TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

MADRID. Crónica de Barquerito: "Una tortuosa novillada"

Correo Imprimir PDF

Tres sobreros, seria pero frágil y apagada novillada de lisardos de María Cascón, poco público, pobre ambiente, detalles de interés de Daniel Crespo, tesón de Fernando Flores

Madrid, 1 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 1 de julio de 2018. Madrid. 45º festejo de temporada. Fuera de abono. Más primaveral que veraniego. 4.000 almas. Calor. Dos horas y treinta cinco minutos de función. Cuatro novillos -1º, 4º, 5º y 6º- de María Cascón, un primer sobrero -2º bis- de Encinagrande (Juan Manuel Criado) y un tercero sobrero -3º tris- de Hato Blanco (Campos Peña). Borja Álvarez, silencio en los dos. Daniel Crespo, saludos tras aviso y silencio tras aviso. Fernando Flores, vuelta tras aviso y ovación tras aviso.

JUSTO UN AÑO después de haber lidiado en las Ventas la tenida por mejor novillada del curso, volvió a lidiar María Cascón en Madrid. Dos encastes conviven por separado en la ganadería de la familia Fraile Cascón. De un lado, los fieros gracilianos del hierro de Juan Luis Fraile; de otro, los lisardos del hierro del que es titular su viuda, María Cascón.

Nada que ver la novillada de 2017 con esta otra. Las hechuras, en todo caso, pero solo parcialmente: la seriedad y el cuajo de primero y quinto, el buen aire de un sexto bien armado, alto de agujas, sacudido y estrecho. ¿La nobleza? La nobleza también, pero, detalle sobresaliente en la versión del año pasado, no contó en esta baza apenas, pues en los solo cuatro novillos muertos a estoque -los otros dos devueltos por manifiesta invalidez pese a no haber llegado a caerse- se dejó sentir demasiado la falta de poder, celo o empuje.

No es común sino rareza la pinta colorada en el encaste Lisardo-Atanasio -la ganadería de María Cascón está formada con sementales y vacas de Puerto de San Lorenzo- y esta vez entraron en cuenta dos, segundo y cuarto. El uno, devuelto en banderillas por la fragilidad de apoyos, había barbeado tablas y amagado con saltar; el otro saltó junto al burladero de capotes y estuvo a punto de provocar calamidades pues es la zona más poblada del callejón. Un alguacil se libró de milagro; se tiró de cabeza al ruedo un banderillero sin tiempo para escapar. Muy diligentes, los carpinteros abrieron la hoja de portón precisa para devolver al ruedo a ese cuarto, que fue toro aplomadísimo y rendido a las primeras de cambio.

Lo que en su día fue problema habitual en el toro del Puerto -la propensión a lesionarse tendones de las manos- apareció en esta baza como un fantasma de vuelta del pasado: solo al tercer muletazo se le rompieron al primero de festejo los de la mano izquierda. Con su cojera indisimulable, el toro quiso embestir -tal vez fuera el de mejor nota del envío- y hasta se arrancó en arreón de bravo cuando iba a descabellar el alicantino Borja Álvarez, novillero veterano que probaba suerte en las Ventas por penúltima vez y solo pudo andar afanoso y dispuesto con el toro que saltó al callejón. Muy seguro con la espada, atacó aliviado con el toro roto y por derecho las dos veces que tocó pasar con el cuarto.

El tercero de corrida fue devuelto antes de varas. Los mismos síntomas que provocaron la devolución tardía del segundo. Entraron en juego dos sobreros, que acabaron siendo, fuera de programa, tres. El primero, segundo bis, del hierro de Encinagrande y procedencia Luis Algarra, frío y trotón, noble y apagado, fue, sin descolgar ni repetir, toro  bondadoso. Premioso, cauteloso y prudente Daniel Crespo, gaditano del Puerto de Santa María, excesivamente pendiente de la formalidad o la compostura. Un aviso cuando rodaba el toro, pero en diez minutos no más de treinta muletazos, algunos bien tirados, lo cual da idea del tiempo perdido.

El segundo sobrero, santacoloma del hierro de San Martín, zancudo y ensillado, y muy bien hecho, sin embargo, trapío y fibra musculosa, galopó con excelente estilo, elásticamente. Se tronchó por la cepa el cuerno izquierdo al tomar la primera vara y lo perdió después de la segunda. Al corral. Toro que se quedó literalmente por ver. La tropa de Florito hizo su trabajo con excepcional diligencia y en devolver los toros se tardó nada. Menos de un minuto en tres devoluciones. ¡Fantástico!

El tercer sobrero, y ya tercero tris, se soltó sin divisa, estaba en la despensa de la plaza esperando la hora. Del hierro de Hato Blanco, la parte Juan Pedro-Guateles de la ganadería de Campos Peña, fue toro manejable, con más fijeza que poder. El extremeño Fernando Flores se estuvo firme, toreó ajustado con la izquierda, no se cansó, se embarcó en trasteo larguísimo -un aviso antes de la igualada- y tumbó sin puntilla el toro, que fue el más enmorrillado de los nueve vistos y por eso mismo el más goloso.

El quinto de Cascón , que se blandeó en el caballo, tuvo en la muleta más son que fuerzas, y nobleza. Daniel Crespo anduvo decidido, templado y mucho menos moroso que en el primer turno. Pasada de metraje -aviso antes de cuadrar-, la faena tuvo delicado acento, reflejo de toreo de salón bien estudiado, calma formal, el fino criterio de trabajar en un palmo de terreno. Y, además del abuso del toreo de desplazar, el sello de cierta frialdad tal vez congénita. Era tardísimo cuando se soltó el sexto, había desfilado ya mucha gente -entrada desoladora en tarde de fútbol, la selección española en Moscú- y el festejo pesaba como una losa. Cumplió valiente Fernando Flores con ese toro del cierre en faena de tenacidad porfiona, paciencia a prueba de bomba y una sobredosis de desplantes. Torero de poderosa mano izquierda.

Postdata para los íntimos.- El tramo ferroviario de Bobadilla a Algeciras, que ya tiene cien años de vida y es de una sola vía, es una hermosa obra de ingeniería. El ingeniero jefe del trazado y la obra fue un señor escocés, un Henderson creo recordar ahora, que se enamoró de Algeciras. La ciudad primitiva a orillas de una larga cinta de playa, en una de las cuelas se abrían paso las ballenas viajeras. Todavía se avistan ballenas en Getares, la ensenada más linda de esa playa interminable..
La Algeciras anterior a la construcción del puerto con sus dársenas primeras y sus diques de contención obligados en una bahía de apacible apariencia pero tan próxima a los vaivenes de las aguas del estrecho. El estrecho de Gibraltar. Campo de Gibraltar se llama a la comarca de la que es capital Algeciras. Y Comarca del Estrecho a la que se extiende desde Algeciras a su noroeste, colgada sobre el abismo marino antes de llegar a Tarifa y luego rota en playas dulces como las de Bolonia y Conil, y un centro pesquero tan importante como Barbate. Algeciras es la frontera sur de Europa, no hay otra. Por eso, por su carácter de ciudad frontera, engancha. Y por su luz, única.
El tramo del ferrocarril, muy sinuoso cuando se visualiza en mapa -ayer compré el cartográfico comarcal del Instituto Geográfico Nacional- bordea el flanco oriental del Parque de Grazalema y se tiene la sensación de atravesar la selva: los acebuches, los pinos. Hay una estación, la de Gaucín, que parece plantada en medio de una gran jardín de flores. Macetas y macetas.  En Castellar y Jimena se recuerda que el país fue frontera de dos mundos: no solo el cristiano y el moro, sino el abrupto de las sierras y el de los llanos suaves de las vegas de rios secos donde abundan las higueras, las chumberas y los agaves.