TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "Una gran faena de Perera"

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Sin remate con la espada y castigado con un aviso, trasteo poderoso, templado y de gran firmeza con un toro huracanado y noble. Corrida de nota discreta de Fuente Ymbro.

Pamplona, 10 jul. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 10 de julio de 2018. Pamplona. 6ª de San Fermín. Casi lleno. 18.500 almas. Estival. Ráfagas de viento. Dos horas y cinco minutos de función. Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). Castella, silencio tras un aviso y oreja tras un aviso. Perera, silencio y saludos tras un aviso. López Simón, silencio y una oreja. Tito Sandoval le pegó al sexto un primer puyazo perfecto.

LOS TOROS DE Fuente Ymbro corrieron el encierro agrupados y a ritmo ligero. La carrera más rápida de las cuatro vistas en la feria. Ni un solo herido por asta de toro. Cinco contusionados por caídas y aplastamientos menores. En juego y por la tarde los toros siguieron corriendo y corriendo. No serían resabios del encierro, sino el reflujo propio de los toros corridos de más en el campo. Desatados sin freno, pies y más pies. Galopadas intempestivas y hasta  en oleadas en el caso del quinto, que fue al cabo el de más bravo fondo de los seis y el de mejor son también.

 

Una faena sumamente poderosa y templada de Perera, una de las dos sobresalientes de cuanto va de sanfermines, fue para el toro de las desaforadas oleadas una suerte de trato sedante. Hay toreros con fortuna en los sorteos, y toros también. En manos de Perera, y a pesar de los muchos golpes de viento que lo descubrieron en más de una baza, el toro pareció después de banderillas muy otro. En banderillas había seguido atacando y arreando como un carro de fuego.

La faena de Perera se pasó de tiempo a pesar de su resolución y de la brevedad de los tránsitos entre tandas. Por eso, por exceso, no se cuadraba el toro cuando Perera, tras un ligero respiro y luego de cambiar de espada, volvió a la zona de peligro con la idea de cortarle las orejas. Tan poderosa había sido la faena, de tanto someter, que, al sentir al torero casi encima, el toro se abría de manos encogido y en un último e inesperado recelo. Adelantaba un poco, parecía medir a Perera, que, impaciente porque había sonado un aviso mientras buscaba la igualada, atacó en la suerte contraria y sin puntería, Media estocada muy caída.

Al moverse el toro, la media fue entera, pero de muerte morosa. La manera de sofocar Perera los ardores del toro en la tanda de apertura, cinco muletazos a engaño puesto, obró el milagro. Más o menos atemperado, después de escarbar y oliscar, el toro tomó la muleta por abajo, con brío del bueno, repitió y, empapado, dejó de arrear. Ese fue el milagro. Perera estuvo encajado y firme de verdad, suelto y resuelto, muy mandón. Sin gestos para la galería y en terreno de riesgo porque la faena toda, y casi entera por la mano derecha, fue de rayas afuera, que eran en este caso terreno del toro.

Antes de cambiar de espada Perera se empeñó en rizar el rizo y en señal de gobierno se plantó entre los cachos del toro para dibujar su trenza favorita: tres muletazos por alto y por una y otra mano, erguida la figura, ni un paso atrás. Trenza abrochada con un intento de circular cambiado, pero renunció el toro a mitad de camino. La faena, seguida con cierta pasión, tuvo entre otras virtudes la de cambiar el signo de la corrida, que estaba entonces más en el debe que el haber y, además, la de levantar el espectáculo.

El primero de lote de Perera, áspero y geniudo, bronco, tardo y probón, punteó engaños y fue el de peor nota de los seis. El tercero, de disparatada arboladura -cornalón, veleto, descaradísimo-, se había derrumbado en carrera antes de varas, claudicó en las dos que tomó y arrastraba cuartos traseros. Inválido, descarriló en la muleta. El brindis de López Simón al público fue una apuesta sin sentido. El primero, bellamente enmorrillado, 575 kilos, el más largo y alto de la corrida, noble y fijo en el engaño cuando se le acabó la gasolina del correr y correr, tuvo más calidad que poder. Castella le aplicó el severo correctivo de una faena trajín de diez minutos, tandas apiladas y casi mecánicas. Un aviso antes de pensar ni en la igualada. Las peñas, en su tarde más feliz de la feria, cantaron a coro muchas cosas en la primera mitad. Una banda de metal hizo unas cuantas delicias.

El cuarto, el toro de la merienda, constó como melocotón en los programas de mano. Lavado de cara, calcetero, colorado y badanudo, sin cuello, no tuvo nada que ver con el porte elástico de los dos primeros y los dos últimos, los cuatro de mejores hechuras. Un toro desganadote. Dijo el mayoral de Fuente Ymbro que había traído una corrida perezosa, y este cuarto le dio la razón. Marmolillo. Otra faena largo metraje de Castella. Y una estocada por el hoyo de las agujas. Por el hoyo de las agujas también la estocada con que López Simón  tumbó a un sexto que se le vino encima en el primer cite descarado en la distancia y le pegó una voltereta salvaje. De ella se repuso en la barrera. Al volver al toro como si tal, rugieron las masas. Se rajó el toro, parece que lastimado. Pegado a tablas, por aquí y por allá, sin espada y sin espacio, el torero de Barajas siguió asustando a la gente.

 

Última actualización en Martes, 10 de Julio de 2018 21:38