TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

MADRID. Crónica de Barquerito: "El carácter indomable de Roca Rey"

Correo Imprimir PDF

En su segunda tarde de feria, el torero peruano supera una prueba muy difícil: vuelca el ambiente reventador de un sector con una faena de supina entrega y sale triunfador a ley

Madrid, 23 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 23 de mayo de 2018. Madrid. 16ª de San Isidro. Lleno. 24.000 almas. Revuelto, primaveral, chubascos salteados. Descargó un chaparrón durante la lidia del tercero. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Victoriano del Río. Perera, silencio tras aviso y silencio. Talavante, silencio en los dos. Roca Rey, silencio y una oreja. Dos buenos pares de Juan José Trujillo al quinto.

LOS SEIS TOROS de una afilada y bien cortada corrida de Victoriano del Río se emplearon en el caballo. Sin ganas el primero de los seis, que, dócil, pajuna y cansina nobleza, fue el de menos interés de la corrida. Apretó mucho el segundo, que salió quebrado de una primera vara muy peleada y todavía peleó en la segunda. Frágil, pagó el castigo. Después de banderillas, claudicó.

No fue el único. Claudicó el tercero, que también quiso en dos varas. El cuarto romaneó en el primer puyazo -el caballo por los pechos en vilo-, pegó en banderillas un arreón ciego de manso que estuvo a punto de arrollar por la espalda a un rehiletero tan eminente como Curro Javier y se rajó a mitad de camino. Es decir, a mitad de un trasteo resistido con mayor entereza que los demás.

El quinto, único cinqueño del envío, fue tan frágil como el que más, claudicó no poco, se apagó antes de lo previsto. Del caballo, encelado en una primera vara interminable, había salido embistiendo por derecho. Se movió en banderillas mucho. Se ahogó después. A la vista del caballo, que tuvo enfrente y casi encima, se volvió de costado el sexto, que peleó en una primera vara muy pegona y se repuchó de la segunda. Perera anduvo seguro, templado y fino con el noblote primero y llegó a enroscárselo en tandas de desigual ligazón. Al cuarto lo tuvo bien gobernado y hasta enredado en un gran bucle de firma propia. A Talavante se le fueron de las manos los dos toros. Al suelo solitos.

Esta de Victoriano del Río era la duodécima corrida de la feria. La abundancia de toros de jurásico remate en las citas previas pesó como inevitable comparación y hubo casi desde la aparición primera un ambiente de censura contra el ganadero. No solo contra el ganadero. Cualquier lector de señales de humo de las Ventas en tarde de figuras -el cartel de mayor tirón de todo el abono- supo distinguir enseguida que los tiros no iban tanto contra Victoriano del Río como contra Roca Rey. En una más de sus desmedradas entregas ya clásicas, nervios de acero, firmeza y valor incontestables, fue el joven torero peruano quien puso a reventar la caldera más de lo que de antemano estaba y seguramente el primero en saber que los que apuntaban contra Victoriano buscaban hacer diana en él.

Roca provocó con su apresto sin tibiezas -sangre fría, pero a la vez hirviente- esa especie de división de opiniones con que en Madrid se recibe, reconoce, premia y castiga -todo a la vez- al torero que manda. Y el que manda ahora mismo es él. Con su aparente sangre fría, sangre que hierve cuando él dispone, y su don para volcar ambiente, Roca Rey fue el personaje de la corrida. Más que el propio Talavante, que después de sus dos exhibiciones de hace una semana con la corrida de Cuvillo venía a esta cita con la vitola de triunfador de San Isidro sin esperar a nadie más.

Pues ni Talavante, más precipitado que resuelto en las dos bazas, ni Perera, castigado no tanto como Roca Rey, pero dejado al lado en la trifulca mayor que aquí se sustanciaba. O Talavante o Roca Rey. Ganó la partida Roca. Sin trampa ni cartón. ¿Bendecido por la suerte? Tampoco. Sino que, cuando se afligió como ninguno el sexto de la tarde, decidió cruzarse, encajarse entre pitones, sacar conejos del sombrero y varita mágica, asustar al toro hasta empequeñecerlo -un toro tocado de pitones, muy astifino- y tirar de él incluso en medios viajes, y pasarse esas embestidas tan rácanas con un ajuste que ya no se estila. Por lo civil o por lo criminal.

El toro, que amenazó con rendirse y echarse, aguantó en pie el cara a cara, Roca superó una caída inerme, cuajó con la zurda siete muletazos soberbios, sostuvo armada la faena entera sin pestañear y, cuando la inmensa mayoría había ganado el plebiscito del sí sin reservas, se fue tras la espada y hasta el puño la estocada. En los palos que mejor domina -los alardes del toreo de capa por saltilleras, los estatuarios de rozar y casi rasgar hilos de la taleguilla, la costura de los remates enroscados por bajo o los largos de pecho que van de pitón a rabo- y pisando y cruzando sin impostura la llamada línea roja, la frontera del riesgo. Roca supo convencer de su carácter a todos. Incluso a los que no querían. Era la última de sus solo dos tardes de San Isidro. Y el primero de los dos victorianos de lote, acobardado, reculó a tablas cuando sintió encima el guante de acero de Roca. En tablas murieron los seis toros, y ese fue el desdoro mayor de la corrida. Ni eso justificó la aparente inquina contra el ganadero.

Postdata para los íntimos.- Entonaré la palinodia. El albero de la Maestranza no procede de Alcalá del Río, sino de Alcalá de Guadaira. Y el Guadaira es un río, pero no el río de la otra Alcalá, que será, supongo, el Grande, o sea, el Guadalquivir. No solo eso. Si en Alcalá de Guadaira se ha acabado la arena, podéis ir a El Viso del Alcor. Y, si no, a las canteras de Carmona. El precio de la arena se ha disparado. En El País Semanal del pasado domingo hay un reportaje firmado por Carmen Gómez-Cotta con fotos de Sim Chi Yin que trata de ese asunto: del comercio de la arena, que,parece de pronto, como el agua, el nuevo petróleo. Es una de las cosas más interesantes que he leído últimamente.
En su blog taurino José María Moreno comentaba ayer el estado del ruedo de Madrid y cuestionaba la calidad de la arena de recambio tras la tromba de agua del lunes. No sé de dónde traen las arenas a Madrid. Tampoco lo sabía de las de Sevilla. Cuando el río suena... En la zona de plaza de Cuba, no sé deciros el nombre de la calle, a la vuelta de Paraíso -que es el nombre de una calle de Triana-, hay un restaurante llamado Los Cuevas. Hace tiempo que no lo gasto, pero ahí seguirá. Comida casera muy refinada. Todo era de El Viso del Alcor. Los huevos, los espárragos, los garbanzos. Tal vez la arena misma de los tiestos de geranios. Muy sabrosa la autarquía. Conocí en tempos a un coleccionista de arenas. Y de donde fuera me encargaba un tarrito de laboratorio. Conocí la colección. Había arenas de los cinco continentes. Me encargó arena de un desierto. Le pedí paciencia.
Y la segunda palinodia, que trata de la calle (del) Arenal -arenal tenia que ser- y de las ruinas de Palomeque, Hoy me he acercado a las ruinas con la intención de comprar algo, como el que se lleva de unas ruinas una piedra. Un vestigio futuro. Y nada. Lo malo es que dí equivocadas las señas. De una tienda de mi barrio. Vergüenza. Las ruinas de Palomeque están en la esquina de (la calle de las) Hileras con Arenal y no la de Bordadores. De modo que Palomeque y San Ginés están en la misma acera pero no adosados. Cuando estaba a punto de cerrar La Camerana en  (la calle de) Postas, me acerque a comprar calcetines de saldo y un par de camisetas de tirantes. En Palomeque nada. En la Sierra de Cameros, la más brava de La Rioja, hay unas cuantas presas sobre varios ríos.  .
Última actualización en Miércoles, 23 de Mayo de 2018 20:53