TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Una intensa faena de Ferrera"

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Con el toro más encastado de Alcurrucén, el trabajo de más emoción y fondo. Corrida de juego dispar. Lote notable para Ginés Marín. Un trabajo retemplado  de Perera.

Madrid, 6 jun. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 6 de junio de 2018. Madrid. 30ª de San Isidro. Corrida de la Beneficencia. 23.300 almas. Nubes y claros, revuelto, fresquito, muy ventoso durante la lidia del cuarto toro. Dos horas y veinte minutos de función. En el Palco Regio el Rey Juan Carlos, acompañado de las infantas Elena y Pilar, y de Ángel Garrido, presidente de la CAM. El Rey, aclamado al aparecer, recibió brindis muy ovacionados de los tres espadas. Seis toros de Alcurrucén (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano). Antonio Ferrera, saludos tras dos avisos y silencio tras aviso. Miguel Ángel Perera, silencio tras aviso en los dos. Ginés Marín, oreja y silencio. Guillermo Marín picó con acierto al tercero. Buenos pares de Javier Valdeoro y Javier Ambel.

EL TORO DE LA CORRIDA de Alcurrucén fue el primero. De volumen y traza bastante parecidos a los del sexto, que fue el otro toro relevante del envío. Negros chorreados los dos. De tronco cilíndrico el primero; ensillado el sexto. De buena culata uno y otro, los de más peso de la corrida. Más picante y severo aquel; bastante más sencillo el que cerró la fiesta. Con el primero, encampanado de partida, castigado a picotazos escupidos en un tercio de varas sin control de nadie, indescifrable su querencia, presencia potencial, se vivió una faena de rica emoción.

Ferrera no le había tomado el aire al toro a pesar de lo farragoso y moroso de una lidia con la que cargó casi a solas. Pero, sin pruebas ni tanda de horma, estuvo puesto desde el primer muletazo. Fuera de las rayas, frente al portón de arrastre -tan próximo a chiqueros- y tratando de averiguar y a la vez someter el temperamento del toro. Los cinco o seis muletazos del arranque, algo descompuestas las embestidas, fueron de gran intensidad. De poner en alerta a la plaza entera.

A pesar de llevar el morrillo como un acerico de tantos picotazos, el toro se había quedado crudo de varas. A la crudeza -y su natural turbulencia-  se sumó un problema no menor: por la mano derecha, la cara arriba y el viaje incierto, el toro fue un problema. Lo llevó muy tapado Ferrera en solo una tanda. La faena fue de mano zurda y tan extensa como intensa. Como algunas embestidas fueron de vértigo, lo difícil fue templarlas, gobernarlas con el toque a tiempo y saberlas vaciar. Y sujetarse sin perder paso en la reunión. Todo eso hizo Ferrera. Incluso enroscarse el toro en una última o penúltima tanda de mérito mayúsculo.

Cuando tuvo ganada la pelea, Ferrera exageró la postura en cites de frente. Fue toro más celoso que propiamente repetidor y hubo quien echó de menos la ligazón clásica, que el toro no consintió. El uno a uno fue obligado y no un recurso de alivio. Por todo eso fue  la faena de la tarde, que llegó demasiado pronto -el precio de abrir terna- y tuvo por remate una estocada desprendida de muerte tan lenta que llegó un aviso y, cuando rodaba el toro tras el primer golpe de verduguillo, otro. El saldo no hizo justicia al trabajo, tan de fondo.

Después del encastado toro del vértigo se jugó un segundo rebrincado y paradito, la cara por las nubes, que fue como la cruz de la moneda. Perera abrevió, pero se atascó con la espada -un feo metisaca, una entera ladeada y tendida y seis descabellos- y cayó un aviso de castigo.

El tercero fue el toro pastueño que no suele faltar en las corridas de Alcurrucén. Colorado, ojo de perdiz, astifino, engatillado, mucho bufar, y suelto antes y después de varas. Después de la segunda Ferrera firmó el quite de la tarde: quitó del caballo  el toro con un lance largo pero enroscado, como una chicuelina, y, ya el toro en rayas, dos lances más de idéntico compás, muy rotundo, y media de remate imponente. No hubo réplica de Ginés Marín. El toro galopó en banderillas y tuvo en la muleta la bondad prevista. Ginés no esperó a ponerse en una primera tanda abierta de largo y salpicada de improvisaciones. La distancia fue la expresión más cabal de una faena que tuvo por lastre paseos y pausas del todo gratuitos, su carga de dos tandas acompasaditas en los medios, sus golpes de gracia -ligar la trinchera con el del desdén- y también su aire ligero. A menos el toro y la faena, que se calentó con un remate de sedicentes bernadinas y, tras un pinchazo sin soltar, una buena estocada.

El cuarto se jugó en medio de un ventarrón que dejó a Ferrera descubierto en todas las bazas, todas. Fue el toro de genio que, como los de pasta flora, suelen ser ingrediente de las de Alcurrucén. Ni siquiera pudo completar Ferrera un trasteo de aliño. Se le volaba el engaño. No entró la espada, tres descabellos, se echó el toro, un aviso. Ferrera se metió entre barreras con gesto desolado.

Se calmó el viento y dieron juego los dos últimos toros. No solo el sexto, de tan buena nota; también un quinto negro girón que cabeceó en el caballo, esperó en banderillas y parecía encogido o sin definir. Perera brindó al público y lo toreó con lindeza. Lección del toreo de brazos, que parece tener patentado, a pies juntos o a compás abierto, la suerte a medio cargar, siempre excelente el segundo muletazo de tanda, que es el que marca el camino. La primera mitad de faena se celebró por su temple y ajuste. La segunda, no. Brusco el toro por la izquierda. Perera recurrió al bucle de la escuela Ojeda y, ya parado el toro, no contó el esfuerzo. El último muletazo antes del cambio de espada fue una maravilla. Muy trasera la estocada, mal afilado el verduguillo.

La oreja del tercero concedida a Marín fue contra la voluntad del público duro y tal vez por eso, pero no por eso solo, a Ginés lo midieron con particular rigor en su segundo turno. Era el quinto y último toro que mataba en San Isidro. Y este fue el mejor. No así la faena, saturada de tiempos muertos, de gestos que no tuvieron continuidad ni hilván, de buenos muletazos sueltos en los remates, pero un abuso de trincherillas cosidas en un toro que se dio sin reservas y tuvo una dosis de nobleza por encima del promedio de la corrida. A veces ajeno al toro, pareció que Ginés toreaba de salón. Pero al hilo del pitón y en toreo de corto vuelo.

Postdata para los intimos.- La parada de autobús de Toledo-Cebada dirección sur/suroeste coincide a las 2 de la tarde en día laborable con la salida del Instituto -el San Isidro- y con la del Colegio de La Paloma y el de San Ildefonso, y da igual la línea que sea -la 23, la 17, la 35, la 18, porque la parada es para las cuatro juntas- los coches van llenos y rellenos. Recién sueltas de la jaula, las fieras braman. ¡Libertad, libertad...! Y ahora ha decidido el Ayuntamiento que se puede circular en patinete por las aceras. ¡Socorro!

Los conductores de la ET llaman "coches" a los autobuses. Los mercedes de la línea 3 son los mejores del parque móvil. Modelo antiguo, confort alemán. Ya quedan muy pocos. Daros prisa. A la hora que sea. San Amaro-Puerta (de) Toledo. Sin despreciar la larga marcha por el carril alto de Bravo Murillo -entre Cuatro Caminos y el antiguo término de Tetuán-, la parte bella del viaje es la de Chamberí. El Canal, la glorieta arbolada de Álvarez de Castro, el cruce de Trafalgar y Luchana y la bajada de Santa Engracia hasta los bulevares. Y el final -o el principio-, cuando sales del túnel de Oriente y aterrizas en el Viaducto con su pared blindada, San Francisco y la rampita de la cornisa. Sin niños. Solo vamos los ancianos. Bien agarraditos a la barra. No sea que.