TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "El feliz estreno de Octavio Chacón"

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Tarde relevante por todo del torero de Prado del Rey, que nunca había toreado en Pamplona, Firme clásico y seguro, se acopla templado con dos toros de Cebada Gago

Pamplona, 9 jul. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 9 de julio de 2018. Pamplona. 5ª de San Fermín. 18.400 almas. Casi lleno. Estival, cierzo suave. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Cebada Gago. Octavio Chacón, una oreja en cada toro. Luis Bolívar, silencio tras aviso en los dos. Juan del Álamo, una oreja y ovación. Pares notables de Miguel Martín y Fernando Sánchez.

TODO LO HIZO bien Octavio Chacón. O casi todo. Como era nuevo en Pamplona, lo primero fue hacerles a las peñas de sol un guiño: en tablas, una larga cambiada de rodillas. De rodillas en los medios, y con media verónica bien trazada, remató el recibo mixto de capa. Dos delantales ajustados y dos chicuelinas. Ganando pasos y terreno porque el primer toro de Cebada Gago, muy ofensivo, abierta la cuerna finísima de cepa a pitón, acusó desde el arranque querencia al portón de corrales. Como si estuviera rematando la carrera del encierro por segunda vez.

 

 

A querencia volvió a irse suelto de dos varas. En la primera empujó. Como se soltó en las dos, se quedó por ver el talento de Chacón como lidiador. No su autoridad segura para mover el caballo. O para, bien colocado, retener las huidas del toro, que, después de banderillas, y emplazado en el platillo, escarbó. Es preceptivo el brindis al público en el estreno en sanfermines. Catorce años después de la alternativa, con el aval de su gran tarde de mayo en Madrid, debutaba el torero de Prado del Rey en Pamplona. No en Navarra: Sangüesa, Tafalla, Lodosa. Plazas muy del toro.

El brindis tuvo acento de brindis al sol en el sentido literal: más a las peñas que a los demás. Pero a los demás también. De sol o de sombra, las dos cosas, la faena, abierta en tablas con toreo de rodillas de limpio trazo -también de rodillas se puede cargar la suerte y ligar-, tuvo por sello su afán, su temple y su descaro. Y sentido de la medida. Los muletazos cabales, ni uno más ni uno menos. Todos, o casi, por la mano diestra, ligados, de suave compostura. Ni un tirón.

El resabio del toro por la mano izquierda obligó a rematar las dos primeras tandas, de cinco ligados las dos, no con el de pecho o cambiado habitual, sino con sendos desplantes. Los desplantes de recurso y no de adorno, que son diferentes. Antes de los desplantes fueron de interés la firmeza y la manera de arrancar del toro el tramo de embestida que le faltaba. Cuando se frenó el toro, aguantó Chacón sin rectificar. Y cuando pasó el peligro, hizo señas al sol. Para hacer valer los méritos.

En la harina de la faena, toda en terrenos bien calculados, estaba la mayoría. No es fácil calentar tanto la caldera en el primer toro de corrida en Pamplona. La cosa hervía cuando en el último o penúltimo desplante, frontal y rodillas en tierra, el toro se arrancó a la contraquerencia, se enganchó con el forro de la chaquetilla y le pegó a Chacón una voltereta brutal. De ella salió ileso. El detalle singular fue repetir la suerte: el mismo desplante punto por punto. A espada cambiada, dos estatuarios, uno mirando al tendido y el de pecho. Y después de la clave popular, cuadrado el toro, una estocada muy de verdad. Hubo clamor. Muy despaciosa la vuelta al ruedo oreja en mano.

Sonado el bautizo, que tuvo, además segunda parte, pues con el cuarto de Cebada, bello y astifino cárdeno, descaderado, y renco pero sin llegar a caerse, tan justo de poder como sobrado de nobleza, volvió Chacón a hacerse querer. Y ahora, no solo como muletero templado, sino también como lidiador, al fijar el toro, al ponerlo en suerte, al sacarlo del caballo también. Puro orden. Todo enseguida. En tablas o pasadita la segunda raya, el manejo del toro en la muleta fue de pulso puro. Pendiente solo del toro, que estuvo por afligirse, pero aguantó en pie, y no del eco del trabajo, Chacón supo apurar hasta el último viaje.

Dos circulares cambiados ligados con tres de pecho cosidos entre sí fueron muy celebrados y añadieron al trabajo la salsa de una rara emoción. Cruzado Chacón al pitón contrario en vanos pero serios intentos con la mano izquierda, la resolución final fue un desplante. De recurso y ornato a la vez. Una tanda de mondeñinas, la variante refinada de la manoletina genuina, tuvo acento bueno. Y una estocada lagartijera -perdiendo un paso, por tanto- que tumbó sin puntilla el toro. Llegar, ver y ganar.

La corrida de Cebada salió variada de pinta, traza y hechuras: un sexto cornalón y ensillado pero corto de manos y bajo de agujas enlotado con un tercer elástico, agalgado, muy bonito; el lote tan dispar de Chacón; y los dos toros de Bolívar, muy distintos, un badanudo y montado segundo que no descolgó ni una sola baza y un quinto de porte extraordinario, cárdeno carbonero, remangado, particularmente astifino. No fue corrida temperamental y por eso la leyenda de Cebada y su violencia parecían de otra época. O sea, de hace cinco años. Bolívar se embarcó en faenas interminables sin rumbo. Juan del Álamo, brillante con la espada, que era su asignatura pendiente, apostó sin disimulo por las faenas de sol, de rodillazos sin cuento y guiños encadenados. Y eso fue en detrimento de razones de mayor peso. Tragar con el incierto aire inicial del sexto fue nota de valor y cabeza. Y las dos estocadas, que en sanfermines cotizan como suerte fundamental.

 

Última actualización en Martes, 10 de Julio de 2018 21:39