TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "A hombros Castella"

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Una decisión polémica del palco premia con dos orejas una faena de emoción y méritos tras una cogida impresionante. Ponce, en plano menor pero no secundario

Madrid, 30 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 30 de mayo de 2018. Madrid. 23ª de San Isidro. Lleno. 24.000 almas. Primaveral, chispeo en el sexto toro. Dos horas y cuarenta minutos de función. Fuertes protestas contra el presidente por la concesión de la segunda oreja a Castella

Cuatro toros de Garcigrande (Justo Hernández), uno -3º- de Domingo Hernández que completaba corrida y un sobrero -2º bis- de Valdefresno (José Enrique y Nicolás Fraile). Ponce, saludos y división al saludar. Castella, silencio tras dos avisos y dos orejas. Jesús Enrique Colombo, que confirmó la alternativa, silencio en los dos.

Buenos detalles de brega de Rafael Viotti.

LOS DOS TOROS de calidad de la corrida de Garcigrande llegaron a los postres. Un quinto castaño lombardo muy completo, por ganoso y noble, uno de los buenos de la feria, y un sexto negro, de fino hocico, astifino, de llamativo y badanudo colgajo, y de bondad superlativa. Bien armados los dos.

 

Con el quinto -600 kilos en tromba de salida- se vivieron momentos dramáticos: el toro se acostó por la mano izquierda y arrolló a Castella en un temerario saludo de capa. Sin apoyos, fuera de las rayas, el torero de Béziers se encajó y estiró por delantales. En la cuarta reunión salió prendido. La voltereta fue bestial. Como un salto mortal. En el aire le pegó el toro una cornada en el talón y en el suelo lo buscó, encontró y apaleó. La alarma fue tremenda entre toda la gente de a pie. Quitaron la presa del toro, Castella vino a tablas desvanecido y parecía que sin conocimiento. Cuando con idea de llegar a la enfermería abrieron el portón más próximo a la boca de burladero donde halló refugio, pidió Castella a las asistencias que lo dejaran. Que esperaran a ver.

Ponce, que acababa de sellar sin suerte ni mayor gloria su única tarde de la feria, se hizo con el toro sin demora y cargó con la lidia dando por hecho lo mismo que la inmensa mayoría. Que Castella, cosido a golpes, llevaba, además de una paliza monumental, una cornada seria. Solo fue la herida en el talón. Se llevó su tiempo vendarle el pie izquierdo. El toro, sujeto en un burladero, esperó a que escampara la tormenta. Descalzo y cojeando, Castella, la montera calzada como si tal, volvió al toro y, a la salida de la primera vara -fijeza, bravura-, firmó un breve quite rematado con gran revolera. Se caía la plaza.

Al público brindó Sebastián desde el platillo y, entre rayas, abrió al punto faena de rodillas, enganchando por delante las embestidas y repeticiones del toro, y librándolas sin duelo. Abrochó tanda con el de pecho a pies juntos. Feliz hallazgo, se entregó la gente porque se sintió la versión del torero como héroe de combate, y eso conmueve a cualquiera. Siguieron dos tandas en redondo fuera de rayas. Breve la primera, y con un cambio de mano en templado natural cosido con el de pecho al rematar. Más amplia la segunda de parecido corte. Y de pronto había dejado Castella de cojear.

Se abrió en sendas pausas la faena, el ritmo no fue el mismo, tampoco los logros. Bajó la temperatura de la plaza. Castella optó por la corta distancia y en ella quiso el toro tan lo justo que acabó por meter la cara entre las manos. No sin previo aviso. A toro acabado, Castella se animó con un arrimón inesperado entre pitones, encajado sin fisuras ni fiebre, jugando al péndulo. Un desplante frontal sin armas, a puro pelo. Y una estocada perdiendo el engaño. Una oreja. Y otra más. A muchos les pareció un exceso.

A Jesús Enrique Colombo, que sin más relieve que su poder como banderillero confirmó alternativa con un garcigrande noblón, pero distraído y al paso, le vino a visitar el todavía más noble sexto, que lo llegó a desarmar cuatro veces, dos de ellas seguidas y en solo las dos primeras reuniones. La visita inesperada. No se templó Colombo, pero atacó con la espada muy en serio en las dos bazas.

El papel de la corrida era Ponce, pero se torció el destino. El garcigrande de la devolución de trastos salió cojeando, una mano rota. Al sobrero de Valdefresno, de buen aire, en línea Lisardo, trantrán acompasadito, lo molieron a capotazos entre Ponce y Mariano de la Viña: dos docenas antes de la primera vara, que el toro cobró con fijeza. Fue en la muleta toro a menos y la faena de Ponce, abierta con pases despatarrados de horma, no prosperó, fue de muchos terrenos, el hilo justo y apuntes salteados de toreo retórico.

El cuarto garcigrande, de gran viveza en los primeros ataques -Ponce, sorprendido por el gas de salida cuando lo saludó sin espera-, derribó en la primera vara -tarde de tres derribos, dos de ellos precedidos de jinetes descabalgados que apenas defendieron la montura- y se resolvió en toro de genio guerrero. Los seis muletazos con que Ponce abrió faena fueron los mejores de toda la tarde, pero solo esos seis, pues, correoso y agresivo, el toro, que punteaba y se revolvía en un palmo, acortó viajes y pareció ponerse por delante. Al cabo de frustrante porfía, Ponce optó por un macheteo irregular. Para sorpresa de todos, pretendió reiniciar faena tras el macheteo en un cuerpo a cuerpo apurado e ingrato. Un pinchazo y una entera en los blandos. Ponce se pensó salir a saludar -incondicionales sus fieles y la gente de aluvión-, pero salió y hasta rindió ceremonias. Un sin sentido. Castella, muy desafortunado con un tercero cinqueño de Domingo Hernández de violento estilo y áspero aire, esperó la llegada de la Providencia.

Postdata para los íntimos.- A las seis y media, muy discretamente y como si fuera un perfecto desconocido, don Máximo se abrió paso entre el denso racimo de gente que todas las tardes espera en la puerta de cuadrillas la llegada de las furgonetas de los toreros. Dos picadores vinieron por delante en un Mercedes Benz. No el último modelo, pero siempre choca. Yo viví el tiempo en que los picadores llegaban a la plaza vieja en jardineras descubiertas y eran aclamados como lo que eran: héroes sin escudo. Las reatas de famélicos caballos esperaban en lo que es hoy la calle (de la) Fuente(d)el Berro, que dio nombre a una escuela de toreros. Los toreros de Pardiñas. O de la Fuente'l Berro, que era lo mismo. De toda aquella generación fue ilustre uno entre todos: Alito García Montes. Porque era el que mejor toreaba de salón de todos. Tanto y tan bien que los propios profesionales iban a verlo torear el carretón. Murió el año pasado. Era de una simpatía casi infantil, por lo que tuvo de ingenuo. Muy currista. De Curro Vázquez.

Ahora son dos caballos castaños de la policía montada los que abren paso a las furgonetas, y al Mercedes de picar, en las tardes de toros. Ayer, más gente que nunca. Don Máximo llevaba gabardina blanda y un paraguas plegable colgado en el antebrazo derecho. El cirujano jefe de las Ventas. Autoridad reconocida en su gremio y entre sus pares. Siempre conmueve la humildad de un médico. Por lo menos a mí. A las nueve y pico pasó por la enfermería Sebastián Castella con una cornadita en el talón. Una rareza. Y un palizón que debe de estar doliéndole todavía más en frío.

 

 

Última actualización en Jueves, 31 de Mayo de 2018 14:19