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Se torea como se és. Juan Belmonte

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De CASTELLÓN a VALENCIA, Cuaderno de Bítacora de Barquerito: "Adiós a un Castellón muy cambiado"

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CdBitácora. 10 al 13 de marzo. Castellón-Valencia

Ayer lunes, en Castellón todavía, estuve contemplando el amanecer desde la terraza de la planta novena del Doña Lola, el hotel donde paro. Según el Calendario Zaragozano, que tan preciso se pretende, el sol salía a las seis y media en punto. No era cosa de ponerse a mirar la hora. Me he venido a esta expedición sin despertador. La noche del domingo dejaron de tocar los músicos de la carpa de Crémor, las radios batientes de los mesones del Vino, la Tapa y la Cerveza dejaron de cantar a las seis de la tarde. Serían las seis de la mañana cuando los barrenderos empezaron a sanear la calle de Lucena, la esquina de Pérez Galdós con la vieja estación donde se levanta la monumental escultura de un toro coloso, las sendas del parque Ribalta, el estanque y las marañas, donde se come, cena, bebe y duerme en tardes de feria, y sobre todo en la última.

Lo que más trabajo daba antes -hago recuento de tantos viajes a Castellón en feria- eran los confetis, que se agarraban al suelo de todas las calles por donde discurren las cabalgatas, que son unas cuantas en los siete días y medio de Magdalena. Miles, millones de confetis. Tengo la sensación de que los prohibieron. Ya no tiran ni serpentinas desde los carromatos donde viajan las cuadrillas -las “collas”- bebiendo y no sé si bromeando. Solo caramelos. Hay gente que los recoge del suelo y los guarda.

 

La noche del domingo se celebra la última marcha por el centro y desde el balcón del Ayuntamiento se entona el Magdalena Vítol, que es como el Pobre de mí. Las dos reinas lloran. Y las once, todos a casa. La zona del hotel, centro de tantas tormentas durante la semana toda, se había quedado en calma. Aquí las fiestas se habían acabado antes. Y por eso amaneció tan pronto. Tan pronto y tan despacio.

La terraza del Doña Lola, la de mi habitación, da a tres de los cuatro frentes de la ciudad. No se ve el sur. El panorama norte es precioso. El llamado Desierto de las Palmas, parque protegido, donde la ermita de la Magdalena, es un promontorio que linda con dos sierras de una misma cadena, una sierra litoral, la de Oropesa, más suave, y otra interior, la de les Santes, que cae en pendiente algo abrupta por su vertiente oeste. El Desierto se ilumina como una mancha verde oscura. Los perfiles de las dos sierras que la abrazan tienen la luz propia de los montes casi pelados y cambian de color según la hora del día. Según las nubes y los claros. Y los grados de la rotación.

En el amanecer del lunes la tierra tenía reflejos violáceos. En estas sierras litorales abunda el brezo. El Desierto es macizo matorral. Hay una fuente mágica. La romería del domingo tiene dos destinos: la ermita, con imagen milagrosa, y la fuente, de cuyos caños mana agua gruesa de piedra. El Desierto divide la comarca de La Plana en dos mitades, la Alta, que solo respira por el turismo de playa -Benicàssim, Oropesa, Alcossebre-, y la Baja, donde la industria cerámica y la en tiempos floreciente agricultura naranjera. Doña Lola, la dueña del hotel donde tan bien se ve amanecer, dice que el monocultivo de La Plana Baja es la cerámica y que por la cerámica se abandonó la naranja. En mala hora.

En el viaje de tren de Castellón a Valencia, flanqueado por naranjales y limonares a un lado y otro de las vías entre Almassora y Almenara, ahora son contados los campos labrados y alineados de naranjos tupidos. Bechí, la única villa de la comarca que se quedó fuera del reparto, mantiene la ronda de sus campos de naranjos. Y Almenara, que, en proporción, es la zona de mayor abundancia, la que parece más cuidada. Se han abandonado ó transformado las grandes naves alineadas junto a las estaciones. Las naves de almacenar la fruta. En Villarreal, en Burriana, en Nules. En Castellón capital no queda ni una. Las casas de labor -las masías, las alquerías- sobreviven como ruinas camperas. Las que siguen activas son edificios muy graciosos, las tapias encaladas, fachadas en hastial. ventanales pintados, tejadillos de cerámica azul, cercas de piedra. Y los invitados inefables: los espantapájaros, en peligro de extinción. Son estériles. Los había a cientos. Ya se cuentan por decenas, y esas decenas, con los dedos de una mano, y sobran dedos. Solos, destilan la tristeza propia de la vejez y el olvido.

La química espanta a las aves de paso. Están reformando y restaurando el palomar del parque Ribalta, cercado con alambre, para que no salgan ni entren las palomas lombriceras. El sol fue saliendo como siempre, poquito a poco, pero de repente te estaba estallando en la cara como un foco cegador. Si no hubiera tanta torre de doce, catorce y hasta veinte pisos en el centro mismo de Castellón, desde la terraza del hotel podría verse hasta el Grao, que es el barrio con más gracia del municipio porque es el barrio marinero. Más el Grao que el Puerto, porque el puerto me lo tapa mi propia habitación.

Estuve en el Grao y el Puerto uno de los días de asueto. De los tantos restaurantes buenos del paseo de Buenavista solo han sobrevividos dos: el Santiago y el Juanito. Cerró el Falomir, el Brisamar se pasó al núcleo artificial del Port Azahar y el Nina y Ángelo -y su sucesor, la Posada del Mar (¿o el Mediterráneo...?)- pasaron a mejor vida. Casa Rafael, en la calle Churruca, estaba cerrado por reforma. Un sitio exquisito. Hasta que di con mis huesos en el Taninos de Pepe Sospedra y me dejé seducir por los arroces caldosos. La Tasca del Puerto, antes de llegar a Buenavista, es otro garito memorable. El Hotel Turcosa ha pasado a tener un delicioso aire decadente. Las terrazas de las habitaciones que dan al puerto son buenos avistaderos. Un año viví en el Turquesa. La habitación daba a un pequeño palmeral. El muelle estaba expedito, pasaba un trenecito de carga, las mujeres secaban las redes. Y amanecía de otra manera. Sin el paisaje de Las Palmas.

Ayer, en la placita de Margarita Valldaura, una entrada en recodo de la calle de la Pau, junto a la casa natal de Luis Vives y otra islita de árboles, sentí por primera vez este año el aroma de la flor de azahar, que nunca se olvida. Y esta tarde, al volver de comer de La Utielana, en el tramo entre San Andrés y el antiguo Bristol, lo mismo. Eran los naranjos de Embajador Vich, que fue el hombre de confianza de Carlos V en la corte pontificia. Valenciano noble. O noble valenciano.

 

Última actualización en Miércoles, 14 de Marzo de 2018 21:58