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Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bitácora de Barquerito: "Algeciras, una ciudad muy cambiada"

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Algeciras. 29 de junio

Al cabo de tiempo, el puerto ha terminado por ser la médula de Algeciras. A la fachada del puerto se le llamó la Marina, y todavía es así en el tramo que va del puerto pesquero a las murallas meriníes. Están en obras la calzada y la acera, el paseo es impracticable. Las torres del control del puerto son gigantes. En el librito de “Cosas de Algeciras” que compré a mediodía en un puesto de (la calle de) Alfonso Onceno cuenta muchos detalles un cronista oficial de ciudad, Cristóbal Delgado, que escribe más que bien y hace de su historia personal una evocación de la ciudad.

El libro es de 1989 -la primera edición- y Algeciras ha cambiado desde entonces tanto que cuesta reconocerla. La Marina en particular. O el muelle de los vapores de Ceuta y Tánger, que gasté en 1974 y en una larga Semana Santa. Vine a los toros y a ferias tres años, entre 2003 y 2006, y de entonces acá yo mismo he sentido las transformaciones. Las dos playas, El Rinconcillo y Gestares, parecen ahora lugares remotos. En este viaje de prisas no ha habido tiempo de pisar la arena caliente y blanca. Solo de callejear por la ciudad alta, por la Plaza Alta, y por sus aledaños todos: el parque de María Cristina, la calle (de) Sevilla, las cuestecitas de San Isidro, la plaza de la Palma y su soberbio mercado -edificio Torroja- que estaba casi en ruinas hace quince años, y ese barrio peatonal que llaman el Centro.

 

Algeciras es una ciudad promontorio. En lugar de las murallas árabes primeras, un cinturón periférico que alivia un tráfico rodado nada fácil. Cuesta ver el mar entre los barrios periféricos que se fueron multiplicando por esporas. Con la salvedad del centro, la ciudad parece caótica. El caos es parte de su encanto, de su aire de ciudad desgarrada. Todo lo riega y bendice el sol, que casi ciega. Gafas de sol para no deslumbrarse del todo. El sol alimenta.

Gloria me recomendó subir a desayunar al Okay en la Plaza Alta y sentarme en la terraza desde donde se contempla la iglesia de la Palma. Pero hice el camino desde el hotel Reina Cristina al centro callejeando por la trasera de la Marina, barrio de visible presencia marroquí, y aterricé en el Mercado Torroja, tentación irresistible. La restauración está muy lograda. No sé si a Eduardo Torroja le habría complacido el tono marfil con que se ha pintado la bóveda octogonal, con su tragaluz de perfil moruno.

El edificio está más vivo que el mercado. Hay muchos más puestos fuera que dentro. O sería día de mercadillo. No he preguntado. Los puestos de pescado no me han provocado. Mucha sardinilla, pulpitos, lenguados de vario calibre, merluzas de pincho y la reina del pescado del país: la gallineta, piel rosada, ojos saltones, agallas policromadas como si fueran de seda, cola recia. Mucha fruta, no tanta verdura. Carnicerías halal y de cerdo también. Puestos de ropa. Todo muy barato.

En el café de la Palma me he tomado un zumo de naranjas de zumo. “¿En copa o en vaso tubo?”. El tubo. Un euro con veinte, sentado cómodamente. ¿Y ese precio? Pensé que no daría ni para las naranjas exprimidas. La camarera me ha recordado a Lola Flores de joven. Los ojos negros, la cola de caballo, el cutis muy brillante. En la barra un parroquiano ha contado la muerte de un amigo muy querido, cliente del bar, y la Flores se ha sentido conmovida. El hombre, de mi edad, se ha echado a llorar. Y al verlo llorar se me ha encogido el corazón. He sacado el mapa de Algeciras y me he puesto a estudiar el callejero. No contaré la historia de la Conferencia de Algeciras de 1903. Entonces se decidió el futuro de Marruecos. El futuro indefinido, no el perfecto.

En el Okay me tomé un café extraordinario. Se lo he dicho a la encargada. “¡Qué café, madre mía…!” Un euro con treinta. Luego, el libro de Delgado, y una visita al Ayuntamiento, puertas abiertas para contemplar su precioso zaguán -zócalo de azulejo de Triana, artesonado andalusí- y disfrutar de su quiosco modernista y su escalera imperial, solada de mármol blanco. Como era medio fiesta, estaban los patios vacíos. Y en silencio.

En el parque hay una estatua muy modesta pero muy lograda de Goya en busto de piedra. Erigida en un alcorque grande sembrado de hortensias y campanillas. Hay un escenario acotado para una semana de conciertos de guitarra. La sombra y el recuerdo de Paco de Lucía lo invade todo. En una cartela del recorrido por los lugares de su infancia se le tacha de “mejor músico andaluz del siglo XX”. Con olvido de Falla.

Un lenguado a la plancha en La Eskina (con cá de kilo) en la Plaza Alta. Fresco pero seco. El aperitivo, un tinto del país, en el Rebolo, calle de Sevilla, taberna deliciosa. El dueño, Manolo, me ha parecido un gran señor.

La boutique (sic) del Pescado, de Antonio Martín, en la cuesta de Muro que sube a la Plaza Alta, es un verdadero museo del pescado fresco. El rey, el atún rojo. Una cabeza de atún da miedo. Muerto, parece sin embargo vivo. Los pescadores romanos temían su fiereza. No el sabor de su carne carnosa.

 

Última actualización en Viernes, 29 de Junio de 2018 22:15