tomado de partida el capote de Manuel Escribano por los vuelos y con bravo son, se puso pendenciero en la muleta, tuvo al torero de Gerena atrapado entre las manos después de haberlo medido, cazado y derribado, le pegó una seria paliza y acabó soltando gañafones de áspero genio.

Sin ser propiamente una alimaña, sí fue de carácter mutante y, por eso, toro de mucha emoción. Metió en la corrida a la gente. Llevaba la cal de las rayas en el hocico. Antes de banderillas, había descolgado y humillado. Se había pegado dos trompazos contra tablas, y entregado en el manojo de preciosas verónicas con que Escribano lo dejó fijado antes de varas. Quiso sin romper en un apurado quite por chicuelinas de costado de Saúl Fortes en el mismo platillo. Un tercio de banderillas morosísimo, un tercer par de Escribano de violenta reunión y salida embrollada, y el toro tomó la muleta apretando y protestando. No lo había hecho hasta entonces. Ni ese toro ni tampoco ninguno de los tres primeros.

Alto, flaco y cabezón, el primer victorino -¡arriba el telón!- lo tuvo todo para ser toro de nota: prontitud, fijeza, nobleza, codicia, instinto repetidor. Todo menos poder, motor y resistencia. Un estrellón de salida contra las tablas dejaría secuelas y el toro, derrengado, se fue de manos unas cuantas veces. Parecía de porcelana sin serlo. Reclamó la gente.

El segundo, cornipaso y veleto, el único entrepelado de un envío de cárdenos en la pinta clásica de la casa, fue aplaudido de salida. Toro con muchos pies. Cuello y morrillo imponentes. Se revolvió no poco, desarmó a Fortes tras pisarle la muleta, no se entregó por la mano izquierda, pero tuvo por la derecha fijeza. Embestida al ralentí y una segunda mitad de faena de Fortes a cámara lenta, de muletazos embraguetados, traídos por delante con clásico rigor, vertical la compostura. Faena en un palmo de terreno. Señal de buen gobierno. En la suerte contraria, Fortes cobró una estocada atravesada y soltando el engaño. Quiso dar la vuelta al ruedo, no le dejaron. Estaba fría la gente, y callados los músicos.

El tercero fue, con el sexto, el mejor rematado de la corrida. Los dos de mejores hechuras, en el mismo lote. El de Álvaro Lorenzo. Y los dos de conducta y condición mejores. Este tercero descabalgó en la primera vara a Francisco Javier Sánchez, pero sin derribar, el caballo se espantó y, cegado por el antifaz, trotó en fuga en busca de salida. Alain Bonijol, el domador y dueño de la cuadra que pica en Bilbao, logró sujetar y calmar al caballo, pero sin haber podido impedir antes que se estampanara contra la barrera. El propio Bonijol arriesgó como un monosabio valeroso.

Esa fue la primera emoción colectiva de la tarde. En silencio, Sergio Aguilar lidió con primor ese toro que, bien sangrado, tuvo en la muleta son del bueno, y el propio del toro de Victorino. En su debut en Bilbao, y por primera vez con victorinos, Álvaro Lorenzo anduvo fino, firme y sereno. Una faena de buen compasito, bien tramada, de mano baja y temple bien calibrado, excelentes remates de pecho, alguna pausa de más y mayoría de toreo con la diestra, en línea o en semicírculo. La mano izquierda del toro no la vio clara el toreo toledano hasta muy última hora. Una tanda al natural fue lo más caro de esa faena. Y lo más celebrado. Un aviso, una estocada y la primera oreja de la semana. Bien cobrada.

Los tres victorinos de la segunda parte, los que más sobresaltos trajeron, fueron mayores que los primeros. El quinto, fuera de tipo, 600 kilos, bastante feo, descabalaba el conjunto. Fue el de peor nota. Por distraído, por salirse suelto de casi todos los lances y por apagado en apariencia. Parecía la desgana misma, hasta que en una salida de Fortes perdiéndole la cara se fue por él y por la espalda, alargó la gaita y de un simple cabeceo lo derribó e hirió. Luego, no paró de revolverse y puntear. Se puso pegajoso. Fortes lo cuadró con muletazos de pitón a pitón. Lo tumbó de estocada sin puntilla. Al caminar por el callejón hacia la enfermería fue aclamado.

El sexto galopó con alegría y aire desafiante, se estiró con chispa fiera y, sorprendido o desconcertado, Álvaro Lorenzo se vio obligado a tirar el capote y echárselo a la cara para salir del apuro de las repeticiones tan celosas del toro. Se esperaba ver torear a Álvaro a la verónica y con pureza, según suele. Rompió la baraja ese toro, que, fijo en el caballo, pero a la espera en banderillas, estaba por calar cuando Álvaro abrió faena con tres bonitos muletazos por delante. Solo tres. Y tras ellos vino una faena de muchas cosas exquisitas, pues a la pulcritud de la primera faena vino a sumarse ahora un trazo poderosísimo en el toreo al natural. Tardo, pero tan noble como tardo, el toro se prestó, dejó a Álvaro ponerse al hilo del pitón y hasta fuera de cacho, pero ahí fue donde quiso el toro y donde más cómodas parecieron las dos partes. De dos mitades fueron los muletazos: la primera al toque, sin enganchar, y una segunda fastuosa por su temple, su longitud, su gobierno y su remate. Muy despacio, muy despacito. Impecable dibujo. Con esta guinda de postre no contaba nadie. Una estocada trasera o tendida, un aviso, dos descabellos. Los dos toros de Álvaro murieron de bravo.

Postdata para los íntimos.- Vale la pena esperar un ratito para tomarse en el Bistró del Guria un pisto memorable. Y mañana, en el Monterrey, lo mismo. El pisto a la bilbaina, que es de una sutileza inesperada en un plato que tiene por mayor fundamento la cebolla pochada y el calabacín. Será cebolla de Fuentes de Ebro, que es exquisita. Los calabacines, que la cocina francesa ha reducido a verdura de compañía, son también protagonistas. En el Guría, una fina capa de huevo batido como para tortilla. No fina. sino finísima. Te sientas y solo ves la lámina de huevo. Hasta que entras a fondo en el asunto. ¿Repite la cebolla? Creo que sí. Nadie es perfecto. Ni gota de grasa.
En cambio, los ratatouilles franceses, que se pretenden pistos de Vizcaya, son, en mi humilde opinión, bastante bastos. ¡No pelan los calabacines! El pisto del Monterrey es con huevo batido junto con el calabacín, el pimiento y la cebolla. ¿El precio? El doble se paga por el del Guría que por el del Monterrey. Es que están en dos puntas de la Gran Vía y la geografía es implacable.
El homenaje de mediodía a Fandiño en la puerta de Vista Alegre ha sido muy sencillo y breve. Sin parlamentos. En silencio. Mejor.
Me ha cerrado el Busterri de Liceciando Poza, el Casa Jesús de Gordóniz y no sigo porque no.
¿BIlbao? Bilbao es mucho Bilbao. En serio.