TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Una corrida de castigo"

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Estreno frustrante en San Isidro de los hierros de Torrehandilla y Torreherberos. Álvaro Lorenzo no puede revalidar los laureles de su reciente triunfo de abril en las Ventas

Madrid, 29 may. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 29 de mayo de 2018. Madrid. 22ª de San Isidro. 14.000 almas. Primaveral, templado, fresco. Dos horas y media de función. Cinco toros de Alberto Morales, todos con el hierro de Torrehandilla, salvo el 4º, de Torreherberos, y un sobrero -6º bis- de Virgen María (Jean Marie Raimond). Daniel Luque, saludos tras un aviso y silencio. David Galván, saludos y palmas tras un aviso. Álvaro Lorenzo, silencio tras aviso y saludos tras aviso.

LOS TRES PRIMEROS toros de Torrehandilla, de bastas y raras hechuras, cinqueños los tres, estaban muy armados. Descarados primero y tercero, abierto y muy astifino el segundo. Ninguno de los tres tuvo mayor aire, solo que el primero, que descolgó y hasta repitió sin dejar de pegar cabezazos, tuvo, por tener, cierta bondad. Había salido batido del caballo de pica, y suelto de las dos varas. Como Daniel Luque es un virtuoso del manejo del capote, el toro pareció suave en sus manos. No lo era. David Galván salió a quitar por chicuelinas y en el remate de revolera le pegó el toro un arreón terrible.

Luque toreó de muleta en línea. A los diez viajes ya estuvo el toro pegando cabezazos al rematar viaje. Hubo una buena tanda más domada y un intento serio de, al hilo del pitón, traerse al toro por delante y por la otra mano. Y hasta una apuesta final de mano baja. Algo monótono, pero severo y sutil el trabajo. Y largo.

Después de media estocada, sonó un aviso. El primero de los cuatro que iban a escucharse en tarde interminable, espesa, de las de dos horas y media. La última media, vivida en ambiente borrascoso, de gresca intercalada con los ¡vivas! que, coreados o no, son ya tendencia en la plaza de Madrid y, de paso, señal de aburrimiento o malestar. La bronca mayor se la llevó un toro jabonero del hierro de Torreherberos, cinqueño como todos los del reparto, que, finas puntas y todo carnes -600 kilos-, tuvo muy poca fuerza, enterró un pitón al tercer lance, perdió las manos al salir de varas, parecía muy frágil y volvió a perder las manos en la reunión del segundo par de banderillas. Cuando arreció entonces la bronca, el palco devolvió el toro.

Se abrió paso un sobrero cinqueño, muy alto, del hierro de Virgen María, y del ganadero francés Jean Marie Raimond, el penúltimo ganadero romántico. De estirpe Jandilla, como los seis toros titulares. Geniudo en el caballo, arreones de toro corraleado, se movió sin darse ni encogerse y dejó hacer con sencillez y cierto aroma a Álvaro Lorenzo, que era el protagonista de la corrida. El domingo de Pascua le cortó en las Ventas las orejas a un bravo toro de Salvador Domecq y por eso lo sacaron a saludar al tercio después del paseo. De Álvaro estuvo muy pendiente la gente que acude a todas. Un quite pulido al segundo de corrida, rematado con larga, se subrayó con aprobado alto. No tanto la faena al tercero de la tarde, ensillado, levantado y larguísimo, que pegó unos cuantos tornillazos y gañafones. Pasado de tiempo el trabajo, un aviso antes de cuadrar y hasta luego. Para los naturales puros, enganchados y ligados, solo en dos tandas que Álvaro firmó con el sobrero hubo runrún de asentimiento.

Herido en el pasado Isidro por un toro de La Quinta en un percance casi accidental, David Galván tuvo que esperar tres semanas para estrenarse en el abono de este año. El toro del estreno pegó taponazos y solo taponazos y, antes de pararse, punteó con pésimo estilo. Galván se lo trajo por delante en dos tandas calmosas y caligráficas, estuvo sereno y firmó algún muletazo exquisito. Cobró una estocada excelente.

La segunda mitad de corrida no fue mejor que la primera. Al asomar el cuarto los censores pidieron la cabeza de los veterinarios y se puso el ambiente del revés. Luque fijó bien al toro y lo tapó. El toro topaba, no embistió propiamente, se derrumbó de repente en el remate de uno de pecho. Palmas de tango. La faena fue de mérito.

En mitad del desierto, el quinto de la tarde pareció un oasis: otras hechuras, pinta colorada muy golosa y otra manera de moverse. La corrida fue de las de quitar la moral a los picadores y este quinto no fue excepción. Pero tomó partido por él la gente y no contó una faena algo desigual y demasiado prolija de Galván: bellos estatuarios en el platillo, toreo bien tirado en la media altura sin obligar, asiento impecable, un coro exigente que reclamaba más de lo que había y, antes de la estocada tres pases de costadillo, de los que ya no se ven. Una estocada casi tan buena como la primera de las dos que cobró.

Postdata para los íntimos.- El Club Taurino de Londres celebró ayer su reunión anual de San Isidro. Creo que fue en el Wellington. Tiene lógica que los aficionados ingleses elijan un hotel tan pretendidamente británico como el Wellington, en cuyo hall posaba en tiempos un toro de lidia. Un toro disecado o naturalizado de don Baltasar Ibán, que fue el dueño del hotel y quien supo hacer de él el centro de los taurinos de Madrid cuando a principios de los años 60 se inició la decadencia irreversible del Hotel Victoria, que en paz descanse, y de la Plaza de Santa Ana, ocupada hasta la invasiòn por terrazas de baretos.

Del botín que se llevaron los ejércitos franceses a lo largo de la llamada Guerra de España -1808 a 1814- se ha escrito bastante pero no lo suficiente; de lo que cobró el Duque de Wellington por su ayuda imprescindible a los diezmados ejércitos españoles para recuperar la soberanía no se ha escrito apenas nada. La batalla de Vitoria, que decidió el signo final de aquella guerra salvaje a varias bandas, fue la más cara -en precio pagado- de todas las de su época. La más cara en proporción de tropas y tiempo. No fue una campaña napoleónica al uso.
El Hotel Wellington, con su toro, no existía en la época de la guerra. Pero muy cerquita estaba la plaza de toros primitiva, la de la Puerta de Alcalá, donde murió el genial Pepe Hillo, cuya Tauromaquia ha resistido el paso del tiempo como una parábola bíblica. Recomiendo leerla o releerla. Para distinguir la conducta de los toros de lidia. Los toros son internacionales: el viernes me encontré al salir del metro de Ventas con el que fue torilero de las dos plazas de Vitoria, la vieja y la nueva. De Vitoria precisamente. Manolo, un tipo delicioso. Después de los toros se fue al concierto de Pink Floyd. En el palco 17, al lado de uno de los de Prensa, estaban sentados dos socios del CT de Londres. No les gusto la corrida. Tiene reserva en Algeciras para el día 29. Frente al famoso peñón de Gibraltar.
Hablando de Vitoria, recomiendo el NH Canciller Ayala. Qué delicia de hotel y de gente: Gema, Marisa y, sí, el mismísimo Manolo, que se escapó a la fiesta de Pink Floyd.

Última actualización en Jueves, 31 de Mayo de 2018 14:19