TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

MADRID. Crónica de Barquerito: "Cautiva Cayetano"

Correo Imprimir PDF

Una tarde más que notable en conjunto en su única tarde en el abono: detalles caros de capa, una bella primera faena muy original y bien lograda, dos estocadas extraordinarias

Madrid, 1 jun. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 1 de junio de 2018. Madrid. 25ª de San Isidro. Primaveral. No hay billetes. 24.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de Victoriano del Río. El tercero, con el hierro de Toros de Cortés. Castella, silencio tras un aviso y saludos tras dos avisos. Manzanares, silencio en los dos. Cayetano, una oreja y ovación. Brega notable con tercero y sexto de Joselito Rus e Iván García, brillantes en banderillas los dos. Rafael Viotti prendió al cuarto pares de mérito.

LOS DOS PRIMEROS toros de la corrida de Victoriano del Río -la segunda completa que lidiaba en la feria- dieron muy pobre juego. El que partió plaza, por frenarse, recular y aconcharse en tablas; el segundo, escupido del caballo, escarbó, se empezó a soltar en banderillas tras previo arreón, se rajó enseguida y murió en tablas, como todos, pero con peor estilo que los demás porque la muerte le llegó huyendo y no buscándole. Castella se puso pesado con el primero; Manzanares, que abusó de los capotazos de brega y doma, se encontró de pronto con que el toro se le fugaba a la puerta de cuadrillas, el mismo terreno donde vino a agonizar.

 

Era tarde de figuras y voces sueltas castigaron al ganadero y al presidente. “¡Victoriano (del Río)…”, “¡Trinidad (¡López-Pastor…!”. Con solo reclamar el nombre se entendía la censura. No sería por las hechuras de los toros, ni por falta de trapío, ni porque el palco hubiera sido indulgente con las leves claudicaciones del toro de Castella, que, muy lustroso, fue de salida muy elástico, probablemente acusó un primer puyazo trasero peleado y sufrió, como el de Manzanares, el exceso gratuito de capotazos sin sentido. Por lo que fuera sería. O por lo que iba a venir.

Lleno hasta la bandera, y las banderas a plomo. Corrida de expectación. No por Castella, que cumplía la tercera de sus tres tardes de abono, ni por Manzanares, que toreaba por segunda y última vez. Era por Cayetano, que, ausente este año de Sevilla, parecía un enigma. Solo uno de los seis toros de Victoriano llevaba el hierro de Toros de Cortés, el segundo de la casa. Un toro Maleado bien hecho, tocado de pitones, bonita expresión suelto galope. Estaba abriéndose un coro de miaus cuando Cayetano, sin prueba previa, y fuera de las rayas, le pegó tres lances muy mecidos y compuestos que acallaron el coro y volcaron por primera vez el ambiente. Espantadizo, el toro tomó corrido un primer puyazo duro de horma y un segundo picotazo suelto, arreó e hizo hilo en banderillas y, todavía por verse el fondo, ya estaba Cayetano en los medios brindando el público. El brindis más jaleado de la feria. La prueba de su tirón popular. Y algo más que tirón: su carisma personal.

Vino una faena de gran originalidad, sin ningún parecido con ninguna de las cinco mejores que se hayan visto en San Isidro. Se celebró con un clamor la apertura por alto, Cayetano sentado en el estribo, cuatro limpios ayudados y seguidos, y su excelente solución: el de la firma, una trincherilla y el de pecho, cosidos los tres con los del arranque. Distinto y distinguido. Fue el sello de la faena, sucinta, improvisada, notable por sus variantes. Faena ajena al patrón en boga tan cargante -los cuatro y el de pecho, digamos- y resuelta en soluciones del repertorio clásico.

La segunda tanda fue de trinchera, dos en redondo bien templados, el cambio de mano por delante y el de pecho. La tercera, de cite frontal, de tres en redondo embraguetados y el cambio de mano de remate. Sin cambiar de terrenos, el toro sentiría la melodía, porque era bien sonora. Solo que empezó a buscar con la mirada las tablas y a hacer enseguida por ellas. En ese terreno lo fue a buscar y lo encontró Cayetano. Con el mismo reposo de antes se ajustó en naturales sueltos, en una última tanda en redondo y en un par de adornos a pies juntos de alta escuela. A morir la estocada hasta la bola.

Tan encendido salió Cayetano de la reunión que le perdió la cara al toro, que se volvió por él arreando. Iván García hizo el quite de la feria. Mientras moría el toro, antes de doblar, un desplante de rodillas. Sin puntilla. La petición de oreja fue suficiente, el palco supo esperar y medirse, cayó la oreja, la protestaron con furia en el tendido 7 y, antes de recogerla Cayetano, creció una bronca, que iba contra el palco y no contra él, y bronca sofocada por una oleada de ovaciones. Al pasar Cayetano por la zona roja, volvieron a dividirse las opiniones. Sin razón mayor. Éxito legítimo.

Y tanto que no se movió de la plaza nadie. Porque se tuvo el barrunto de que Cayetano iba a salir a hombros. O sea, un acontecimiento. No pudo ser. Cayetano, con todo, mantuvo su papel protagonista. Protagonismo a su pesar, pero inevitable, porque se fue a porta gayola para esperar la salida del sexto, y libró muy bien la larga cambiada de rodillas, y a partir de ese momento fue la plaza una caldera y ya sin disidencias. Un galleo muy garboso antes de varas, rematado con revolera y brionesa y, después del primer puyazo, el regalo sorpresa de una larga cambiada frontal, del repertorio de su señor abuelo materno -Antonio Ordóñez-, y un quite de enlace por gaoneras, verónica y una media de gitano arrebato.

Solo que casi a reglón seguido se puso el toro a huir sin disimulo en busca de tablas. En tablas de rodillas abrió faena Cayetano con descaro y aplomo, pero tocó ahora buscar toro por casi toda la plaza. Muletazos sueltos bien ensayados y dibujados, la marchosería del molinete ligado con el de pecho, intentos de toreo de frente. No se trataba de poner el prismático en la técnica, sino de saborear la espontaneidad o la falta de impostura de Cayetano. A toro parado le cuesta torear. De una embestida al paso sacó un último muletazo soberbio. Y otra vez con la espada se tiró con impecable verdad.

Final no del todo feliz, pero más que airoso, que dejó pagada a la gente. El cuarto y el quinto fueron, como el tercero, toros de buen aire. El quinto, mejor que los otros dos. Manzanares volvió a asarlo a capotazos de doma, el toro sobrevivió a percances varios -un derribo encelado, un volatín completo, un entierro de pitones, varias claudicaciones- y sin embargo resistió. No para dejar a Manzanares estrecharse ni sentirse a gusto. Una estocada inapelable. El cuarto, frágil, planeó. Castella abrió faena temerario con el cambiado por la espada de su firma y se templó en tres tandas bien cumplidas, acto primero de una faena mal medida y resuelta con un arrimón entre pitones que el toro no quiso ni dejó de querer.

Postdata para los íntimos.- Entre las aportaciones más relevantes de ola cultura de Roma hay una bastante dolorosa: las guerras civiles. No las de conquista. Ni Cartago ni las Galias ni Tracia ni el Asia Menor. Sino las guerras cainitas, a todas las cuales no pudieron sobrevivir ni la República ni el Imperio. Sobrevivió lo más importante: el Derecho, el arte por el arte, los puentes y caminos, la pasión y el temor a la ira de los dioses. Los toros también. Y algunos de sus circos: Nimes, Arles, Frejus. Por todo eso es de lamentar que el toreo moderno no llegara a echar raíces. Ni siquiera en Nápoles. O en Roma. ¿Sicilia? Si, pero ¡quién controla un volcán en erupción...!

Donde más y mejor arraigó la afición a los toros, la contemporánea y por tanto culta, fue en el Norte y no en el Sur de la Italia unificada. El Club Taurino de Milán, ya extinto, fue modélico. Su organización, su fidelidad, su constancia, su generosidad. Sus pasiones. No las que conlleva la a sangre caliente -la sangre lombarda, véneta o piamontesa- sino las derivadas de la sensibilidad para ver los toros.

El Club, nacido en los 1960, vivió en los 90 una crisis. Una escisión. O sea, una guerra civil al modo taurino. Güelfos y gibelinos, sí. Yo tomé partido por la escisión más radical, la que fundó la Peña Los Italianos, cuyo líder, Carlo Crosta, amigo inolvidable, fue un egregio personaje, el extranjero más querido y conocido en Pamplona, que fue para él la caída del caballo, su segunda patria y la que más amó. Hasta que se le rompió el corazón en dos una mañana en su casa de las afueras de Milán. Con la parte resistente de la escisión, el Club, mantuve la amistad y el afecto. Pero las guerras son las guerras. Antes de morir Crosta, firmaron las dos partes la paz. En la otra parte estaba un generoso, entrañable y encantador Elio Garberi, que en paz descanse.

Y esta tarde en las Ventas, debajo del palco de prensa, estaba el mejor aficionado práctico que dio el Club: Sandro Marangoni, que tentó en unas cuantas ganaderías de Salamanca y Sevilla, y trató de emular a Antonio Ordóñez, porque eran de parecido porte. Hasta el día en que, abril del año 2000 o así, una vaca de los Hermanos Tornay le pegó una voltereta y no sé si una cornada que forzó su retirada. No el adíós a la pasión.

 

 

Última actualización en Viernes, 01 de Junio de 2018 22:49