TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SEVILLA. Crónica de Barquerito: "Una bonita faena de Talavante"

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Un trabajo original no exento de maestría, inteligencia y torería por la manera de manejar la querencia de un toro de los Matilla. Espectáculo larguísimo y bastante plano

Sevilla, 13 abr. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 13 de abril de 2018. Sevilla. 5ª de abono. Lleno. 12.000 almas. Soleado, fresco. Dos horas y cincuenta minutos de función. Cuatro toros de Olga Jiménez -el 3º bis, sobrero-, uno- 5º- de Hermanos García Jiménez y un sobrero -6º bis- de Torrestrella. Miguel Ángel Perera, silencio en los dos. Alejandro Talavante, silencio tras un aviso y una oreja. Roca Rey, saludos tras un aviso y silencio. Curro Javier le puso al cuarto un par de categoría especial y alto riesgo. De él salió trompicado y prendido, con la taleguilla rasgada y una lesión lumbar de pronóstico leve. Le tocaron la música.

CASI TRES HORAS en la Maestranza sin saberse en qué pudo irse tanto tiempo. Una corrida de desigual lámina de dos de los tres hierros de la familia Matilla, El primer sobrero, de los Matilla también, casi 600 kilos, cinqueño de cuajo hondo y espectacular, fue el de más trapío de la semana, pero también el único de todos los jugados que tomó sin apenas previo aviso el camino de las tablas hasta encontrar la puerta de chiqueros, donde murió aculado primero, recostado después y vuelto a aconcharse. Rajarse, se dijo un día de esa manera de ser. Hizo el verbo fortuna.

Ni en la contraquerencia, donde Roca Rey trato de sujetarlo con segura firmeza, ni menos todavía en la querencia. No quiso el toro. La faena, abierta de largo en la boca de riego con el cambiado por la espalda que parece guion obligado en los trabajos de Roca Rey, tuvo su interés y su mérito en solo los primeros compases cuando pareció que el empeño del torero peruano podría prosperar. Protestó el toro -un desarme- antes de huirse, pero Roca se resistió a perder la fe: un par de muletazos a pies juntos muy graciosos. Una estocada corta y tendida. Un aviso. En exceso de confianza, Roca se había ido hasta el mismo punto donde había empezado hacía diez minutos creyendo que el toro iba a echarse. No se puede dar por muerto un toro hasta que no lo esté. Tres descabellos.

Al soltarse el cuarto ya habían dado las ocho. La primera mitad de corrida fue de pobre nota. El primero, la cara arriba, solo pegó cabezazos rebrincado. Perera había brindado al público, Se arrepentiría de inmediato. El segundo, alto y estrecho, pareció de buen aire. Roca Rey quitó por chicuelinas, tres, y media, que fue la guinda del quite. Talavante replicó por sedicentes verónicas. No iba a ser el día de Talavante con el capote. Sí con la muleta, pero tres toros después. A este segundo, remolón y apagado, cortito de gas, había que llegarle mucho, y ni siquiera así. Uno a uno le pegó Talavante algún muletazo bien compuesto. No entró la espada. Un aviso. Empezó a correr el reloj sin que pasara apenas nada. Antes de asomar el monumental sobrero de Olga Jiménez fue devuelto un tercero del mismo hierro, grandullón, descoordinado y renco. Se habría pegado algún trompazo por el laberinto. Perera repitió brindis con el cuarto, tan apagado como el que más. No fue ni de los de ir y venir. Un par de regates por la mano izquierda -por ella prendió a Curro Javier en la reunión de un par memorable, pero sin llegar a herirlo- y un trabajo maquinal, tozudo, ingrato, largo. Se escuchó ese consejo malicioso tan de castigo en la Maestranza: “Déjalo ya…!”

El quinto, del hierro de los hermanos Matilla, fue el más en Jandilla de los siete aprobados. El porte todo, el hocico afilado, las cañas finas que aguantaban 585 kilos de tablilla como si tal. El toro tomó corrido una primera vara, derribó y se enceló con el caballo caído. Talavante anduvo desnortado en la lidia, muchos capotazos, ninguno bueno. En banderillas el toro apuntó querencia a tablas. Querencia clara. No de huirse tanto como el sobrero, sin embargo. Y entonces hubo como un careo entre las partes. Como si Talavante preguntara al toro “¿Te vas o te quedas?” La solución fue una faena en la querencia del toro, entre rayas y tablas, Talavante acertó a llevarlo tapado y a hacerlo con una suerte de delicada maestría. Tandas bien ligadas, muy linda la construcción de una faena en la que de partida solo creía Talavante. Apagado pero pastueño, muy noble, el toro se avino al trato, que fue exquisito, cadencioso, suave de verdad, a cámara lenta en algunos pasajes. Demasiado dilatada la faena, larga, pero Talavante estaba muy a gusto. Una estocada defectuosa soltando el engaño bastó.

El sexto, muy astifino, protestado de salida - ¿por renquear, por sacudido…? -, claudicó en la primera vara, salió tundido y fue devuelto. Y saltó un sobrero de Torrestrella de pinta muy particular. Por sardo lo dieron los veterinarios. Entre sardo -mínimos los parches negros- y castaño berrendo y capirote. Pese a tanto brillo, no fue toro bello. Tampoco feo. Salió buscando puertas -ya había sido sobrero el miércoles, lo acusaría-, cobró un volatín completo y a pulso, encajados los pitones en la arena. No se descompuso, pero no llegó a componerse tampoco. No descolgó ni en una sola baza, se soltaba de engaño. Roca Rey se puso y lo esperó. Vano intento. Ya era de noche. Un pinchazo hondo. Y un puntillero revolcado en la agonía final.

Postdata para los íntimos.- La crónica. Y un postre algo indigesto: una meditación sobre los árboles de San Pablo. Y una visita al museo de calendarios de Las Piletas, con intérprete en francés.

Una bonita faena de Talavante
Un trabajo original no exento de maestría, inteligencia y torería por la manera de
manejar la querencia de un toro de los Matilla. Espectáculo larguísimo y bastante plano
Sevilla, 13 abr. (COLPISA, Barquerito)
Sevilla. 5ª de abono. Lleno. 12.000 almas. Soleado, fresco. Dos horas y cincuenta
minutos de función.
Cuatro toros de Olga Jiménez -el 3º bis, sobrero-, uno- 5º- de Hermanos García Jiménez
y un sobrero -6º bis- de Torrestrella.
Perera, silencio en los dos. Talavante, silencio tras un aviso y una oreja. Roca Rey,
saludos tras un aviso y silencio.
Curro Javier le puso al cuarto un par de categoría especial y alto riesgo. De él salió
trompicado y prendido, con la taleguilla rasgada y una lesión lumbar de pronóstico leve.
Le tocaron la música.
CASI TRES HORAS en la Maestranza sin saberse en qué pudo irse tanto tiempo. Una
corrida de desigual lámina de dos de los tres hierros de la familia Matilla, El primer
sobrero, de los Matilla también, casi 600 kilos, cinqueño de cuajo hondo y espectacular,
fue el de más trapío de la semana, pero también el único de todos los jugados que tomó
sin apenas previo aviso el camino de las tablas hasta encontrar la puerta de chiqueros,
donde murió aculado primero, recostado después y vuelto a aconcharse. Rajarse, se dijo
un día de esa manera de ser. Hizo el verbo fortuna.
Ni en la contraquerencia, donde Roca Rey trato de sujetarlo con segura firmeza, ni
menos todavía en la querencia. No quiso el toro. La faena, abierta de largo en la boca de
riego con el cambiado por la espalda que parece guion obligado en los trabajos de Roca
Rey, tuvo su interés y su mérito en solo los primeros compases cuando pareció que el
empeño del torero peruano podría prosperar. Protestó el toro -un desarme- antes de
huirse, pero Roca se resistió a perder la fe: un par de muletazos a pies juntos muy
graciosos. Una estocada corta y tendida. Un aviso. En exceso de confianza, Roca se
había ido hasta el mismo punto donde había empezado hacía diez minutos creyendo que
el toro iba a echarse. No se puede dar por muerto un toro hasta que no lo esté. Tres
descabellos.
Al soltarse el cuarto ya habían dado las ocho. La primera mitad de corrida fue de pobre
nota. El primero, la cara arriba, solo pegó cabezazos rebrincado. Perera había brindado
al público, Se arrepentiría de inmediato. El segundo, alto y estrecho, pareció de buen
aire. Roca Rey quitó por chicuelinas, tres, y media, que fue la guinda del quite.
Talavante replicó por sedicentes verónicas. No iba a ser el día de Talavante con el
capote. Sí con la muleta, pero tres toros después. A este segundo, remolón y apagado,
cortito de gas, había que llegarle mucho, y ni siquiera así. Uno a uno le pegó Talavante
algún muletazo bien compuesto. No entró la espada. Un aviso. Empezó a correr el reloj
sin que pasara apenas nada. Antes de asomar el monumental sobrero de Olga Jiménez
fue devuelto un tercero del mismo hierro, grandullón, descoordinado y renco. Se habría
pegado algún trompazo por el laberinto. Perera repitió brindis con el cuarto, tan apagado
como el que más. No fue ni de los de ir y venir. Un par de regates por la mano izquierda
-por ella prendió a Curro Javier en la reunión de un par memorable, pero sin llegar a
herirlo- y un trabajo maquinal, tozudo, ingrato, largo. Se escuchó ese consejo malicioso
tan de castigo en la Maestranza: “Déjalo ya…!”
El quinto, del hierro de los hermanos Matilla, fue el más en Jandilla de los siete
aprobados. El porte todo, el hocico afilado, las cañas finas que aguantaban 585 kilos de
tablilla como si tal. El toro tomó corrido una primera vara, derribó y se enceló con el
caballo caído. Talavante anduvo desnortado en la lidia, muchos capotazos, ninguno
bueno. En banderillas el toro apuntó querencia a tablas. Querencia clara. No de huirse
tanto como el sobrero, sin embargo. Y entonces hubo como un careo entre las partes.
Como si Talavante preguntara al toro “¿Te vas o te quedas?” La solución fue una faena
en la querencia del toro, entre rayas y tablas, Talavante acertó a llevarlo tapado y a
hacerlo con una suerte de delicada maestría. Tandas bien ligadas, muy linda la
construcción de una faena en la que de partida solo creía Talavante. Apagado pero
pastueño, muy noble, el toro se avino al trato, que fue exquisito, cadencioso, suave de
verdad, a cámara lenta en algunos pasajes. Demasiado dilatada la faena, larga, pero
Talavante estaba muy a gusto. Una estocada defectuosa soltando el engaño bastó.
El sexto, muy astifino, protestado de salida - ¿por renquear, por sacudido…? -, claudicó
en la primera vara, salió tundido y fue devuelto. Y saltó un sobrero de Torrestrella de
pinta muy particular. Por sardo lo dieron los veterinarios. Entre sardo -mínimos los
parches negros- y castaño berrendo y capirote. Pese a tanto brillo, no fue toro bello.
Tampoco feo. Salió buscando puertas -ya había sido sobrero el miércoles, lo acusaría-,
cobró un volatín completo y a pulso, encajados los pitones en la arena. No se
descompuso, pero no llegó a componerse tampoco. No descolgó ni en una sola baza, se
soltaba de engaño. Roca Rey se puso y lo esperó. Vano intento. Ya era de noche. Un
pinchazo hondo. Y un puntillero revolcado en la agonía final.
Última actualización en Sábado, 14 de Abril de 2018 12:24