TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "El Juli, grande, por la Puerta del Príncipe"

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Tarde completa. Dos faenas de inspiración, técnica y formidable despaciosidad.  La segunda se resuelve con el indulto de un toro de Garcigrande de muy lata calidad. Cuatro orejas de botín.

Sevilla, 16 abr. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 16 de abril de 2018. Sevilla. 8ª de abono. Lleno. 12.000 almas. Primaveral. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Justo Hernández, con el hierro de Garcigrande, salvo segundo y sexto, que llevaban el de Domingo Hernández. El quinto, Orgullito, número 35, negro listón, 528 kilos, indultado. Enrique Ponce, silencio y una oreja. El Juli, dos orejas y otras dos simbólicas del toro indultado. Alejandro Talavante, silencio en los dos. El Juli, a hombros por la Puerta del Príncipe. José Antonio Barroso picó con acierto y criterio al segundo. Dos pares espléndidos de Juan José Trujillo al sexto.

A VER A EL JULI vinieron las musas todas. Una tarde de impecable gobierno: el asiento, el dominio de los tiempos, el temple, la colocación, el ajuste también, el orden, la determinación, la pura ciencia. Pero más que la ciencia o el sentido del toreo contó la inspiración, que explotó enseguida y fue de rampante son. Ni un paso en falso, ni un lance de más. Ni siquiera los muletazos de señuelo con que en los medios El Juli provocó el indulto del quinto toro, mecido por él en una faena cumbre de medio centenar de muletazos o más. Faena rigurosa, muy labrada, destacada por su densidad, intensidad e inteligencia.

Cumbre Julián con dos toros de pareja nobleza pero distinta condición. El del indulto y, por delante, un segundo encelado en el caballo y picado por Barroso con mesura, de rico galope en banderillas y muy brioso en la muleta. El Juli lo toreó en casi un palmo de terreno. Derribado en un acostón y solo el primer muletazo de trasteo, y recién brindada la faena a la memoria de Domingo Hernández -cuyo era el hierro-, El Juli hubo de improvisar de rodillas, al medio recomponerse y en la repetición del toro, una tanda primera no de aliviarse sino de ya ponerse a gobernar y a hacerlo sin dilación.

En la segunda de las dos tandas en redondo que siguieron a la tanda imprevista, ya estaba toreando El Juli a cámara lenta, poderosamente, la mano baja. Dos tandas ligadas, de rotundo efecto -en ese momento rompió la corrida a lo grande- y prólogo de una segunda y hasta tercera parte de faena igual de profusas las dos, Las dos cumplidas con llamativa sobriedad, incluso cuando, antes de la igualada, El Juli se enredó en dos ochos bien matizados, suelto el brazo, rematados los adornos con el natural de broche, que suele y debe ser hacia dentro. El toro había tenido por la mano derecha más claro aire de salida. Cinco verónicas en corto y embraguetadas, media estupenda y un cuarto de verónica muy gracioso. Por la izquierda se entregó en cuanto dispuso El Juli. Pulso nada común, mano de seda. Una estocada hasta la bola y algo trasera, pero el toro, que se había empezado a afligir de tan sometido, dobló en tablas, Dos orejas. Fue faena redonda. Por lo preciso de los muletazos -es decir, su medida en cada tanda- y por su cima particular, que fue el toreo con la izquierda. Dos manos tiene El Juli, como todos los toreros, pero la izquierda parece más larga, la mejor de las dos. Ahora y siempre.

Ni el áspero primero ni un tercero flojo, claudicante y celoso se prestaron a fiesta. Ponce le pegó muchos pases al uno, Talavante optó por la retirada. El jaleo grande iba a llegar en el quinto toro. Antes del jaleo, Ponce se enredó en una faena de recorrer mucha plaza no solo porque el cuarto toro estuvo por rajarse y se rajó, sino porque la faena fue de pilotaje solamente regular y flacos argumentos. Una tanda de apertura genuflexa y otra igual, a última hora, calentaron a la mayoría. Y un par de circulares automáticos o rehilados, y algún cambio de mano también.

Ni eso ni el renuncio de Talavante con el sexto de la tarde, un punto descompuesto, tuvieron apenas peso, pues con el quinto de la tarde El Juli mejoró todos los registros de la primera faena. No perdonó nada. El capote para fijar al toro que se frenó antes de varas y hasta escarbó, un galleo por chicuelinas muy donoso y un quite por chicuelinas al ralentí que fue aviso de lo que iba a venir en seguida.  El primero en venir y querer fue el toro, que El Juli hizo lidiar de rayas afuera y de rayas afuera llegó enseguida una faena de particular poso y de gran atrevimiento estilístico, porque, sostenida sobre el toreo ligado clásico, vino a abundar en remates de tanda sacados del sombrero de mago: un mero dejar sin dueño el toro tras una tanda de cinco en semicírculo, uno de pecho desde las babas del hocico a la hombrera contraria, la trincherilla, el molinete, el simple cambiado por alto a suerte cargada. Cuando cundió la invitación al indulto, El Juli se fue al toreo en circulares, en la suerte natural o no, y con ellas enardeció a la gente más de lo que estaba. Toro con cuerda y corazón de reloj, pero el ritmo lo puso El Juli, que, generoso, compartió el éxito con el ganadero. Lo sacó a dar con él la vuelta al ruedo. Por el toro. Es la ley.

Postdata para los íntimos.- Avistamiento de ballenas en el Arenal. Poco después de la una, la copita de barbiana en el Barbiana de la calle Albareda. Para abrir boca. Y para quien tenga en la boca dientes, las tortillitas de camarones, tan bien fritas que parecen tejas de almendra, láminas de hojaldre, crustante de convento, celeste sustancia. No es fácil lograr tan ligera teja con harina, clara o yema de huevo, fritura de aceite, perejil y la carnita blanda de camarón con sus antenas. La masa es secreto de la casa. No me extraña. Puede esperarse diez minutos en un plato de loza blanca la tortilla y no se arruga ni pierde textura. No quitarle mérito al camarón, que es la salsa misma del manjar. Pero la fritura es lo que es.

Un camarón a secas resulta insípido. No incoloro, no: tiene su velo de gasa rosada y su tronco a tiras como las de las gambas. No inodoro: si tratas de descascarillarlo y descabezarlo, se mete entre las uñas su olor profundo de mar de orilla, como el de los berberechos. No tanto como el de los percebes, que huelen a roca más que a mar.

La manzanilla, si es de Barbiana, mejor. No escuece en la lengua, En copa bien fría estalla su aroma. En el Barbiana de Sanlúcar, en la plaza del Cabildo, todavía mejor. Con sus servilleteros de cartulina blanca y rosa. Para limpiarse los dedos después de la tortilla, que se come con los dedos. Cada una de las bodegas de Sanlúcar tiene manzanilla propia. La cata depende del grosor de la copa -la copa de manzanilla, de cristal finísimo- y de la temperatura. El guiso de coquina con manzanilla y aceite es único. Un ajito picado, medio diente. ¿Limón? Nunca.

En la propia Barbiana se guisan las coquinas, que son latosas de buscar, encontrar y recoger. Creo que se paga más la mano de obra que la carne mínima pegadita a su valva de porcelana blanca. La chirla no es tan delicada, pero hace buen arroz. Las almejas son hermanas mayores del gremio. No deben compararse. La almeja hace todavía mejor arroz que la chirla menuda. En el mercado de Triana la venden lucida a buen precio. Esta mañana anduve por el Barranco, que es un falso mercado, digamos, y solo trabaja las ostras. A precios astronómicos. Muchos clientes franceses. Las ostras, para desayunar, Se acompañan mejor con vino fino que con manzanilla. Las ostras, solas. Solas siempre. Saben a plata. Con perla y sin ella.

Segundo capítulo: la anchoa. Las verdaderas, las de Santoña y Cantabria, las que no admiten sucedáneos ni imitaciones, las vende en Sevilla Trifón en La Flor de Toranzo, al cabo de la calle Barcelona, junto a la Plaza Nueva. Las anchoas mariposa, dos en cada fuente, con su chorretón de aceite de oliva virgen. La anchoa que brilla como una joya, carnosa y tierna, parece que curada a mano. Si te sientan en taburete alto de respaldo junto al ventanal de Jimios, y levantas la cabeza, te encuentras con el tríptico de Curro Romero y su natural interminable y alado, y te dan ganas de embestir. La anchoa buena es adictiva.

La barra de la bodeguita de Antonio Romero II en la calle Gamazo, al lado de Trifón, estaba llena; la terraza, más. Será el garito más valorado de la calle, donde hay tantos. No he visto ninguno más lleno. Ni camareros más profesionales. En las barras de Sevilla se respetan los rangos del servicio al modo militar. En vez de estrellas, distintivas en mangas y hombreras, ropaje que marca categoría. Un chaleco, una corbata… La disciplina es admirable. La carta de Romero es todavía más amplia que la del Barbiana. En el Barbiana vi meter esta mañana dos merluzas escandalosas recién llegadas. Los ojos vivos de los mártires, sangraban por las agallas. En Barbiana trabajan el pescado según los usos del norte atlántico.

La bodeguita es más de frituras y carnes. Ahora bien, el pisto con huevo frito es insuperable. Los platos del día eran hoy el boquerón adobado y el garbanzo. Es un andalucismo: no se dice en plural. Ni garbanzos ni boquerones. Sino en singular. Garbanzo y boquerón. Uno vale por mil. He visto volar una fuente de boquerón(es). Pero el pisto, con salsa de tomate fresca, fresco el calabacín, delicada la cebolla dulce. lozanos pimientos bañados de aceite, ¡oh…!. Otro manjar. En Bilbao sé de dos pistos de cinco estrellas. Primero, el del Monterrey, en la Gran Vía, frente a El Corte Inglés. Segundo, el del Guría, Gran Vía arriba, llegando casi al Sagrado Corazón. Los dos, con huevo batido o revuelto. En algunas traducciones caprichosas se llama ratatouille al pisto manchego. Pero…

Al cabo de los años entré el domingo de visita en el museo marítimo de la Torre del Oro. La torre está bien restaurada. No pegan ni con cola las celosías de madera de las aspilleras, pero desde el interior apenas se distinguen. La sala de marinería, cartografía, historia y retratos de ingenieros es muy interesante. Distribuida en una galería de doce lados, que son los mismos de los de la torre. No en orden cronológico, pero tampoco en desorden de tiempos. La pintura panorámica de la Sevilla del XVI, la que vivió y conoció Cervantes, es un retrato fiel. con creo haber contado las doce puertas del antiguo recinto amurallado: la de Arenal, las de Triana, Goles, San Juan, Macarena, Córdoba, Sol, Osario, Carmona, la Carne y Jerez. En la Puerta de Jerez, para el tranvía. A un lado, la casa donde nació Vicente Aleixandre, poeta sonoro; al otro, el palacio de los Guardiola, que fue templo taurino. Y nombres de vientos en paneles de madera colocados en los dinteles de ventana y huecos o lados altos; áuster, ábrego, argentes, céfiro, tracias, boreas, gálico…Desde la terraza de la torre vigía -la de Oro en una torre de tres torres- se ve el río cortado, ancho y en calma Guadalquivir, Triana, Santa Cruz, la Giralda y al fondo la cúpula de San Luis.

Y después del banquete, en la grada de la Maestranza, un paisano al lado que se pasó la corrida comiendo gominolas. Y delante, un fumado de cigarro habano. Por eso voy con abanico. Un ventilador.

Última actualización en Lunes, 16 de Abril de 2018 21:37