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Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLÓN. Crónica de Barquerito: "Distinguido Varea en el homenaje a Victorino"

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Entregado, formal, serio y templado, el joven matador de Almassora torea muy de verdad y hace méritos para contar en la generación del refresco. Festejo pasado por agua y una victorinada decepcionante

Castellón de la Plana, 10 mar. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 10 de marzo de 2018. Castellón. 5ª y penúltima de feria de La Magdalena. 7.500 almas. Lluvia durante la lidia de los tres primeros, piso pesado y parcheado. Tarde templada. Dos hora y treinta y cinco minutos de función. Se demoró quince minutos el inicio del festejo. Seis toros de Victorino Martin. El Fandi, silencio en los dos. Sebastián Castella, pitos tras tres avisos y silencio tras un aviso. Varea, una oreja y aplausos. Notable Raúl Martí en brega y banderillas.

CINCO AÑOS DESPUÉS volvió a lidiarse una corrida de Victorino en Castellón, que fue una de sus plazas fuertes y, en la década de los 90, escaparate de algunos de sus toros de mejor nota o de corridas completas en el registro fiero de la bravura clásica. Durante dos décadas Victorino ejerció de personaje en Castellón sin proponérselo. Persona muy querida, ganadero admirado, personaje de popularidad particular.

La idea de recuperar los victorinos para el abono de la Magdalena tras un lustro en barbecho fue muy bien recibida. Se entendió como un legítimo homenaje póstumo. La imagen cabal de Victorino apareció en una pancarta de la meseta de toriles en señal de respeto y cariño. Antes de arrancar en serio esta corrida tan sentimental, Pepe Luis Ramírez, emblema y decano de los toreros de Castellón, entregó en la arena a Victorino hijo una talla con la efigie de su padre. Tres areneros testigos cercanos soltaron entonces tres palomas mensajeras con las garras pintadas. Justo en el momento del vuelo de las palomas asomó por un agujero el sol.

 

Pero enseguida empezó a torcerse un poco todo. No todo: con el tercer toro de una corrida demasiado desigual en fondo y forma, y en conjunto deslucida, Varea se entregó con pasión sincera, conmovedora, y sacó de su fondo de novillero muy toreado las joyas de su mejor repertorio: el toreo de capa a la verónica, de soberbio encaje, lineal, espléndido juego de brazos, ajuste y asiento impecables, y un sentido casi radical del temple para torear al natural con rotunda arrogancia. No importaron ni la lluvia ni los charcos ni la listeza primera del toro, que en tablas apretó mucho y solo fuera de las rayas vino descolgado, pero arreando por la mano izquierda. Por la diestra cortó o se puso por delante. Fue el único de los seis con el motor a punto, incluso cuando se puso pegajoso. También cuando el torero de Almassora lo gobernó con pulso del bueno, recio y sutil, y el aire añejo de los que entierran la mandíbula en el pecho, sin teatro, muy de verdad.

Desde sus inicios como novillero sin caballos Varea ha sido torero con muchos seguidores. Cuatro o cinco mil. Estaban todos en la plaza. El ambiente previo de la corrida fue una gran fiesta. Un corro inmenso en las puertas del Doña Lola, que en su día, junto a la vieja estación de ferrocarril, fue el hotel de los toreros y todavía es refugio de los banderilleros del país. Y de Varea, que aquí decidió vestirse para reiniciar su carrera de matador.

Con solo dos años de alternativa Varea ha sido tratado precipitadamente como un juguete roto. Para nada. La prueba, la manera de estar y hacer con ese toro de Victorino, el primero del hierro que Varea mataba en su vida y que hizo buena una vieja leyenda: a los toreros debutantes con victorinos les trae fortuna la ganadería. Casi las dos orejas del toro del estreno. Pero ninguna opción con un sexto destartalado, gazapón y manso de cantar la gallina porque se fue de suerte a los quince viajes y ya no volvió a querer saber nada.

Hubo un cuarto de corrida de embestidas dormiditas y al ralentí, que son también parte del encaste Saltillo, pero se abrió de manos por flojo unas cuantas veces, claudicó y hasta llegó a derrumbarse. El contraste con la garra del toro recién arrastrado, el del éxito de Varea, fue excesivo. El Fandi brindó a Victorino hijo la muerte del toro, que pareció agónico pero no tanto. No se tuvo en cuenta nada. El primero de corrida sacó la guasa propia del victorino de promedio y parte de su estilo: humilló por una mano, pero se revolvió por las dos. Oficio de El Fandi, desarmado cuando se tomó confianzas. Castella vivió una tarde bien amarga. Cuando más agua caía, se atragantó con un cardenito terciado y engatillado, agalgado, más manso que bravo, a la defensiva o espera. Sonaron los tres avisos. Antes del segundo, con el toro sin descubrir y midiendo a los que estaba delante, ya se sintió al torero de Béziers derrotado. El quinto, grandullón, sangrado en dos varas severas, fue toro de mucho frenarse, la cara arriba por sistema, más presencia que celo. Una faena por etapas, largas tiradas sin brillo ni eco.

 

Última actualización en Sábado, 10 de Marzo de 2018 22:27