TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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AZPEITIA, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "Emilio de Justo, una faena mayor"

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Una corrida de Ana Romero brava y distinguida pero accidentada. Con un sobrero de trepidante condición, el torero cacereño firma un trabajo modélico, de gran calidad.

Azpeitia, 29 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 29 de julio de 2018. Azpeitia. 1ª de San Ignacio. 2.700 almas. Nublado, templado. Dos horas y media de función. Seis toros de Ana Romero (Lucas Carrasco). El cuarto bis, sobrero. Emilio de Justo, ovación y dos orejas. Juan del Álamo, una oreja y saludos. Luis David Adame, silencio tras aviso en los dos.

Picó a modo Germán González al sobrero. Pares muy celebrados de Morenito de Arles, Jarocho, Domingo Siro y Ángel Gómez, que lidió con finura al sobrero.

LA CORRIDA DE ANA ROMERO fue brava. Los seis toros de sorteo y un sobrero de tan buena nota como el segundo, que fue el mejor de los titulares. El fiero arreón que esos dos toros sobresalientes pegaron justo al sentir el fuego del estoque enterrado tuvo acento  épico. Un arreón no es una embestida, pero los dos murieron embistiendo. No llegaron a rodar a pesar de ir heridos de muerte y el sello de bravura se dejó sentir cuando sintieron al puntillero delante. Para los dos hubo en el arrastre ovaciones cerradas y, además, petición de vuelta en el arrastre. Al sobrero le cortó las orejas Emilio de Justo por una faena de rara calidad. Al segundo, que fue por la mano izquierda toro turbulento pero no descompuesto, le cortó una Juan del Álamo.

El sobrero y la bella faena de Emilio de Justo, papel estelar de uno y otro, dejaron tan alto el listón del espectáculo y de la propia corrida que parecieron contar solo lo justo los dos toros que vinieron después. Un quinto y un sexto relevantes: de vivísimo celo, mirón y casi pegajoso el sexto, que salió a cañón como solían los santacolomas de procedencia Buendía; muy templado el quinto, el más sencillo y noble de todos los jugados. La faena y el modo de estar y sentirse de Emilio de Justo planeó como una sombra sobre un trabajo sin hilván de Juan del Álamo con el quinto y más todavía sobre el empeño inseguro de Luis Adame con un toro, el sexto, que le vino grande y lo sorprendió por sistema.

Todo lo visto antes de encenderse tanto la cosa se vio devorado por las comparaciones inevitables. Para empezar, un serio primero de corrida que, claudicante antes de varas, se rompió la mano izquierda, que le colgaba a partir del décimo muletazo. También ese toro murió embistiendo y, con la mano colgante, embistió de bravo. Y hasta se descaró con el puntillero, y se levantó dos veces con aire fiero. Muy codicioso desde la salida, entregado y fijo en un puyazo que fue insuficiente, pronto en banderillas, el segundo, con el galope propio de los toros cortos de manos, fue el de mejor son y más engrasado motor de todos. Le perdió pasos Juan del Álamo en faena de más aliento que sosiego, encarecida por las embestidas tan repetidas y humilladas del toro, que no fue de los de pedir los papeles, pero sí de pedir más calma. El trabajo de Luis David con el tercero, que reculaba a veces antes de tomar engaño muy en serio, abusó del toreo rehilado o sobre la inercia y se encontró con alguna voz de censura. El cuarto, de apoyos muy frágiles, romaneó en la única vara que tomó entre protestas. Se dolió lo indecible en un primer par  de banderillas, arreciaron las protestas, fue devuelto y dio paso al sobrero y a la fiesta mayor, que no solo fue el momento mayúsculo de la tarde, sino que será probablemente la referencia de cuanto queda de feria.

Con el toro de la mano rota se dejó ya sentir el gusto por torear despacio de Emilio de Justo. Con el sobrero, sangrado lo preciso y no poco en un excelente puyazo, los apuntes de la primera baza se multiplicaron. Brindada al ganadero de La Quinta, Álvaro Martínez Conradi y sus dos hijos, Álvaro y Pepe, la faena, algo chillona de partida, fue sencilla y solemne, ambiciosa y poderosa, con el sello de lo que entre taurinos se entiende por hondura. Toreo de mano baja, ligado y  templado a pesar de que en los primeros compases el toro llegó a tocar tela tres veces y a arrancarle a Emilio de la muleta un pedazo del pico y del forro.

No siendo menores esos tres méritos, el mayor fue la cadencia de los muletazos, en redondo, tirados a compás en tandas abundantes de hasta seis y el de pecho en un caso; y en el toreo con la zurda, dificultoso porque el toro adelantaba por esa mano. Solo siete fueron las tandas de la faena, tramada en muy poco terreno, pero no sobró ni faltó nada. La tanda de apertura fue soberbia; las dos de broche, una en redondo rematada con cambio de nao y una última de naturales de frente, todavía mejores. Sin tiempos muertos ni concesiones. De la estocada, cobrada a morir, salió el torero extremeño perseguido a querencia, prendido por el chaleco y derribado. Pero ileso. Hubo clamor.  Triunfo impecable.

Postdata para los íntimos.- Tomando el fresco en la terraza del Loiola, ay. Se fue la red de repente.

Estaba hablando entonces de la música que don Julián Barrenechea, párroco del pueblo, compuso en los años 40 y 50 para órgano y entre horas. No fue Juan Sebastián Bach, ni Olivier Messiaen, ni pretendió serlo. Ni Azpeitia es la Leipzig barroca, ni lo ha sido nunca. Ni tampoco París, ni el campo de concentración de la Alsacia donde Messiaen decidió que la música la inventaron los pájaros.

Pero la acústica de la parroquia de Azpeitia -con su San Sebastián asaeteado en el retablo- es francamente buena, si sabes dónde acomodarte, y si es media hora antes de la misa de mediodía. Don Julián fue un músico superdotado. Los vascos tienen las orejas muy grandes -aundibelariiak!- pero muy finos los oídos. Creo que el compás tiene que ver con la armonía de la naturaleza. Hasta el fuego del dragón. Y, en fin, escuchando las variaciones de Barrenechea se me fue una de las medias horas más serenas que he vivido en Azpeitia. La iglesia estaba vacía. Hasta que empezó la misa de domingo. Verde de Pentecostés. Festividad de Santa Marta y San Lázaro.

Y, luego, el casco viejo, que se está regenerando y volviendo a ser. La guerra ha terminado. Es la astucia de los dos lobos que acarician el caldero en fuego: el escudo de Azpeitia. Día de nubes pasajeras. Bochorno.  ¿Los toros? Gran corrida, pero tan larga...

La barra del Juantxo Txiki es un bodegón. ¿Sí? Ya quisieran los bodegones.

¿Por qué no riegan los ruedos de las plazas de toros? Para que vuelvas en buscas de polvos.

Si paseas a la hora del aperitivo por Eliz Kalea, echarás de menos dos cosas, caminante. La tienda de fotos de Pepe Gil y el caldo, las croquetas, los montados de jamón picado y el olor de brasa del Ustarri, que era el bar de más categoría de este pueblo risueño. En una de las calles viejas vino al mundo el maestro Frantzesena. Y en el mundo sigue, gracias a Dios. Pero para escucharle tocar el órgano hay que ir a Azcoitia. ¿Y...?
Última actualización en Jueves, 02 de Agosto de 2018 18:02