TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLÓN. CUADERNO DE BÍTACORA DE BARQUERITO: "Chinos churros, churros chinos. Un parque"

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CdB. 6-7 de marzo, 2018. Castellón.

Antes de llegar a la pastelería de Blanch, en la calle (de) Zaragoza y en el chaflán de la Ronda de Mijares, se abre un gran bazar chino. ¿Grande? No es de los mayores que tengo conocidos. Al lado de la plaza de toros, frente al parque, hay otro de parecidas dimensiones. El dueño del bazar de Zaragoza se llama Hong Ming Ji. Sale en la edición del Levante de hoy una entrevista con él. Por eso sé cómo se llama. La dinastía Ming fue un crecer y multiplicarse sin freno. El apellido Ji es en China común. ¿Hong? Ahí me pierdo. Perderse en China, oh… Ahora que estamos descubriendo cuáles son las nuevas raíces del poder, venimos a reparar en la idea de buscarnos y perdernos. Ya es tarde.

Los bazares chinos en las ciudades españolas han conocido épocas mejores. A Ming Ji se le presenta como el hombre que “dirige” el bazar. Dirigir un bazar ¡quién pudiera! Demasiadas horas. El lunes y el domingo pasados, las dos fechas de fiesta mayor en Castellón, con todo el comercio cerrado, estaban abiertos los dos bazares, el de la plaza de toros y el de la ronda. Había de todo. Buscaba un cepillo de calzado y betún, un plato de loza y una taza con mango. Por tres euros y medio lo hice todo. La Generalitat obliga a cobrar la bolsa de plástico. Diez céntimos.

Yo llevaba la mochila que el Levante regala con el periódico en vísperas de la romería hasta el desierto de Las Palmas, donde mal que bien se fundó Castellón un día. Hace nueve siglos o así. No han cambiado tanto las cosas. El señor Ming Ji lleva doce años en Castellón, aquí viven y nacieron sus dos hijos. Han echado raíces. No piensa irse. El negocio funciona. Vende todos los productos propios de las fiestas: el blusón negro campero, las insignias, los imanes, los pañuelos, las cintas, las cañas. Y todo lo que cabe imaginarse en un bazar chino. Las prendas parecen recién salidas de fábrica. Huelen nuevas. La ropa es barata, la gente la gasta sin miedo.

El entrevistador pregunta: “¿En su ciudad natal de China hay fiestas parecidas a la Magdalena?”. Buena pregunta. Y la sorpresa: “Sí, hacen actividades en la calle o hay puestos para tomar tapas”. Ni mención de la pirotecnia, gran aportación de ingenios chinos. En el bazar del parque no se venden petardos. Antes del zumo donde los Blanch, mañana preguntaré donde Ming si los vende. Hay petardos nacionales y no.

Las mascletás de las dos de la tarde son escalofriantes. Estallan muy en las afueras del ensanche norte de la ciudad -más allá de la ermita de Lidón o del estadio de Castalia- pero retumban en el caso viejo, donde el Casino, el Teatro Principal -que es digno de ver, como un viaje al túnel del tiempo- y en el propio parque. La poda implacable de los plátanos de paseo ha dejado sin fronda mayor el jardín, que está dibujado sobre dos triángulos escalenos separados por una senda diagonal enlosada.

El núcleo del parque es el obelisco liberal. En torno a él, un parquecito infantil -columpios, balancines- y esos bancos corridos de piedra, balaustre y cerámica que solo en un jardín tienen ajuste. Es la geometría. No se permite tirar petardos en el estanque del parque, pero los tiran. El edificio de la pérgola -de planta circular y cubierta abovedada- está en uso pero bastante descuidado. Abandono. En la senda diagonal estaban plantados a las cuatro de la tarde unos cincuenta carromatos de los que pasean en ferias las collas o peñas. Uno detrás de otro y en dos filas. Y la gente que va en ellos se pone a comer junto a los setos que abren paso a las marañas, los laberintos románticos, que son uno de tantos logros del jardín.

Antes de leer las palabras prudentes de Ming Ji, una noticia en primera del Levante: Cien mil jubilados de la Comunitat Valenciana cobran menos de 350 euros de pensión. Y otra. No leo el titular, a cinco columnas, pero trata de que el Supremo ha anulado la sentencia que prohibía vender alcohol en la calle a las bodegas del entorno de la plaza de Santa Clara. Donde el Mercado Central y el campanario mayúsculo. Donde para a la hora de comer un gentío.

En una esquina, el puesto del turronero de Catí, uno de los pocos feriantes que han sobrevivido a la crisis famosa. El puesto de algodón americano del parque ha pasado a mejor vida. El churrero sigue en forma. Esta mañana he visto funcionar a Cloti, la churrera de Burriana, entradita en carnes, y me ha dejado maravillado su habilidad para mezclar la masa, darle al manubrio del churrifactor, cortar los churros como si lo hiciera una máquina de precisión, freír el tiempo justo y, en fin, sacarlos a pulso con una espumadera tejida como una tela de araña. Los célebres higos albardados, tan saludables, esperaban una segunda fritura. En el puesto de frutos secos del Mercado Central he visto una caja de higos secos americanos. De América del Norte. Todos, perfectos. Prefiero el higo de Cuenca montaraz. De higos habrá que hablar despacio. O sea, de la salud.