TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "Una de Miura agria y difícil"

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En el cierre de sanfermines, solo cinco toros de la legendaria divisa sevillana. Peleas de oficio seguro y capaz de Rubén Pinar y de Pepe Moral. Espectáculo sin brillo.

Pamplona, 14 jul. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 14 de julio de 2018. Pamplona. 10ª y última de San Fermín. 18.800 almas. Bochorno. Encapotado en los dos últimos toros. Dos horas de función. Cinco de Miura y uno -4º- de Fuente Ymbro que completó corrida. Rafaelillo, silencio en los dos. Rubén Pinar, saludos y vuelta tras un aviso. Pepe Moral, saludos y silencio tras un aviso. Un excelente puyazo de Daniel López al segundo y otro de Francisco Romero al sexto. Ángel Otero prendió al segundo dos pares de gran mérito. Saludó, y con él, Víctor Martínez, que completó tercio.

JUSTO CUANDO SE estaba empezando a enchiquerar la corrida de Miura, hubo pelea de gallos en el corral de la plaza. El cuarto de sorteo fue corneado y vapuleado. El pasado lunes, al desembarcarse en el Gas la corrida, tres toros se echaron encima de un cuarto y le pegaron tal paliza que hubo de ser guardado aparte. En las corraletas de la Rochapea, donde el Gas, solo se mostraban cinco toros. El más ofensivo de todos ellos -casi un metro de cuerda de pitón a pitón, astifino desde la cepa, exageradamente cornalón- era un toro colorado, Aguilito, altísimo de cruz, que por gesto parecía el amo de la manada.

Ese vino a ser el último de sanfermines. Con sus dos antenas terroríficas. La percha más temible de toda la feria. Varios palmos por encima de cualquier otro. Alzada y artillería. No fue toro de muchas carnes, porque en Miura son rareza; tampoco el más largo del sexteto original, pero montaba por encima de las tablas de barrera, a las que no llegó ni a barbear. Con solo lanzarse y volver llenaba el ruedo entero. Era la última bala de la corrida. El miura castigado y herido no pudo recomponerse. Por él entró en liza un toro de Fuente Ymbro que ni siquiera había sido sobrero en la corrida titular del martes pasado. Una mole deforme que dio más peso que cualquiera de los miuras supervivientes de las dos peleas y fue, por traza, de los de reventar la báscula.

Los dos primeros miuras salieron ásperos, geniudos y violentos, El que partió plaza , zancudo y playero, de pinta castaña, esperó en banderillas, solo pegó cabezazos, se revolvió, desarmó a Rafaelillo dos veces y se apoyó en las manos a partir del décimo viaje. Consumado estoqueador de miuras arteros, Rafaelillo enterró una estocada corta pero suficiente.

El segundo, cárdeno, muy abierto de cuna, larguísimo, hizo salída muy de miura: a punto de volverse nada más cruzar el umbral de toriles, se descaró por un momento. Supo citarlo y fijarlo en seguida Rubén Pinar con lances suaves. Tras una vara cobrada con entrega, Pinar quitó por mandiles; tras la segunda, Pepe Moral quitó por chicuelinas garbosas, tres, y media muy envuelta de broche. Ángel Otero prendió dos pares notables por todo -la reunión, la salida, el acierto al clavar´- y Rubén brindó al público el toro, que no tardó en ponerse por delante. En los medios la pelea. No se tomó ventajas el torero de Tobarra, bien colocado, seguro y sereno, pero, cuando el toro empezó a frenarse y cabecear, no hubo más opción que el cuerpo a cuerpo. El toro llegó no a desarmarlo sino a quitarle la muleta de la mano, como si se la arrancara. Una estocada desprendida. Sin puntilla.

Cambió el signo con el tercero, el único negro del envío, el más espigado de todos, degollado, largo y elástico. En una semana en que las largas cambiadas de rodillas en tablas han sido el pan nuestro de cada día, Pepe Moral firmó la enésima y última, la tercera de una sola tirada A pies juntos, dos bellos delantales y, a suerte cargada, tres verónicas de amplio trazo. Y la larga de remate. Un galleo para llevar al caballo a ese toro, más pronto y nervioso que los demás, tan agitado y vivo que ni siquiera dejó al torero de Los Palacios salir de tablas para cumplir su intención de brindar al público. Más celoso que correoso, el toro no dejó de venirse como en chorro y eso forzó una faena de improvisaciones. No se podía ni coger aire. Fueron los muletazos más bonitos de la tarde, pero sueltos, sin poder componer a gusto Moral la figura. Podría haber sido una faena de docena y media de muletazos, la espada y fuera. Pero no lo fue. El toro se violentó, la cara arriba, cuando ya no pudo emplearse sobre la inercia. Una estocada tendida.

El toro de Fuente Ymbro era de otra corrida, digamos, no pudo ni con la culata ni con un vientre disparatado. Rafaelillo trató sin éxito de armar una faena de sol con desplantes de rodillas y todo. No procedía. De vuelta a los turnos de Mura, se fue de golpe el sol y del bochorno se pasó a un cielo cerrado que amenazaba tormenta. En el encierrillo de la noche del viernes, mientras los seis miuras subían desde el Gas a Santo Domingo, descargó una tormenta dantesca. Cuentan que fue muy laboriosa la faena de encerrar los toros, que corrieron por la mañana el encierro con más velocidad que ninguna de las otras siete corridas del santo.

El quinto, muy zancudo y montado, entrepelado, frentudo y chato, fue de pobre empleo en varas y muy poca fuerza. Fijo en el engaño, sí, pero a trallazo limpio y a la defensiva cuando tocó trabajar o meter la cara. Pinar manejó el asunto con pericia. No se habían visto en toda la semana pases de costadillo -la plaga de las sedicentes manoletinas y bernadinas ha adquirido caracteres bíblicos- y fue Rubén el primero y único que tuvo la idea y de hacerlo en el momento preciso. Y a eso, al toreo de costadillo, tan elemental,  jugó el toro. Una estocada de mérito. Un descabello, que con miuras tapados no es nunca suerte sencilla.

Pepe Moral recibió y fijó de capa al colosal sexto con lances de sello caro, reuniones precisas, juncal encaje. Golpes de viento, remolinos mientras se picaba el toro, que se recostó en la segunda, dejó de pelear y esperó en banderillas. Ahora sí pudo Pepe Moral brindar al público, que estaba ajeno a todo, pero no era de brindis el toro, sino de medias embestidas punteadas, ni un solo golpe de riñón en serio. Tampoco fue avisado ni remolón. Acabó topando. Muy digno pero largo sin razón el empeño de Pepe Moral. Le costó pasar con la espada. No había sitio por donde cruzar.

Posdata para los íntimos.- Las adelfas. Las adelfas son plantas de porte variable. Las de más altura apenas superan los dos metros de alzada. Las hay de flor blanca y de flor rosa, por lo que yo sé. En el Mediterráneo occidental son muy abundantes. Tal vez fueran salvajes en su día. Ya no. En el parque de Burlada hay muchas. En la Explanada de Alicante, tan famosa, muchísimas cientos de ellas a lo largo del paseo que llega hasta la estatua de Canalejas desde el embarcadero. Y en Algeciras, casi tantas, pero no solo adelfas. Son flores de larga vida. Ni las tormentas ni los aires secos del desierto pueden con ellas. ¿Y? Y pasa que la flor de la adelfa es altamente tóxica. Como el fruto de los tejos, que parecen caramelitos pero son veneno.
Me han contado en la comida que un ganadero de la sierra de Sevilla, donde la adelfa resiste viva seis meses al año, decidió hace un tiempo plantar en torno a la casa campera un jardín francés y lo colmó de adelfas. En terreno serrano la adelfa echa raíces recias y hace buen seto, protege del viento. Como si fuera especie invasora. Cuando crecieron las demás plantas del jardín, el ganadero decidió eliminar las adelfas todas. Unos cientos. No las quemaron. Las trituraron. Se las dieron de comer a los erales recién desahijados. Y se envenenó la camada entera. Murieron todos.
Enfrente de lo que fue el llamado en Alicante muelle de Orán, de donde salían dos veces por semana los barcos para Argelia, y dos veces volvían por semana, hay un grupo escultórico no sé si demasiado afortunado -escultura conceptual de forja oxidada- que evoca la acogida que en la ciudad se dispensó a los ciudadanos franceses que al final de la guerra de independencia, en 1962, tuvieron que abandonar la colonia. Empresarios poderosos, ingenieros, gente de toda condición. Fueron refugiados. Cientos. La escultura está plantada entre un bosquecillo de adelfas.
Y aquí, en el NewTrujal, un garito muy noble de la calle de San Fermín sacan a las doce de la mañana dos tortillas de patatas jugosísimas. Una de solo cebolla (y patata); y otra de pimiento picantito. La ración, muy generosa, es de precio asequible. Se acompaña con un vino navarro, mejor crianza. Por cuatro euros te das un festín. Los músicos de las bandas que todas las mañanas de San Fermín tocan a la una en punto en el tingladito de la Plaza de la Cruz suelen pasar a tomar tortilla. Con cerveza. Y si no tortilla, coquetas. Y si no, el pimiento envuelto en bola. El pincho de salmón y aguacate del California es sencillo y sabrosa. He leído que la pulpa de aguacate es muy buena para los pies. ¿En serio?
A la puerta de la parroquia de San Fermín me han dicho que el paraíso terrenal, el verdadero, está en la Sierra de Cameros. Sin tejos ni adelfas ni más ruido que el de sonoras cascadas de arroyos tributarios del Iregua. Río dulce y bravo.