TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Un gran toro de Adolfo y una gran faena de Pepe Moral"

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Un quinto de corrida cinqueño, sobresaliente trapío y estilo puro de Albaserrada, y una faena de tanta ciencia como inspiración del torero de Los Palacios. Casi dos orejas.

Madrid, 8 jun. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 8 de junio de 2018. Madrid. 32ª de San Isidro. 22.000 almas. Encapotado, sol en los dos últimos toros, templado. Dos horas y cinco minutos de función. El Cid, herido de pronóstico grave, intervenido en la enfermería de una cornada de 20 cms en el muslo derecho -cara interna- con destrozos de aductores y vasto interno Seis toros de Adolfo Martín. El Cid, herido grave por el segundo. Pepe Moral, silencio en el que mató por cogida de El Cid, silencio y una oreja. Ángel Sánchez, que tomó la alternativa, saludos tras un aviso, silencio y ovación. Pares de mérito y riesgo de Juan Sierra, que saludó, Pérez Valcarce y Miguel Martín.

LOS DOS TOROS distinguidos de la corrida de Adolfo Martín fueron los solo dos cinqueños de un envío desigual pero marcado para bien por esos dos. Primero y quinto. Con el uno tomó la alternativa Ángel Sánchez, el más capaz de la última generación de toreros de Colmenar. Con el otro se gustó, sintió, templó y entregó Pepe Moral en una faena de consumado oficio -firmeza, soltura y colocación impecables- y, además, de tanta expresión como buen gobierno. Siendo toros distinguidos, fueron muy diferentes.

Ventaja clarísima para el quinto, que entró en el cuadro de honor de una feria pródiga en bravura de muy distinto pelaje. Se habían visto ejemplares sobresalientes de unos cuantos encastes -Domecq, Núñez, Atanasio-Lisardo y Miura- pero estaba por verse un toro completo de cualquiera de las líneas de Saltillo, Santa Coloma, Albaserrada o Buendía. Tres toros notables de Escolar y dos más de Rehuelga y Pallarés solo en vísperas de esta corrida de Adolfo.

Pero hubo que esperar al penúltimo del abono para disfrutar de esa embestida privativa de estirpe albaserrada con su sello tan particular: un puntito tardo el toro, pero vino siempre, y vino humillando por las dos manos con ese ritmo casi al trantrán que parece imposible en un toro bravo. Además de venir, repitió. Y además de repetir, fue toro de nobleza y fijeza muy llamativas. Muy serio de cara, cornipaso y veleto, de caro galope ya de salida, se arrancó muy de largo a una segunda vara no del todo peleada, dejó marca de su personalidad en banderillas -una singular manera de ver llegarse al banderillero que sea, medirlo y hacer por él- y quiso en la muleta de principio a fin.

Cuesta pensar en otro toro que se diera en más de treinta embestidas con tal regularidad y tan buen son. La faena de Pepe Moral, sellada por muletazos de antología con la izquierda, fue clave. Por la manera de medir las tandas -todas de cinco ligados y el remate-, por el modo de entenderse siempre por abajo -el hocico del toro en el engaño- y de, siendo dueño de la cosa, no dejarse ir en un solo tirón. Ni siquiera, cuando, sintiendo que al toro le empezaba a costar, tocó cruzarse o torear de frente. La ciencia y la inspiración. No podía írsele el toro a Pepe Moral. No se le fue. Si entra la espada al primer viaje, dos orejas. Pero no entró.

El toro de la alternativa, corto y bajo, muy bien hecho, descarado pero armonioso, tuvo fijeza y listeza, conjunción nada común, y la elasticidad propia del saltillo de pura cepa. Un punto tardo, igual que el quinto, dejó de repetir demasiado pronto y llegó a soltarse a última hora. Con sus peros y lunares, fue toro encastado y propicio. Lo manejó más que bien Ángel Sánchez, calmoso, seguro, refinado en el trazo de muletazos despaciosos por las dos manos. No pareció en ningún momento torero nuevo, y, cuando lo pareció, fue para bien. Una tanda en redondo previa a la igualada fue prueba de su carácter. Se había atascado la cosa justo antes.

En la desigual corrida de Adolfo saltaron entre los dos cinqueños, tres de mal estilo. El segundo de la tarde cogió a El Cid nada más abrirse faena, lo hirió de gravedad  y levantó del suelo, y lo volteó con fiereza terrible. El toro estuvo con el dedo en el gatillo desde la salida, pero El Cid apostó por él y lo brindó al público. A ese toro le hizo Pepe Moral un breve quite rematado con un recorte extraordinario. Encogido y suelto, se rajó el tercero y Pepe Moral solo pudo dejarlo pasar. De muchos pies, el cuarto, aplaudido de salida por su trapío, fue toro bravucón, hizo amago de saltar tras el primer puyazo, se revolvió y enteró, se puso por delante, se metió por las dos manos. Cazaba moscas. Salió del paso sin ahogarse Ángel Sánchez, que quiso con un sexto tardo, la cara alta, viajes recelosos o punteados y, con todo, papeleta resuelta sin aflicción.

Postdata para los íntimos.- Esta de Adolfo fue la última corrida del abono, sin contar los rejones de mañana. El domingo, Victorino, pero fuera del abono. Vamos a ver.

En este penúltimo capítulo me he acordado del primero, la corrida de La Quinta del 9 de mayo. De esa corrida, olvidada por la mayoría, se me han quedado grabados dos toros, los del lote de Morenito de Aranda. No solo por los toros, ejemplo los dos del tipo Buendía-Santa Coloma, pero de la línea de expresión fiera y no franciscana; no tanto por ellos como por un paisano de Morenito sentado en el tendido alto del 10, debajo de uno de los palcos de Prensa.

El paisano era de Roa y no de Aranda, pero por las dos villas pasa el padre Duero, río bello. Por Aranda, más bravo; por Roa, más calmado, No sé la razón geográfica. La habrá. En Aranda es famoso el cordero, que pasta en sus campos llanos y abiertos. En Roa, el vino. El vino de Ribera. Las viñas de Roa tienen tanta fama como las de Peñafiel. Pero solo entre vinateros. Se llama nariz al que sabe catar vinos. Y entre los y las narices que he conocido en mi vida, pongo por delante de casi todas un nariz de Roa, que quiso además ser torero, pero le faltaban diez centímetros. Roa es pueblo bravo. Y, sin embargo, mi profesor de Griego clásico en el bachillerato, salido de un seminario, era el hombre más templado que he conocido en la Castilla francesa. La burgalesa.

Pues el paisano aquel entró en los toros muy bebido, y por eso muy desenfadado. Iba solo. Le cayó al lado una pareja de anglosajones, que no se movieron de su puesto a pesar de que el paisano dio una tabarra de las que no se olvidan. Habia venido a ver a Morenito y todo lo que no fuera Morenito le daba lo mismo. Se pasó las dos faenas del Moreno pegándole voces de aliento, ánimo y aprobación. Pero no fue la mejor tarde de Morenito en Madrid. "¡Hazte con él, Morenito, hazte con él!" Esa cantinela se repitió tanto que llegó a hacerme reír. Y hasta acabé repitiéndola por lo bajini. Morenito no estaba para bromas. Pero lo oía. Y torcía el gesto.

En Aranda me atraganté una mañana con una rosquilla de palo. Me salvó la vida una camarera. Por la tarde, mano a mano El Juli y Morenito, Corrida de Victoriano del Río, una plaza cubierta de dudoso gusto, No estaba el de Roa. Y ahora, pasados no sé si diez años de aquello, lo echo de menos. ¡Hazte con él!
Última actualización en Sábado, 09 de Junio de 2018 11:46