TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

ALICANTE. Crónica de Barquerito: "A hombros Roca Rey, deslumbrante Talavante"

Correo Imprimir PDF

Dos polémicas decisiones del palco -una segunda oreja denegada, una devolución en banderillas- y dos prestaciones muy notables de dos toreros capaces de casi todo

Alicante, 22 jun. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 22 de junio de 2018. Alicante. 3ª de Hogueras. 9.000 almas. Estival. Dos horas y cuarenta minutos de función. Bronca fortísima al presidente por negar a Roca Rey la segunda oreja del tercer toro. Seis toros de Núñez del Cuvillo. El sexto, sobrero. Castella, palmas tras un aviso y silencio tras un aviso. Talavante, saludos y una oreja. Roca Rey, una oreja y una oreja. Buenos pares de Juan José Trujillo, que arriesgó en banderillas como suele.

PURA DETERMINACIÓN, ambición mayúscula, Roca Rey se exhibió con el tercer toro de Cuvillo, que galopó de salida. La viveza propia de la ganadería. Una larga cambiada de rodillas en tablas cuando el toro viajaba de vuelta tras salir contrario, y, luego de la larga, cinco lances juncales de toreo de brazos, una chicuelina cosida con ellos y la revolera. Estalló la gente. Roca llevó al toro al caballo galleando de frente por detrás, cinco lances bien librados y una larga. Se puso la gente de pie. Fue la primera, pero no la única vez. Después de picado el toro, Roca se descaró en un quite mixto de chicuelinas y tafalleras, abrochadas con el bucle del Calesero, una revolera y, a toro rendido, un desplante soberbio.

El cambio de panorama fue teatral. Castella había andado seguro con un notable primer toro precioso -cárdeno moteado y capirote-. pero se eternizó a la hora de cuadrar y pagó con un aviso.  El segundo de corrida derribó en la puerta, Miguel Ángel Muñoz quedó atrapado bajo el caballo, el toro sangró por un feo ojal y, justo de fuerzas, distraído y desganado, no había dejado lucir la mejor versión de Talavante, pero sí su manera de estar. Parecía dispuesto a dar un repaso a quien fuera.

Por ejemplo, a Roca Rey, que hizo con el tercer toro cuanto se le antojó, por la vía heterodoxa y por la otra también. Ni pestañear cuando el toro cabeceó o empezó a medirlo. Se cruzó al pitón contrario, supo tenerlo en la mano y tragarle por la mano izquierda, que no fue de regalo. Una estocada hasta el puño.

No hubo repaso, pero sí rivalidad soterrada y de peso. Talavante se guardó las cartas de triunfo para la otra baza, que fue la de un quinto de corrida grandullón y pastueño con el que cuajó la faena de la tarde: por su despaciosidad, su gobierno, su chorro de imaginaciones e inventos, sus concesiones a la galería en muletazos al tendido casi multiplicados, su sentido del temple y no solo por su famosa mano zurda sino por la otra también. Y por su encaje arrogante. Y hasta por sus entradas y salidas de escena tan tramadas que parecían estudiadas como un guion.

Los cambios de mano intercalados, los molinetes inesperados, el toreo enroscado, las aperturas de tanda floreadas y distintas en cada baza, el acento del repertorio mexicano en las soluciones y en las posturas también, y, sobre todo, una impecable técnica para tirar del toro cuando se le cortaba el aliento y parecía que no iba a completar embestida. Talavante aprovechó hasta el último viaje. Como si le fuera en la empresa algo más que el honor.

Una decisión reglamentaria pero arbitraria -oídos sordos a un clamor popular ineludible- había trastornado el festejo: el palco le negó a Roca Rey la segunda oreja de su primer trabajo, tan redondo y rotundo. Así que fueron no pocos los que tardaron en entender el valor de la faena de Talavante, que acabó siendo reconocida. Un pinchazo y una estocada atravesada dejaron el premio en una oreja. De orejas iba la cosa. Y de avisos en el caso de Castella, que tardó nuevamente un mundo en cuadrar al cuarto, toro rajado de repente.

Como la mayoría estaba por desagraviar a Roca Rey, se hizo hasta un silencio antes de aparecer el sexto, que tuvo bello galope, pero perdió las manos varas veces, antes y después de picado, y volvió a perderlas en el segundo par de banderillas. Por todo eso se alzó una nueva gresca, el palco devolvió el toro en banderillas -toro de excelente aire- y por él salió un sobrero alto de cruz, feo con ganas y romo también. Roca tuvo que buscar en su repertorio de alardes: péndulos, cercanías máximas, circulares, desplantes, miradas al tendido. Dura, no fue sencilla la porfía. Tampoco imposible. Una estocada bastó. Y ahora cayó la oreja debida y abrieron al torero de Lima la puerta grande, que es lo suyo.

Postdata para los íntimos.- Me estaba esperando en la Santa Faz la misma paloma blanca que ayer por la tarde descubrí encaramada en la azotea del alto hotel donde vivo. La última planta, abro la ventana y de pronto esa paloma blanca. El Espíritu Santo.
Ya no se ven las palomas blancas de las postales del Parque de María Luisa, o de la Plaza de Cataluña en Barcelona, ni las legendarias de Cibeles cuando Correos era lo que era. No había tanto turista. Puede que no haya una habitación de hotel vacía en el centro de Alicante pero yo no veo tanto turista como otras veces. A pleno sol de mediodia me he paseado por la Explanada hasta la estatua de Canalejas y por el muelle de Tomás y Valiente en el paseo de vuelta hasta la Aduana vieja -que es un edificio muy bello, arquitectura castrense del XIX, ingenieros militares. y hasta el arranque del Postiguet. No había demasiada gente bañándose. la blanca arena, oculta bajo un mar de sombrillas de lona blanca. Todas iguales.
Los catamaranes que cubren las excursiones hasta el Cabo (de) Huertas y costean incluso hasta Benidorm estaba amarrados y sin nadie, A la 1 salía la última expedición a la isla de Tabarca. Ni un alma. Supongo que suspendería la travesía, que es más larga que procelosa. El panorama de la Albufereta desde la playa del Postiguet -una hilera de torres y más torres de apartamentos- es un ejemplo de la manera en que la economía de explotación -del suelo- se impuso al respeto del paisaje. Conoci la Albufereta en 1957, cuando todavía era albufera y no ciudad dormitorio. El mar era azul celeste; el cielo, azul de mar. Las palmeras nacían y crecían  solas. Solas o en hilera militar, como las de la Explanada. Entonces, aquel año, los tranvías de Benalúa, las Carolinas y la Florida llegaban hasta la misma Explanada, que se hizo paseo peatonal en 1991. Los tranvías dejaron de andar a mediados de los 60. Me sabía todas las líneas. La familia que me llevó a conocer el mar se sentaba por la tarde en una horchatería junto a las paradas del tranvía. Y yo me estudiaba los tranvías como si fueran pájaros.