TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Talavante y López Simón a hombros"

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Un presidente generoso y un público sentimental, cuatro orejas -Talavante, las dos de un bravo toro de Cuvillo- y un espectáculo insólito: media corrida bajo una tormenta teatral

Madrid, 25 may. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 25 de mayo de 2018. Madrid. 18ª de San Isidro. Lleno. 24.000 almas. Primaveral, tormentoso. Descargó lluvia intensa durante la lidia de cuarto y quinto y siguió lloviendo hasta el final. Dos horas y diez minutos de función. Cinco toros de Núñez del Cuvillo y un sobrero -3º bis- del Conde de Mayalde. Juan Bautista, silencio y saludos. Alejandro Talavante, que sustituyó a Paco Ureña, dos orejas y saludos. López Simón, una oreja en cada toro. A hombros Talavante y López Simón. Alberto Sandoval picó bien al primero. Un quite providencial de Juan Bautista a Juan José Trujillo cuando salió perseguido en banderillas.

LA SEGUNDA CORRIDA que lidiaba Cuvillo en Sn Isidro fue todavía más golosa que la primera, la del 16 de mayo. No es que se parecieran demasiado una y otra, porque las dos fueron muy variadas y de líneas o reatas distintas. Dieron mucho juego las dos. Pero en punto a toros en esta segunda vinieron servidos tres de particular calidad: los dos del lote de Talavante, con especial buena nota para el segundo de corrida, y el último de todos, un jabonero de mucho motor, pronto, de clara entrega y bravo son.

 

Las comparaciones quedaron cojas por dos razones. El toro y su circunstancia. Pasó que el tercero de esta segunda entrega, que salió lindo y limpio -hechuras del genotipo juampedro-, debió de lesionarse en un recorte de capa, quiso galopar derrengado y perdió las manos al salir de una primera vara. El caballo de pica se derrumbó al tiempo que doblaba el toro. Pañuelo verde. Y toro de apuntes infalibles que se quedó sin ver.

En el aire del gigantón cuarto del día 16, con el que tantas delicias firmó Antonio Ferrera, salió esta vez un primero de 620 kilos, carnosísimo, muy largo. De la amplísima nómina de toros de más de 600 que llevan asomando en San Isidro desde el 9 de mayo, este cuvillo que partió plaza fue casi tan grande como el que más, pero impuso menos que cualquiera: aire bondadoso, pero, rebrincado, tendió a puntear. Tras la segunda vara se celebró muchísimo un quite de Talavante por delantales, tres y media rarísima. A Juan Bautista no le pesó porque se metió con él lo justo. Lo mató de excelente estocada.

A renglón seguido empezó el desfile de cuvillos buenos, pero, al cumplirse la mitad de festejo, hizo su aparición la segunda circunstancia: una copiosa tormenta casi de teatro. Truenos, rayos, centellas y relámpagos, y una manta de agua que no hizo barro pero convirtió el ruedo en un inmenso charco. En esa pista acuática se sujetaros los toros sin perder las manos. Y en una gama de calidades creciente: bueno el cuarto, con el que Juan Bautista se entendió más que bien; mejor aún el quinto, solo que Talavante tuvo que hacer verdaderos equilibrios para no perder pie, no era cosa de ajustarse como suele y no se enredó salvó en una tanda de naturales muy de su firma y su desgarro aparente; y, en fin, el jabonero que no paró y a todo vino, y fue, en bravo, toro de gran nobleza.

Hubo desbandada de tendidos cuando arreció la lluvia, pero gradas y andanadas fueron incansable coro de celebración. Reconocimiento de Juan Bautista, que, al segundo intento, cobró recibiendo una gran estocada; ligera división de opiniones en torno a la faena de Talavante; y entrega incondicional con López Simón, que había sido cogido feamente dos veces por un sobrero del Conde de Mayalde en su primer turno -volteado brutalmente en una estocada cobrada a morir delate de toriles sin jugar la mano del engaño- y casi salió empalado por el cuvillo jabonero en el recibo por mandiles.

El toro de Mayalde, monumento de 600 kilos, pareció todavía mayor que el cuvillo de 620 que acababa de arrastrarse. Inmenso el cuajo, pero toro noble, con su gota mansita al soltarse o al buscar querencia, porque llevaba tiempo en los corrales y había sido enchiquerado como sobrero dos veces.

Las dos faenas de relieve de la tarde fueron la primera de Talavante al excelente segundo y la de López Simón al sobrero. La una se premió con dos orejas en decisión generosa del palco; la otra, de dientes de sierra, con una de petición mayoritaria porque la gente creyó que López Simón había salido herido. Con el púbico a favor de obra, y otra estocada de fe, López Simón se vio recompensado con una oreja del sexto. Y a hombros los dos toreros, suceso nada común en San Isidro. Una exageración.

Metido en el cartel en sustitución de Paco Ureña, Talavante hizo saber que donaría sus ingresos a una institución benéfica de Extremadura. Por eso lo sacaron a saludar a la boca del burladero al término del paseo. Hubo algunas reticencias, las mismas que censuraron al palco su largueza. Talavante toreó con ambición y garra, y probablemente con la intención de las comparaciones con la faena antológica firmada por El Juli en la víspera. No le benefició la comparación, que se dejó sentir.

El planteamiento de faena fue similar. Los logros, no. El chorro con que Talavante gusta exhibirse, pero el toro, vivísimo, se iba tan largo y se venía tan pronto que estuvo pidiendo más gobierno o sosiego a partir del primer cambio de mano. Cn ellos, con desplantes o con molinetes de alivio Talavante remató tandas. La gente, incondicional con él. Pero pesaba el runrún de la víspera. La faena de El Juli, puede que insuperable. La batalla de López Simón con el toro de Mayalde tuvo, además de asiento y arrojo indiscutibles, momentos muy logrados en el toreo de mano baja y ligado, y hasta su aparente desmayo. La sensación de que el torero de Barajas se encontraba con su versión más feliz.

Postdata para los íntimos.- La hiedra del patio de caballos, el foso embarrado, la nube negra de todas las tardes que parece castigo bíblico, el toreo leve y ligero, el denso y sordo, el de minué, los toros jaboneros de Vejer de la Frontera, como los ensabanados de Osborne que de noche se cegaban con las luces y...el tomate de Barbastro, rosado y redondo como una sandía cortadas en dos. Charquitos de sangre entre la charca de agua, Sangre de toro, que algunos ha tomado por color de seda de vestidos de torear. Me hace gracia la expresiòn de "estar hasta las trancas". El miedo.

 

Última actualización en Domingo, 27 de Mayo de 2018 21:35