TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SAN SEBASTIÁN, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "Ferrera y un manso poderoso, una historia distinta"

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Con el mejor toro de una corrida muy discreta de Santiago Domecq, Castella firma una distinguida faena

Con el último de la tarde, el otro toro de nota, Gines Marín hace un esfuerzo salpicado de pinturerías

Con una oreja se premian las dos faenas.

San Sebastián, 13 ago. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 13 de agosto de 2018. San Sebastián. 3ª de la Semana Grande. 4.000 almas. Templado, soleado. Casi cerrado el párpado de cubierta. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Santiago Domecq. Antonio Ferrera, palmas y división. Sebastián Castella, silencio y oreja tras un aviso. Ginés Marín, silencio tras un aviso y oreja tras un aviso.

COSTÓ UN RATO reconocer en la corrida de Santiago Domecq sus dos señas mayores: la entrega y la prontitud. Un rato fueron cuatro toros, los cuatro primeros, que se hicieron muy de rogar. Por revirarse en viajes de muy corto tramo el primero; por oliscar y claudicar el segundo, de apoyos muy inestables después de cobrar un volatín completo y a pulso; por escarbar y escarbar lo que no está escrito el tercero, presa de comezón irresistible; por la manera de huirse a tablas y la renuncia a pelear del cuarto, que fue el único cinqueño del envío, el de más serio cuajo y, en pelea más de bravucón que de bravo, el de más poder en varas.

La batalla del cuarto, un toro con la batería bien cargada, fue el episodio de mayor intriga dentro de esos cuatro primeros capítulos. Lo fue por todo un poco. En primer lugar, porque, de porte distinguido y aire ofensivo, el toro se volvió de salida hasta dos veces. Los corrales que acababa de dejar detrás fueron su reclamo y su querencia. No fue un aviso en vano, sino un retrato de la condición propia. Quiso soltarse enseguida.

Los lances con que Ferrera lo fijó y sujetó fueron precisos, bellos y meritorios. De ellos salía con la cara alta el toro buscando ya sin disimulo escape. Y frenándose cuando trataban de cegarlo o impedirlo. Como todos los toros de esa clase, este fue corrido al caballo para la primera vara. En una decisión equivocada, y calculando que el toro haría fu al picador si se picaba a contraquerencia, Ferrera hizo retroceder el caballo hacia chiqueros. El error lo pagaron el caballo y el piquero, un joven José María González llamado a ser gente en su gremio, que resistió firme y sostuvo en las manos el caballo a pesar de que el arreón a querencia del toro fue tremendo.

Tan admirable como el arrojo del picador fue el estilo del caballo de Alain Bonijol, valiente, domadísimo y capaz de aguantar tres o cuatro tantarantanes seguidos en otros tantos furiosos romaneos de un toro solo levemente herido pero encelado. Por los pechos, por la grupa, por los costados. Por todas partes quiso el toro hacer presa cuando, desmontado al fin el picador, el caballo quedó a merced de la magia de dos monosabios serenos y dueños. Fue un espectáculo. Escamotearon al caballo una ovación de gala.

Puede que fuera el propio Ferrera, como suele, quien quitara el toro del cebo. Y en seguida, en el mismo terreno, y de nuevo a favor de querencia, la segunda entrada y un puyazo de muy serio castigo porque el toro estaba sin picar y, al salirse de blando del puyazo, arreó, desarmó a Javier Valdeoro, que lidiaba, y lo mandó de cabeza al callejón. Luego, en la brega de banderillas, como si tuviera memoria, el toro se le coló y metió por debajo dos veces.

Hace tiempo que Ferrera ha dejado de banderillear, pero se lo exigieron unos cuantos sin éxito. La partida se iba a librar al momento y muleta en mano. No hubo pelea porque el toro no dejó de huirse. No del primer viaje, pero sí del segundo. Y eso que, con sangre fría, sin gestos de más, descolgado de hombros y bien calladito, Ferrera lo intentó por activa y por pasiva. Persiguió y buscó sin carreras ni voces toro por terrenos varios. Ni una sola vez llegó a enganchar ni rozar la muleta de Ferrera el toro. Ni cuando arreaba ni cuando dejó de hacerlo. En los arreones y las huidas se respiraba la tensión propia que destilan los mansos.

Cuando al abrigo de tablas próximas a toriles el toro se defendió, Ferrera tuvo la brillante idea de doblarse de pitón a pitón para cuadrarlo y, luego, cobrar media estocada lagartijera, de perder un paso y echarse ligeramente fuera, que fue casi letal. Casi. Porque lo que más caro vendió el toro fue su agonía en las tablas adonde no le había dejado Ferrera llegar. Tan larga y resistida la agonía que la gente rompió a aplaudir. Al rodar el toro, estalló una ovación. Pero en el arrastre se abrió paso una pitada fortísima. Los muchos méritos de la faena tan seria de Ferrera no se tuvieron en cuenta.

Tampoco su bonito trabajo con el toro que partió plaza, geniudo en el caballo de pica, de muchos pies pero de mucho soltarse también. Ferrera lo debió de ver claro, brindó al público y me metió en harina sin pruebas. Se revolvía el toro, y no dejó de hacerlo nunca. Se resistió no poco y en los remates de embestida punteaba al revolverse en un palmo. Con la izquierda le pegó Ferrera tres series poderosas. Cuando el toro se acabó, cortó por lo sano. Una estocada desprendida. Castella abrevió contra costumbre con el claudicante segundo que se iba de manos al menor esfuerzo. Ginés Marín prefirió insistir, insistir e insistir con el escarbador tercero que tropezó engaño, lo desarmó y no le dejó cruzar con la espada.

Y, en fin, cuando estaba a punto de terminarse la película, salieron dos toros, quinto y sexto, que hicieron los honores al ganadero y dejaron a los toreros estar. Con gesto de feliz relajo a Castella, que, con el quinto, de calidad en la muleta, anduvo a placer, templado, seguro, tan firme como suelto y a ratos brillante, aunque rácano con la mano izquierda. La estocada fue excelente. Con gesto algo tenso -pendiente por sistema del eco en los tendidos- y en faena de desigual construcción Ginés Marín, que pareció el más obligado de la terna. Ayudó el azar, pues el sexto, cabos y hocico finos, ligeramente degollado, descolgó y humilló. Con un punto de informalidad inicial -un picotazo más lo habría calmado- pero sin dejar de venirse nunca ni de repetir. La faena de Ginés, larguísima, castigada por la moda de los paseos entre tandas, no fue ligada hasta última hora. Se celebraron las pinturerías, una tanda de sedicentes bernadinas previas a la igualada y una buena estocada.

Postdata para los íntimos.- Según lo previsto, llovió esta mañana. No tanto. Pero al barrio -el Antiguo. le sienta bien la lluvia. No es fácil decir en qué se nota. Pero se nota. Este no es un barrio marinero, pero como si lo fuera. Estamos a dos kilómetros de San Sebastián, somos dos mundos radicalmente distintos, se deja sentir la huella de los años soviéticos, y todavía después de haberse firmado el armisticio cuelga en algunas ventanas la pancarta que mejor representa el fondo del izquierdismo independentista radica. Euskal Presoak, Euskal Herrira. La silueta del País Vasco integral -o sea, Euskal Herria- con su letrero que reclama el retorno de los presos vascos a casa
El mensaje es marciano, pero lo entiende quien tiene que entenderlo. Han desparecido los grandes murales de fotos de presos implicados en acciones terroristas que antes poblaban escaparates, muros y, desde luego, esa placita escondida de la Gascuña que podría haber sido una plaza mayor de barrio o de pueblo. Donde estaban las cartelas de reclamo hay ahora una furgoneta churrería, que esta mañana estaba cerrada. Por la lluvia. Detrás, un dispensario de leche cruda, del país. He entendido que está en crisis la dispensa. En un mural con el retrato de Txillardegi, uno de los ideólogos del nacionalismo incondicional -el mundo abertzale, patriota- está inscrita una frase clave: Euskara da Euskalonen Aberria. El Vascuence es la patria de los euskaldunes. La lengua es una patria. Un arma. El independentismo catalán de ahora no ha hecho otra cosa que copiar y modular el modelo vasco de la patria verbal. Los nacionalismos son un túnel no sé si sin salida. Cuando entras en Guipúzcoa desde la frontera navara, por el túnel de Zegama, el paisaje cambia de manera radical. Aparecen los bosques de coníferas mayúsculas suspendidas sobre abruptas laderas tapizadas de espléndido verdor. Y huele a húmo y a húmedo. Como en ninguna otra parte.
Me apena que esa plaza de la Gascuña esté tan poco y tan mal valorada. Las traseras del edificio de las Esclavas, una parroquia al estilo Le Corbousier y su residencia y convento adjuntos- condicionan el espacio. La plaza estaba antes que el convento y al erigirse el convento se cegó la salida de la plaza a la carretera de Tolosa y a las villas, que son famosas, y no solo a las villas. También al mar. El barrio de villas (chalés, casitas residenciales de toda clase, hotelitos y algún hotel moderno) es algo así como la parte noble de El Antiguo. La huella de la monarquía y del capitalismo semifeudal de la época. La Belle Epoque, que es clave en la historia de la San Sebastián burguesa de entreguerras pero no en la de El Antiguo
Somos un mundo aparte. Aquí creció como la espuma una fábrica alemana de cervezas, la Keller, con un edificio fantástico donde se malteaba la cerveza. Y a eso olía entero este barrio donde no rezuman este año los tilos su resina perfumada que embriaga. Es el misterio del siglo: ni en Madrid, ni en Pamplona ni en El Antiguo se han dejado sentir esta año los tilos. ¡Avisen a los ecopolicías de guardia! Está pasando algo que se nos escapa. En el autobús de Illumbe a Zumalacárregui estuvo ayer un pasajero a punto de perder un brazo que se le encajó en una de las puertas de salida y trató de forcejear con ella cuando el autobús iba a arrancar. Un momento terrible. Como el día que un trolebús de Tolosa se estrelló contra el túnel de Miramar. O la mañana aquella en que una ballena entró en la bahía en busca de un nuevo Jonás. Y se asustó la gente.
En Otaegui, la panchineta y las magdalenas y los plumcakes. En Matía. ¿Dónde si no?
Última actualización en Martes, 14 de Agosto de 2018 16:16