TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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AZPEITIA, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "La Quinta, protagonista"

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Debut en Azpeitia de la ganadería con una corrida de preciosas hechuras y condición y personalidad muy variadas. La gente toma partido por el toro en día de ambiente torista

Azpeitia, 30 jul. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 30 de julio de 2018. Azpeitia. 2ª de San Ignacio. 3.300 almas. Estival. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez Conradi). Curro Díaz, saludos y leve división. El Fandi, silencio y aplausos tras un aviso. Román, que sustituyó a Sebastián Castella, silencio y silencio tras un aviso.

LA CORRIDA DE LA QUINTA fue una colección de cromos. Cinqueños todos los toros del envío, con la excepción del tercero, que fue el más aplaudido de salida, pero no en el arrastre. Cárdenos de diversos matices todos también, salvo el primero, negro entrepelado, pinta no frecuente en la ganadería. Fueron mayoría los toros coleteros -de escapulario pechero blanco- y los gargantillos, de blanco collar.

 

Salvo el primero, todos fueron caribellos -rizos cárdenos claros en el testuz, oscuras las sienes propias en forma de uve- y ojalados, con el cerco distintivo en los ojos algo saltones. Frondosos colgajos, pero todos de muy fina piel. La palma en belleza se la llevó el sexto. Hermosísimo. Una pinta espectacular: nevadas las ancas, cárdeno el tronco, la cabeza capirote en negro. Fundidas las tres capas en un todo singular.

Fue, por lo demás, una corrida tan armónica como bien armada. Los seis salieron con alegría. No se hizo esperar su presencia en plaza, pues prontos fueron los seis desde el primer galope. Antes de varas, fueron de muchos pies. Para quien tuviera alguna duda sobre lo que son la lámina y el perfil del encaste Buendía-Santa Coloma fue muestra generosa esta corrida, la primera que Álvaro Martínez Conradi lidiaba en Azpeitia. En el quinto de la tarde pareció latir por fuera, y por dentro también, el goterón de sangre Saltillo que convive en minoría con lo puro de Buendía. Ni talludos ni retacos. Las hechuras fueron un regalo para la vista.

El escaparate fue, por tanto, carga mayor de la corrida, que a ratos se tuvo que contemplar a través de una cortina de polvo. Polvo de arena sin apelmazar sobre un piso duro. Fama de dureza tiene el encaste. No fue para tanto ni para menos. Salvo el cuarto, que cabeceó en el caballo, arreó con genio en un primer puyazo y vino andando a cobrar un segundo, los demás cumplieron en varas. Al quinto le hizo El Fandi tomar tres varas -la segunda, cobrada al relance- y, sin contar lo que pareció un exceso, pero no lo fue, se tuvo desde el arranque de la fiesta la sensación de que ni los picadores ni los caballos habían venido a Azpeitia a pasar la tarde.

Un picador de la experiencia y categoría de José Manel González le pegó al segundo un durísimo y certero puyazo en la misma yema. Otro veterano con muchas horas de vuelo, Pedro Geniz, le pegó al bellísimo sexto dos puyazos muy severos. No anduvieron tranquilas las cuadrillas, en alerta de principio a fin de corrida porque los toros se movieron mucho. A su aire o no. A su aire, sin emplearse nunca salvo para ir y venir como en un juego, el sexto galán. Con correa celosa y pegajosa cuarto y quinto, que fueron los toros de más díscola condición. Con bondad y nobleza los dos primeros; el uno, codicioso, y el otro, al ralentí, que es embestida privativa del toro de La Quinta. Con mucha alegría el tercero, que se salió suelto o distraído de suerte en cuanto se sintió dueño de la cosa. Ese tercer toro barría la arena con las borlas del rabo.

Con sus problemas, incluidos los tres últimos toros -el pegajoso, el celoso y el distraído-, la corrida tuvo trato. La mayoría vivió el espectáculo a favor del toro. Por eso fueron los toros protagonistas. Sin la entrega y el promedio de calidad de la corrida de Ana Romero jugada la víspera, pero con su misterio y personalidad esta de La Quinta. Nunca mejor dicho lo de que la corrida -el espectáculo- estuvo donde estuvo el toro.

Ni siquiera Curro Díaz se benefició del trato de favor de que goza en Azpeitia. A sus manos vino el toro de más bondad, el que partió plaza. Con él abusó del toreo rehilado y a suerte descargada, más pinturero que poderoso. Cuando dio con la tecla del cuarto y su filón izquierdo -distancia, muletazo desplazado por bajo y hacia fuera-, ya era demasiado tarde. El Fandi, apurado en casi todas las reuniones en banderillas -siete pares-, toreó con gracia de capa en el saludo del segundo, pero le costó aguantar el paso dormido de ese toro de aire mexicano, digamos. Con el quinto se empeñó en un trasteo de mucho oficio y mérito, pero casi a destajo, celebrado por la gente joven de la meseta de toriles, que volvían a la plaza rezagados de la fiesta del chupinazo.

La banda de Frantzesena, tan afinada como siempre, subrayó las faenas de Curro y El Fandi, pero a Curro se le fue la mano con la espada en las dos bazas, y El Fandi, habilísimo, despachó sus toros de pinchazos hondos. Con la espada lo pasó mal Román -estocada chalequera en el tercero, dos estocadas sin muerte en el sexto- y mal lo pasó a pesar de su afán sin límites. No fue sencillo entenderse con el raro sexto. No le convino el aire del tercero, que no fue tan raro.

Postdata para los íntimos.- En la cancela del Lavadero de Azpeitia estaba ayer jugando un niño de menos de diez años con un fusil de repetición. De plástico y con bombilla. Pero no paró de hacer descargas. Me sentí blanco de la diana. Hasta que su madre, sin darle mayor importancia, le pidió que dejara de jugar.

Pese a su fama bien ganada de ciudad pía, Azpeitia es pródiga en construcciones civiles y no religiosas. Palacios, casas nobles, un ayuntamiento decimonónico muy bien construido sobre las ruinas de un convento de agustinos, los mismos edificios que jalonan las tres calles paralelas que configuran el casco viejo y que se están rehabilitando a gran velocidad, los puentes antiguos y modernos, las sendas que bordean la canalización, el lindisimo hospital de la Magdalena levantado a orillas del Urola cuando el Urola ya sale del pueblo camino del mar, las dos acerías mayores, que se han conservado bastante mejor que las ruinas industriales de Legazpia o Zumárraga, por ejemplo, y en particular la que fue de los Ucín, enclavada en las faldas del monte Arauntza sin herir el paisaje, y eso parece un milagro.
Y, en fin, el Lavadero, que es una original construcción de 1843, obra de un ingeniero hidráulico llamado Lascuráin, al servicio de un José Javier de Olazábal, prócer ilustre. El lavadero tiene un interior de planta cuadrangular, como un claustro de convento, con techo de tejavana y columnas de madera y piedra. Hay veinte puestos de lavar, con su pila y grifo cada uno de ellos, y con su piedra de colada. El agua procede de una alberca central, que está siempre llena. El ambiente es de calma. De calma de convento. No sé si mientras el lavadero estuvo en servicio -hasta el 1900- sería el mismo el ambiente, En una hornacina, la imagen de un Sagrado Corazón. Una cartela sostiene que las lavanderas era muy devotas, A diferencia de las de Pamplona en los regatos de la Rochapea. Y el niño, empeñado en una matanza como las de las escuelas de los Estados Unidos de América. No todos los Estados..
En la facha del lavadero hay cuatro fuentes de caño con mascarón Cada caño tiene un nombre. El agua que mana y alimentaba la alberca baja de la cumbre de Itzarraitz, que es el faro del pueblo. O lo era. También en la cumbre hay un Cristo protector.
Música de órgano en Loyola. No tan buena como la de la parroquia. El órgano de Loyola es infinitamente más complejo que el de la parroquia: 2.172 tubos. De la marca Cavaillé-Coll, tan célebre. Y, sin embargo, no es el órgano sino las mano

 

Última actualización en Jueves, 02 de Agosto de 2018 18:01