TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Épico Gómez del Pilar, en maestro Rubén Pinar"

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Corrida enteriza y poderosa de Dolores Aguirre, pero desoladora por sus huidas o su violencia. Un primer toro de fijeza, y un tercero de sufrir. Dos faenas de altísima tensión

Madrid, 27 may. (COLPISA, Baquerito)

Domingo, 27 de mayo de 2018. Madrid. 20ª de San Isidro. 13.000 almas. Sol de partida, encapotado a partir del tercer toro. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de Dolores Aguirre (María Isabel Lipperheide). Rubén Pinar, saludos y silencio. José Carlos Venegas, palmas y saludos. Gómez del Pilar, saludos y palmas.

Daniel López picó con garra y acierto al primero. David Adalid prendió al quinto dos pares dificilísimos y fue obligado a saludar. Infatigable brega con el cuarto de Miguel Martín, bravo una vez más en banderillas.

SOLO EL PRIMERO de los seis toros de Dolores Aguirre tuvo propiamente trato. El mejor hecho de una corrida que dio en tablilla un promedio de 600 kilos. Hondo, bizco y listón, ese toro que partió plaza, las manos por delante de partida, se empleó en el caballo, atacó en banderillas con celo y tuvo en la muleta algo que ninguno de los otros cinco de corrida: fijeza. Fijeza cara, porque, correoso, un punto tardo, algo probón y a veces frenado, caras vendió sus embestidas. Rubén Pinar hizo con él una faena de gran rigor y lindo riesgo.

 

Paciencia serena, la muleta al hocico cuando convino, el toque a tiempo, colocación perfecta para gobernar y librar todos los viajes del toro, los buenos y los que no tanto. Seguridad muy llamativa. No solo el oficio, que en Rubén data de sus tiernos años de torero precoz, sino mucho más. El temple auténtico o impuesto, valor de no ceder ni un paso, la inteligencia para hallar el terreno preciso, y las pausas precisas también, sin dejar el hilo suelto nunca.

Ligarle al toro por abajo dos ricas tandas en redondo -la segunda, de aire magistral- fue causa mayor. Y atreverse con la izquierda, muletazos ayudados trayéndose el toro, mérito muy especial. La faena fue de tensión, pero hermosa y redonda. Llegó a parecer hasta sencilla. No lo fue. Cuando el toro se puso gazapón a última hora, Rubén le anduvo hasta manejarlo y volverlo a fijar. El ambiente era de asentimiento incondicional. Pero no pasó Rubén con la espada hasta el tercer intento. Gran estocada.

Después de esa bonita faena, y de ese primer toro que tanto llevaba dentro, comenzó un desfile muy inquietante de toros monumentales. De hechuras razonables, sin embargo, las de segundo y tercero. Los tres últimos, superlativos. Un cuarto cabezón, altísimo, casi playero, sin cuello, atacadísimo: un quinto frentudo de traza jurásica; y un sexto más armado que los demás. Ninguno de esos cinco se prestó a hazañas. Por bronco, incierto y áspero el segundo, el más violento de los seis; por desarrollar sentido y por huirse el tercero; por reservón y por rajarse sin remedio el cuarto; por huir hasta de su sombra el quinto; y por buscar puertas de salida hasta echarse hasta tres veces en la de toriles el sexto.

Pasó, con todo, que en esa otra corrida que siguió a la hermosa entrega de Rubén Pinar se vivió una faena épica de Noé Gómez del Pilar. Épica. No cabe otro término. La más emocionante de lo que va de feria por una razón distinta: la pelea de un torero competente y dispuesto a lo que fuera con un toro de muy manso genio, que quiso hacer presa cuando pareció sentir que podía hacerlo -el sexto sentido del toro de lidia- y se resistió lo indecible a tomar engaño, engallándose primero, escupiéndose y huyendo luego, soltando tralla después, metiéndose por delante, de costado y por detrás, protestando. Gómez del Pilar lo había esperado a porta gayola, pero el toro salió contrario y ni caso. Con el peso de la lidia cargó Noé y lo hizo con maestría, y con detalles de torero grande.

Este tercero fue, hasta entonces, el toro más difícil de picar de todo San Isidro. Se pidieron banderillas negras. Brindis al público -en banderillas, dos embestidas largas fueron señuelo- y, en fin, la faena épica: de tragarle al toro los arreones de genio, de llegar a ligarle en tablas o en el tercio dos tandas de las que no se ven, de apostar hasta el último momento por meter en vereda viajes descompuestos.

Habría bastado un remate de pitón a pitón, porque la cosa se celebraba en serio, pero Noé -la ambición- decidió perseguir al toro, aguantarle ataques de pasar los pitones rozando el pecho, la barbilla, la barriga, los muslos. El silencio de la plaza fue singular. Incluso, cuando por querer de más Noé, la faena perdió el ritmo que tuvo en su primera parte. Una gran estocada. Se caía la plaza. Tuvo que saludar desde el platillo el torero antes de arrastrarse el toro. Y después de arrastrado otra vez.

Los méritos, el arrojo y la soltura de José Carlos Venegas -se anuncia ahora Venegas a secas- tuvieron también reconocimiento: por su manera de exponer y de atreverse, su tenacidad, su buen sentido para torear sin esconderse ni flaquezas, y porque cobró dos estocadas de extraordinaria ejecución. Rubén se quitó de en medio al cuarto dignamente. Y Gómez del Pilar intentó repetir hazaña -larga cambiada a porta gayola excelente, ahora sí- pero el sexto toro fue el más huido de todos. Y si abren una puerta, se va y no vuelve.

Postdata para los íntimos.- En uno de los ventanales del tendido alto que vierten al patio de caballos, donde me asomo casi todas las tardes, vino a posarse a las seis y media un caballero de más o menos mi edad con un sombrero Stetson de primavera, no sé si de lona o fieltro. El sombrero Stetson, tan habitual en los toros y entre taurinos de los años 40, 50 y 60, me trae la evocación de dos personas muy singulares de este planeta.mal llamado mundillo, o mal llamado planeta: el gran torero aragonés Nicanor Villalta, que lo solía gastar con banda de color y lo paseaba cuando bajaba andando desde Manuel Becerra a la plaza, y un apoderado salmantino, listísimo, que se llamaba Florentino Díaz-Flores, a cuyo instinto u olfato se debe el último monumento del plateresco de Salamanca. O sea, el descubridor de Santiago Martín El Viti.

Lo del arte plateresco no es invención mía, sino tomada de uno de tantos textos certeros de uno de mis escritores de toros predilectos: Guillermo Sureda, que en gloria esté. Como Florentino Díaz Flores o como don Nicanor, que fue asesor de la presidencia de las Ventas en tiempos más exquisitos que los de ahora. Debajo del Stetson de Villalta se escondía un rictus amargo, o sería la mandíbula. Un tipo interesante. En su libro sobre el toreo de capa Robert Ryan hace varias valoraciones muy certeras y elogiosas de Villalta. En México sorprendió.
No traté apenas a Florentino, pero algo sí, y en Salamanca, o en los tiempos felices del Wellington. Leí además su malicioso e inteligente libro de memorias de apoderado independiente, especie en peligro de extinción, por cierto. La semana pasada, en su suplemento de Toros de La Gaceta de SAlamanca, Javier Lorenzo evocó una jugada maestra de Florentino como apoderado de El Viti. Negarse a aceptar un pacto de dinero con la empresa Jardón, que lo dejó fuera de SAn Isidro dos años pese a ser torero favorito de las Ventas. Diréis que apoderar a El Viti era sencillo. Pues no. Había que pensar mucho y saberse calar el sombrero a tiempo. Sureda cuenta en una monografía de El Viti cómo, después de una gran crónica escrita en el Diario de Mallorca -o el Última Hora, ahora no recuerdo-, el día después de la presentaciòn de El Viti en el Coliseo Balear, Florentino fue en su busca para felicitarle -Sureda escribía de toros como el mejor- y conocerlo personalmente. Y como diría Humphrey Bogart, otro de Stetson de lujo, ese fue el principio de una larga amistad.

 

Última actualización en Domingo, 27 de Mayo de 2018 21:34