TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "El amor propio de José Garrido"

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Y su técnica de torero competente y capaz para levantar en última instancia un festejo de casi tres horas que se hizo interminable. Corrida desigual y de dos sobreros de El Pilar.

Sevilla, 18 abr. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 18 de abril de 2018. Sevilla. 10ª de abono. 6.500 almas. Primaveral, casi veraniego. Dos horas y cincuenta minutos de función. Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile). Cuarto y quinto, sobreros de la misma ganadería. Juan Bautista, silencio en los dos. López Simón, silencio en los dos. José Garrido, vuelta y una oreja. Pares de mérito de Antonio Chacón hijo, Vicente Osuna y Jesús Arruga.

EL MÉRITO MAYOR pero no el único de José Garrido estribó en su carácter para superar y remontar las circunstancias, que fueron unas cuantas. La primera, los imponderables: el cuarto y el quinto, con más o menos razones, fueron devueltos por flojos, entraron en juego dos sobreros seguidos y eso fue como plomo en barras para un festejo que se había venido abajo al cumplirse dos horas. Las ocho y media de la tarde, tarde muy calurosa, y estaba por devolverse a corrales el quinto de sorteo.

 

Plomo en barras el tiempo, que pesaba como una losa. Desfiló gente antes de soltarse el sexto. Este miércoles fue festivo en Sevilla. La feria, abarrotada. A la hora de comer llevaban el cartel de completo los autobuses del servicio especial. Los que fueron a los toros lo hicieron sin mayor gana.

Antes de caer en picado el espectáculo, contó un paréntesis como un oasis: un segundo toro muy notable con el que no se entendió pese a su mucho afán López Simón; y una faena bien tramada y compuesta del propio Garrido a un tercero de tranco bueno, y prontas y vivas embestidas Toreo acompasado de partida, una tanda de mano baja en la distancia bien rimada -suerte apenas vista en las ocho corridas de feria previas- otra poderosa de seis ligados y cosidos con un cambio de mano y el de pecho, cierto aire de pelea para gobernar el toro por el pitón izquierdo -revirado y mirón entonces, y revoltoso- y, al cabo, toro gobernado. Música.

Pero a la faena le sobraron dos tandas y el clamor fue decreciente. La reunión con la estocada fue perfecta –“derecho como una vela”, decían los clásicos, y ya no se dice- pero, trasera o tendida la espada, la muerte del toro, barbeando las tablas, fue de las de mucho durar. Un aviso y casi el segundo. Garrido es uno de los dieciséis matadores de toros anunciados a solo una tarde en el abono de Sevilla. Ocasión más única que singular. El tirón en la taquilla y en el ambiente es privilegio de quienes torean por los menos dos veces. Pero ocasión aprovechada por Garrido, pues no fue solo esa primera faena o esa manera de atacar con la espada tan de verdad, sino, sobre todo, su denuedo -entrega, dominio, firmeza y buen hacer- para ponerle firmes al sexto de la tarde, ya noche, que fue toro violento, andarín, incierto y duro de roer. No es que el toro llegara a entregarse, pero acabó seriamente sometido. Una tanda con la izquierda cuando ya nadie apostaba nada por nada ni nadie tuvo sello de torero importante por lo poderoso. Poder que es antesala del temple. Hasta con dos molinetes de rodillas llegó a abrir tandas Garrido, y casi se le va el toro a toriles, pero el detalle fue prueba de la verdad de su porfía. Se celebró con ganas la invención nada postiza. Una estocada. Una oreja. De las que no se cortan todos los días.

Marcada por la fragilidad de los dos toros devueltos, la corrida de El Pilar, bien cortada, en tipo y peso, sacó las hechuras propias de Sevilla pero los dos sobreros superaron el listón de los seis titulares con creces. De la primera vara salieron todos tundidos. El segundo sobrero echó el borrón de blandearse, escupirse y soltarse sin freno. El sexto fue el de más poder. Juan Bautista toreó el primero de los seis en un palmo de terreno, pero perdiendo siempre pasos. Toro de los de media altura. Costó acoplarse. El primer sobrero, un Guajiro de célebre reata, muy talludo, levantadisimo, se empleó en el caballo pero enterró pitones para medio volatín después de picado y lo acusó. Una faena de oficio, de perder de nuevo pasos por sistema, y recibida con una frialdad brutal. Ni un ole ni medio. Ni una tanda previa a la igualada de rico son. López Simón se empeñó en faenas larguísimas, casi al calco, reiterativas. Firmeza solo no basta. El buen segundo de corrida lo delató. Su esfuerzo con el quinto no contó.

 

Última actualización en Jueves, 19 de Abril de 2018 21:35