TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "Dos buenos toros del Puerto de San Lorenzo"

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Uno, cuarto de corrida, para Paco Ureña, herido menos grave al salir prendido de la reunión con la espada.

Y un segundo con que el que Román, entregado y seguro, convence

Pamplona, 7 jul. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 7 de julio de 2018. Pamplona. 3ª de San Fermín. No hay billetes. 19.800 almas. Nublado, templado, bochorno. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile). Paco Ureña, aplausos y oreja tras un aviso. Prendido al cobrar una estocada, fue herido en el muslo derecho, cara interna. Cornada de 15 cms. de pronóstico menos grave. Román, una oreja y silencio. José Garrido, silencio en los dos.

DOS HORAS ANTES de los toros cayó en Pamplona una tromba de agua, pero al cabo de casi hora y media había dejado de llover. La reventa se movió con diligencia en la puerta de la plaza. Ya estaban para entonces las peñas en sus tendidos, gradas y andanadas de sol. La sombra no tardó en llenarse. A pesar del diluvio previo, el ambiente era eléctrico. Por una razón mayor: según tradición insoslayable, presidía la corrida del 7 de julio el alcalde de Pamplona. Con su sombrero de copa y su impecable frac. Hace dos semanas levantaron sonada polémica unas declaraciones del alcalde a un semanario catalán de obediencia independentista que ponían en cuestión el sentido y el futuro de las corridas de San Fermín. Se llegó a sugerir que los toros de sanfermines corrieran el encierro, sí, pero sin corrida de muerte por la tarde. En Pamplona se sintieron como un agravio.

 

Pero estaba pendiente el plebiscito en vivo y en caliente. La gente se pronunció a las seis y media en punto, cuando hizo su aparición el alcalde en el palco presidencial. Fue la bronca más sonora que se recuerda en Pamplona contra un alcalde. La más sonora y la más larga. Hasta que no se despejó el ruedo, a punto de soltarse el primer toro de la feria, no cesaron los pitos, los gritos y los insultos. Por la boca desahogada se liberó la tensión. Los defensores del alcalde, ajenos a la cuestión taurina, no pudieron contrarrestar el veredicto de la inmensa mayoría. Y, luego, fue como si se hubiera esfumado el alcalde, que cumplió con su papel de presidente de corrida con toda tranquilidad.

Una de las peñas de sol hizo correr una banda de banderas catalanas esteladas desde la balaustrada de grada a la barrera y entonces se reprodujo la bronca de gresca en términos parecidos a los de la censura del alcalde. Tuvieron que plegar las banderas. Hubo, según costumbre, una pancarta reivindicando el acercamiento de presos, pero solo lucida antes de jugarse los toros. Fueron mayoría las pancartas propias de cada una de las peñas. Todas ellas, caladas del agua del diluvio. A pesar de la lluvia, el piso de la plaza estaba en perfecto estado de revista. Ni un charco siquiera.

La corrida de Puerto de San Lorenzo, variada de remate y hechuras, seriamente armada, mayoría de toros muy abiertos de cuerna, dio casi 600 kilos de promedio. El quinto, negro salpicado, el de más romana, pareció ocupar el ruedo entero al asomar y hasta la hora del arrastre. Salvo segundo y cuarto, que fueron de buena nota en la muleta, los demás acusaron el castigo en el caballo y se salieron sueltos de varas de muy distinto calibre. Ninguno pudo con el caballo. Ni falta ni sobrada de poder, a excepción de los dos de nota, que fueron por todo capítulo aparte, la corrida resistió, pero los dos de más nobleza, primero y quinto, se apagaron o aplomaron antes o después. El primero, toreado en contraquerencia por Paco Ureña; el quinto, que embistió a trompicones porque no podía con el peso, terminó por salirse distraído de suerte. El ofensivo y astifino tercero, el único del envío alto de aguas, estrecho y corto, manseó de lo lindo, pero sin avisarse. El sexto cobró en varas más que ninguno y se paró.

De los dos toros de nota, el mejor de los dos fue el cuarto, que se llamaba Cuba, igual que el extraordinario toro del propio Puerto lidiado en Madrid el pasado mayo. Pronto, noble, elástico, ágil y repetidor. Viajes humillados, gran fijeza, son de gran regularidad. El segundo, molido a capotazos de brega, se empleó en serio en el caballo, enterró pitones al salir de la segunda vara -de tanto humillar sería- y aguantó hasta dos quites seguidos: uno de José Garrido por chicuelinas y, en réplica tardía, otro de Román por saltilleras abrochadas con gaonera, larga y recorte. Sin el ritmo del cuarto, este segundo embistió con ganas, pero, cuando descolgó del todo con gesto de noble entrega, pareció apagarse. El fragor incandescente de los cánticos de las peñas le llamó la atención tanto que pareció poner en alerta las orejas. O los oídos, para escuchar.

Los tres de terna pusieron en práctica sin particular fortuna recursos que entre taurinos se consideran de inmediato efecto en Pamplona: pegar lances y muletazos de rodillas de diversa condición, pegarse paseos y paseos entre tandas, abrir pausas, abusar de los desplantes y las miradas al tendido, abrochar trasteo con sufridas variantes de sedicentes manoletinas. Ni los rodillazos ni los paseos ni las pausas ni los desplantes ni la falsa manoletina contaron apenas. Contó, en cambio, la entrega de Román en la faena al bravo segundo, con el que se templó sin llegar a completar una tanda redonda, pero sujetándose firme, echando el engaño por delante y ligando las más de las veces. Esa faena la abrió Román con una temeraria tanda de redondos rodillas en tierra. En ella se cantó la alegría del toro.

Paco Ureña, cogido y herido al cobrar la estocada que iba a tumbar al cuarto tras muy larga agonía, se encontró con el Cuba hermano del mismo nombre que mató en San Isidro en mayo. A este lo toreó con menos rigor, pues las pausas y paseos fueron tan teatrales que la gente se iba de la corrida tanto como Ureña del toro. La faena de Ureña al toro que abrió la feria pecó por falta de trama. La del cuarto, por el exceso de cortes, y de gestos para la galería que, en la hora de la merienda, apenas tuvieron eco o reconocimiento. Solo que, al ponerse en pie tras la cogida, Paco sangraba mucho -se tiñó de sangre una media- y cojeaba como si no pudiera tenerse de pie. Trataron de llevárselo a la enfermería, pero se resistió lo indecible y más, Como el toro, pegado a tablas, no doblaba, le dieron el verduguillo. Paco llegó a tirarlo al suelo mientras improvisaba un último desplante de trágico acento. Al fin se dejó llevar en brazos de las asistencias hasta la enfermería.

Ni la faena de Román con el desganado quinto ni ninguna de las dos de Garrido, demasiado tercas y largas, con el lote más deslucido de la tarde, tuvieron verdadero propósito ni eco.

Postdata para los íntimos.- Muchas bellas cosas tiene el Parque de Burlada: con su gracia singular, el palacete -un pastiche neogótico que podría pasar por imitación de Gaudí o de castillo bávaro- en torno al cual crecieron parque y jardín. No hay noticia exacta de cómo era ese entorno florido antes de que con fondos europeos se convirtieran el palacio y el parque en una escuela taller. Taller, entre otras cosas, de jardinería. Bellezas: un muro domando de bambú de unos tres metros de alto que separa las pérgolas de rosas y unos parterres muy cuidados  del resto del jardín y de una terraza, la del bar del palacio, castigada con música de ambiente a sensible volumen. Más: todos los macizos de flores, esparcidos por distintos flancos y rincones, son bellos de ver.

 

Última actualización en Sábado, 07 de Julio de 2018 21:22