TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Cuaderno de Bítacora de Barquerito: "Trenes, un monte, dunas, Jean Cau, una huelga"

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CdBitácora. 5 de abril 2018. Figueras

El vagón 18 del París-Barcelona venía a reventar. No bajó en Nimes casi nadie. Trenes de Alta Velocidad y dos pisos. El pasillo del piso de arriba estaba atestado de maletas enormes. Intransitable. Una señora con un perro, una familia de moritos con dos o tres niños que no paraban, una madre joven con una niña llorona, dos alemanas con cara de susto y, detrás de mi asiento 118, una indignadísima señora italiana que viajaba hacia Toulouse y tenía que hacer transbordo en Narbona. Echaba las muelas. La huelga salvaje le había obligado a pasar en Toulon dos noches. Era de familia militar. En los trenes franceses se habla quedito. Pero esta señora protestante quebró la norma. “Lo sciopero…!” La greve, la huelga.

En Le Monde, que patrocina sin demasiada pasión la postura radical de los cheminots, pero la patrocina, he leído con calma unas cuantas cosas. Me ha parecido de interés la teoría de que la política de Alta Velocidad es ruinosa, un timo -es decir, una inversión privada a costa del Erario-, destruye población y servicios, acarrea destrozos de la vida rural y protege los intereses de las empresas del motor, a los fabricantes de coches y camiones, a los inversores en autovías y autopistas sin riesgo posible. Le Monde ha dedicado uno de sus números extraordinarios a Karl Marx. Puede que tuviera razón. Marx, que viajó en tren casi tanto como yo. Trenes de vapor.

 

Cuando se bajó la furibunda italiana, se instalaron tres portugueses -hembra y dos varones- y un señor de más o menos mi edad. Venía a Figueras a operarse, contó. Se había quedado colgado en Narbona desde el lunes. No sabía si iban a poder operarlo porque la cita era el martes. ¿Y? Hace un ratito lo he visto en la barra de un garito donde suelo comer anchoas de paso para Arles. Y no tenía cara de operarse.

Me han contado que estos días la vigilancia en los trenes que cruzan fronteras es extrema. No ha habido control de pasaportes en todo el recorrido desde Nimes a Perpignan, ni desde Perpignan hasta Figueras. Por eso fue por lo que al comprar el billete hubo que entregar el documento de identidad. Se hace raro ver tanta vigilancia. Los accesos al centro de Arles estaban literalmente tomados desde el Viernes Santo. Y hasta el lunes por la noche. En Nimes no he visto más policía de lo habitual. La ciudad parece segura. Parece.

El tren, incluso con retraso, vuela. Al atravesar las albuferas de Sete parece navegar con el ritmo de un catamarán. El día ha sido glorioso de luz. Todas las playas de dunas al norte de Béziers estaban espléndidas, porque la arena del Mediterráneo en primavera es mucho más luminosa que en verano. Las dunas están sujetas entre empalizadas. Parecen jardines de sílice. Ordenados como las casillas de los crucigramas.

Normalmente, el tren de París a Barcelona, entre Nimes y Perpignan, solo hace paradas en San Roque de Montpellier y Narbona, pero esta mañana se ha detenido en Béziers. La silueta de Béziers, con su catedral majestuosa y en un farallón que vierte al gran canal, es digna de contemplar. Pero lo más hermoso del trayecto es, con diferencia, la estampa del Canigó nevado, la montaña sagrada del catalanismo. No del independentismo. De política, ni una palabra más. Las crestas del Pirineo Oriental son una sucesión de pirámides opacas en cadena. La vertiente septentrional, castigada por vientos resecos. Pero el Canigó, cima mayor de la cuerda, es de otro color. Suele vestirse con un penacho de nubes dormidas. La Cataluña norte es mucho más reposada que la de este otro lado. Tal vez por más rural. No más pobre. Menos retórica. Más lógica. Un paraíso.

De la zona vecina del Ariege era nativo uno de los escritores franceses que mejor han escrito de toros: Jean Cau, que en paz descanse. Olvidado en Francia, preterido o desconocido por ignorancia en España. Fue el hombre de confianza, o secretario, de Jean Paul Sartre, tan famoso en su día. No tanto como Karl Marx. Sartre habría suscrito la huelga de los cheminots con las mismas razones que en un artículo de opinión aduce en Le Monde el último gran líder sindicalista europeo, Bernard Thibault, que era, por cierto, ferroviario. Cheminot. Hay un libro autobiográfico de Sartre, Las palabras (Les mots), que leí de joven y me enseñó a pensar. A pensar un poco.

En el mismo garito donde celebraba feliz su periodo preoperatorio el enfermo imaginario de Narbona estaba festejando un grupo de ferroviarios españoles. Cuatro o cinco, Tuve la impresión de que eran revisores y no maquinistas. O solo uno de ellos. Entre Nimes y Narbona, en el asiento 117, tuve la compañía silenciosa de una joven japonesa que venía leyendo un libro con estampas religiosas y caligrafía propia y, luego, jugando con el teléfono.

La cena, pesada: un platito de sobrasada picante y una copa de Peralada (Cabernet-Sauvignon). Un pedazo de tarta de queso. La del Papeo, que, en la Pujada del Castell, es el garito de moda. Siempre lleno. ¿La sobrasada pasada por el microondas o la tarta de queso? Las dos cosas. La tarta es de morirse. De buena.

 

Última actualización en Martes, 10 de Abril de 2018 21:01