TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BILBAO. Crónica de Barquerito; "El toro de Bilbao, pero con plomo en las alas"

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Monumental pero apagada corrida de El Parralejo, armadísima, de muy pobre empleo

Debut menos que discreto de la ganadería

Ferrera, muy por encima de las circunstancias, resuelve con recursos y genio torero una papeleta muy difícil.

Bilbao, 23 ago. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 23 de agosto de 2018. Bilbao. 6ª de las Corridas Generales. 6.000 almas. Estival, nubes y claros. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de El Parralejo (José Moya). Antonio Ferrera, silencio y saludos. Miguel Ángel Perera, silencio tras un aviso y saludos. Ginés Marín, silencio en los dos.

LA INVALIDEZ de los tres primeros toros y la huida sin remedio del sexto de Cuvillo jugados el martes han dejado planchada a la mayoría de la gente y creado el síndrome del esto no es. O el no es no. Esto no es el toro de Bilbao. No han servido de consuelo los tres toros tan relevantes de Garcigrande jugados el miércoles: los dos del lote de Padilla y el bravo sexto, que cerró una corrida muy bien presentada. Repensando la corrida de Torrestrella del lunes todavía se relamía ayer mucha gente. Victorino pasó el domingo su prueba de todos los años sin apenas votos en contra.

 

Pero lo que se estaba echando de menos era el llamado toro de Bilbao: abundancia, hondura, caras despampanantes, trapío descomunal si es preciso. Ya no se echará de menos, porque la corrida de El Parralejo fue compendio sin mácula de todo eso. Cuajo, tonelaje, culatas y pechos desproporcionados, presencia intimidante, tremendos garfios por cuerna. La estampa toda. Una barbaridad.

Era la primera vez que El Parralejo lidiaba corrida de cuatreños en el abono de las Corridas Generales. Por curarse en salud, o por atenerse al uso en desuso del toro casi mastodóntico que aquí fue del gusto de tantos, el estreno se preparó tan a conciencia y con tal rigor que a ratos se tuvo la impresión de que los toros no cabían en la muleta. Ni siquiera en los capotes de brega. Que no cabían en la plaza, que fue el caso de cuarto y quinto, armados hasta los dientes, los más ofensivos con mucha diferencia de una semana que en punto a pitones está siendo impecable. Incluida la corrida de Cuvillo.

Todo ese aparato bélico habría tenido sentido si la corrida toda se hubiera empleado, atendido, movido o peleado. Habría bastado con un poquito de motor. O no tan poquito, pues, pegada a modo en el caballo, pero sin hacer demasiada sangre, lo que pasó fue que los dos primeros toros se aplomaron hasta la exasperación. Y si así salen los que van por delante en el desfile, los demás no cuentan. Y en este caso con razón.

La paciencia y la ciencia de Ferrera, al cabo de un largo y tenso toma y daca, sirvió para arañarle y arrancarle muy a última hora los meros cinco o seis viajes que el toro primero tuvo por el pitón izquierdo. El único toro cinqueño del envío y probablemente el de mejor fondo, porque, si no, no entra en concurso. Ese final de faena, sorprendente porque todo el mundo menos Ferrera ya había tirado la toalla, fue al cabo el momento más logrado de la corrida. En rosca los muletazos, tan bien traídos como librados, con esa autoridad particular del Ferrera tozudo capaz de mover a pulso un elefante.

Un dilema: si le bajabas la mano al toro, las perdía; si no, protestaba. Claudicó y se rebrincó, y punteó por flojo y no de manso. No pudo el toro con la culata ni con su alma. Ferrera sí pudo. Una estocada caída -las antenas no dejaban ni cruzar- y un descabello. Con algunos pitos se arrastró ese primer toro de Bilbao en grado superlativo.

Ferrera dejó su marca entonces y en todas las intervenciones en que vino a aparecer después. Como director de lidia -oportuna su manera de defender el caballo desmontado que picaba al segundo- y en todos los quites de su derecho. No perdonó ni uno. Del caballo sacó a los dos toros propios y, además, a los dos ajenos, los de Ginés Marín en su turno de quites.

El caro detalle tuvo reconocimiento porque el gesto, si se piensa en el volumen de los toros de Ginés, no fue gratuito ni ligero. Por chicuelinas airosas quitó Ferrera en el tercero; en el sexto, galleando de frente por detrás. Solo que Ginés se había quedado mal colocado, a la derecha del caballo y abierto de rayas afuera, y sin pretenderlo se interpuso en el quite, que iba camino de ser la guinda más sabrosa de la tarde. Se celebraron mucho los dos quites, la presencia de lidiador competente y no hubo nadie que le reclamara banderillas. Se habrá corrido la voz de que ya ha dejado de ponerlas.

El cuarto fue disparatadamente cornalón. De atragantarse. Se le quedó debajo a Ferrera debajo dos veces en los lances de recibo, pero ni un temblor, sino todo lo contrario. Estímulo para ir a la batalla sin recelo. No importó que el toro llegara a descarrilar a principio de faena. La justeza de fuerzas jugó en detrimento de la emoción, que Ferrera rescató cuando, después de cruzarse y descararse, se echó el toro todo por delante en un memorable pase de pecho y en un final de titánico pulso - ¡el toro en la mano, parecía un milagro! - que, después de una estocada sin puntilla sí tuvo el reconocimiento debido.

El segundo oliscó y escarbó, se ahogaba, se soltaba. Una ruina. Perera se puso perseverante incluso cuando el toro reculó defendiéndose. El tercero, que se aplomó casi tanto como los dos primeros, enganchó telas en muletazos de abajo arriba que no lo espabilaron. Tras la dura batalla del cuarto se soltó el toro pérfido de esta corrida que, por apagada, no había dejado ver segundas intenciones. Apoyado en las manos, puesto por delante, artero, el toro no hizo más que regates y medir a Perera con la mirada. El sexto, con la gente estragada -seis toros tan de Bilbao y tan apagados llenan al mismito Gargantúa-, se movió bastante más y mejor que los cinco anteriores. Fue el único que pasó de los 600 kilos, tomó el capote de Ginés por los vuelos y, aunque humillando, derrotó en la muleta. Le faltaba no tanto motor como golpe de riñón. Ginés dejó claro una vez más que es un espadachín privilegiado. De postre, una gran estocada.

Postdata para los íntimos.- Una prueba de la prosperidad de Bilbao es que a solo jueves de la semana de fiestas y de tirar la casa por la ventana ha habido que pedir remesas de langostas a Maine, ese estado de Nordeste de la Estados Unidos donde abundan tanto que los precios son de risa. Maine es una maravilla. Un pintor tan delicado como Andrew Wyeth dejó retratada su luz y hasta el aire que mece las cortinas de las cabañas de la costa. El propio Wyeth vivió en una de ellas. Para amantes de la luz melancólica Maine. O amantes de las playas salvajes y el mar bravío. Y para los amantes de la langosta que en los chiringuitos de playa se sirven en bocatines con mayonesa. Un dólar la pieza.

No solo langostas, También se han pedido de urgencia bogavantes gallegos, gambas de franja rosada de Vinaroz y de todo un poco. El día del partido del Athletic en SAn Mamés contra el Leganés, el lunes a las 10 de la noche, me dijo el dueño del Estoril, el bar inglés de la plaza Campuzano, que había tenido que cerrar a las nueve y media porque se lo había comido (y bebido) todo. No quedaban ni el hueso del jamón. Ya estaba recogiendo cuando yo llegué en busca de una copa de Piérola. El escaparate del Serantes de Licenciado Poza estaba a mediodía en proceso de limpieza. Iban a llegar de un momento a otro las langostas. Qué emoción.

He notado en el poteíto habitual que cada vez hay menos camareros y camareras del país y, en cambio, son mayoría manifiesta los cubanos, dominicanos, ecuatorianos y colombianos. Me parece un dato digno de estudio. Santutxu que fue barrio de emigrantes gallegos, leoneses y extremeños hace sesenta y tantos años es ahora refugio de los nuevos migrantes latinos. Es bien visible.

Las tres grandes ciudades vascas -Bilbao, San Sebastián y Vitoria-. están entre las cuatro mejor urbanizadas de España. No digo la cuarta. Llama la atención la abundancia de bancos, de bancos de los de sentarse. Todavía más en Bilbao que en San Sebastián y Vitoria. En las tres ciudades hay muchas flores. El hall del Ercilla huele a jazmín. Las calles están muy limpias a pesar de las fiestas y sus derroches.

En el Monterrey me han dado una crema de pescado bien rica y un lomo de merluza impecable. Y un flan. La langosta, para quien pueda tragarla y pagarla. La barra estaba llena de mujeres solas tomando el aperitivo. Mujeres de cierta edad. Una ración de mollejas y otra de callos y morros en salsa vizcaína pidieron dos amigas que tenía al lado. El color de la salsa vizcaína parece pintura veneciana.

 

Última actualización en Martes, 28 de Agosto de 2018 22:22