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Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Un completo Ombú de Juan Pedro y un brillante Luis David Adame"

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Un toro cinqueño jabonero de calidad fuera de lo común y una faena redonda por su ajuste y su trama del joven torero de Aguascalientes que acredita grandes progresos

Madrid, 17 may. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 17 de mayo de 2018. Madrid. 10ª de San Isidro. 16.300 almas. Primaveral. Barrunto de tormenta en el último toro. Dos horas y cuarto de función. Un minuto de silencio en memoria de Ramón Vila, cirujano jefe de la plaza de Sevilla durante treinta y tres años, fallecido ayer. Cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno -6º de- Toros Parladé (Juan Pedro Domecq Morenés). Finito de Córdoba, silencio tras un aviso y silencio. Román, silencio tras un aviso y silencio. Luis David Adame, una oreja y saludos.

LA CORRIDA DE JUAN PEDRO DOMECQ fue tan astifina como la que más y hasta más que ninguna de las jugadas en la feria. Afiladísima y descarada. Aparatosa por astifina pero no falta de armonía dentro de su seriedad. Juan Pedro cumplió con su costumbre de echar en Madrid una corrida impecable. Y pareja de líneas con una excepción: un tercer toro cinqueño, jabonero claro y muy lustroso, no tan ofensivo como el resto del reparto. Fue, además, un toro completísimo. Para la antología de la feria.

El trapío de los toros jaboneros no se descifra fácilmente. En ganaderías como la de Prieto de la Cal donde la pinta jabonera es exclusiva se toman mejor las proporciones. Cualquiera que fuera el trapío del toro, el menos armado de los seis, su movilidad, su potencia y su entrega sin mácula vinieron a valer todavía que la propia fachada, tan espectacular.

A pesar de ser corrida de abono se hizo sensible la presencia de un público no habitual. Como el de los domingos de San Isidro. Un público más impresionable. Cuando asomó el toro jabonero, muchos se quedaron con la boca abierta. La ovación cerrada en el arrastre fue unánime: los de los domingos y los de días de labor. Tirios y troyanos, toristas y no. Gran toro. Llevaba nombre exótico: Ombú. El árbol patrio de la Argentina. El árbol de la vasta Pampa malquerido de los gauchos pese a ser de mucha y buena sombra.

Pues este Ombú no paró de embestir, por una mano y la otra, de salida y en banderillas, en las rayas, en los medios y en el tercio también, y de hacerlo con un ritmo carísimo, descolgado a pesar de ser corto de cuello, humillando y repitiendo. No solo le entró a la gente por los ojos. Sino por que de verdad importa y toca el corazón.

Estar a la altura del toro sin demérito era más difícil de lo que pueda pensarse, porque el toro de carril no es necesariamente bravo. Aunque haya casos raros de bravura de carril, como la de este toro tan singular que fue protagonista de la corrida. Mejor dicho, coprotagonista, porque el menor de los hermanos Adame, Luis David, se echó adelante con una seguridad, un celo y un aplomo impropios de torero nuevo. Veinte añitos no más. Toreaba por primera vez en San Isidro como matador de alternativa -la confirmó el pasado otoño en el abono- y la cosa fue llegar y besar el santo, porque no perdonó ni un viaje, estuvo puesto sin vacilar -en la segunda raya, cuatro ceñidos estatuarios para abrir boca, cosidos con el natural y el de pecho- y no se anduvo con tiempos muertos ni pausas ni bromas.

Al platillo sin más, y ahí brotaron tres tandas en redondo, el toro en los vuelos bien traído, en línea o no, las tres ligadas muy en serio y bien abrochadas. El son de la faena bajó un poquito tras esa explosión primera. Hubo toreo con la zurda de quilates, pero no la tanda generosa que pone del revés el mundo. La última tanda en redondo fue más rehilada que ligada. Adame intercaló una arrucina de sorpresa y remató con ajustadas y apuradas bernadinas más aparatosas que precisas. Se fue tras la espada a reventar. Entera la estocada, tal vez algo atravesada, muerte lenta del toro. Casi las dos orejas, muchas banderas mexicanas y esa voz tan fiel que le pega un viva a Aguascalientes cada vez que torea uno de los Adame.

Con Luis David estuvo la gente hasta el último suspiro de la tarde, pero el sexto toro, del hierro de Parladé, negro zaino, acodado, levantado, fue la cruz de la moneda, se quedaba debajo, se revolvía y se defendía. Y no pudo ser completo el desenlace. Una versión feliz del quite del Zapopán después de picado el toro puso a la gente caliente. Y el remate de una serpentina, la primera de la feria.

El juego de cuarto y quinto pesaba para entonces como si se hubiera tratado de toros de plomo sin serlo, El imponente cuarto, acucharado pero anchísimo, fue muy noble pero alicorto por flojo. Finito dibujo como quien dice algún que otro cartel de toros. Sin eco. Acabó afligido el toro, desinflado tras solo la primera vara. El primero de corrida se llevó de Finito el recuerdo de cinco verónicas marcadas a modo y traídas encima como la pureza obliga. Tardo, sin recorrido, solo dejó a Finito pintar los apuntes de su estilo. El clasicismo. La ortodoxia. Román se empeñó con su cándido arrojo en citar de largo al segundo de corrida, que tardó en responder y lo hizo con violencia de la que desbarata un plan. No fue oportuno el órdago. Se rajó el toro cuando parecía enderezado el rumbo. Mirón, de apoyos frágiles, el quinto juampedro no fue sencillo. No lo vio claro Román.

Última actualización en Jueves, 17 de Mayo de 2018 23:49