TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLÓN. Crónica de Barquerito: "Arrollador El Juli, fantástico Talavante"

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Con ambición de novillero el uno, en el arranque de su vigésima temporada de alternativa, y el otro, en manos de las musas, la imaginación y el genio. A hombros los dos

Castellón, 9 mar. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 9 de marzo de 2018. Castellón. 4ª de la Feria de La Magdalena. 7.500 almas, casi lleno. Soleado, templado. Dos horas y diez minutos de función. Seis toros de Justo Hernández. Los tres primeros, con el hierro de Garcigrande. Los otros tres, con el de Domingo Hernández. El Juli, dos orejas y una oreja. José María Manzanares, saludos y una oreja. Alejandro Talavante, silencio y dos orejas. Juan José Trujillo prendió al sexto un par soberbio.

La muleta “rastrera”, como decían los clásicos, templado, acoplado desde el primero al último muletazo de una faena bien tramada, El Juli puso la tarde a tono sin esperar a más. Un primer garcigrande acochinadito, colorado y chorreado, gacho y casi brocho. Un lindo bombón, flojito de partida, pero capaz de estrellar contra las tablas y derribar el caballo de José Antonio Barroso, que hacía la puerta. Se abría claramente, se soltaba un poco. En un quite por chicuelinas frontales, de solo medio vuelo y al desdén, El Juli tuvo que reclamarlo desde los medios hasta dos veces y en bazas distintas. La académica larga de remate fue, además de hermosa, medicinal: fijó al toro, que galopó en banderillas y sacó en la muleta el son bueno de los garcigrandes dulces.

 

El primer toro de la temporada en que celebra sus veinte años de alternativa se lo brindó El Juli al público desde los medios, y en los medios fue casi entera una faena abierta con sabroso toreo andado o al paso, puesta en gobierno enseguida con dos tandas en redondo de mano baja -una de ellas, abierta con molinete-, de aire virtuoso en una serie clásica al natural muy despaciosa y, en fin, abrochada con un surtido de malabarismos: toreo cambiado y muletazos cobrados con la vuelta del engaño y no con su haz, una tanda rematada con el natural de despedida, otra de circulares empalmados y ensartados en una cinta sinfín. La faena se vivió con calor creciente, Nada de la frialdad obligada del primer toro de la corrida que sea. Sino todo lo contrario. Una estocada fulminante. Sin puntilla el toro, que se arrastró sin las orejas.

Lo que siguió luego no tuvo mayor historia. El segundo garcigrande galopó de salida, pero intentó saltar las tablas y las barbeó antes de emplearse en un certero y medido puyazo cobrado por Paco María en alarde de buena monta. Del trance salió el toro con la lengua fuera pero espabilado, tal vez dolido, un punto brusco. Hasta que dio en encogerse y casi afligirse. Manzanares se entretuvo en trasteo largo, plano y deslavazado. El tercero de los solo tres garcigrandes del reparto se lesionó en un volatín completo después de picado y no dejó de claudicar, echar los bofes y perder las manos. Talavante, severo pero gracioso en el saludo de capa a pies juntos, tuvo la feliz idea de abreviar.

La segunda mitad de corrida -tres toros del difunto Domingo Hernández- fue mejor que la primera. Cualquiera de esos otros tres, apenas sangrados en varas, y más enteros y mayores, tuvo más plaza, cara y volumen que los jugados por delante. El sexto, además, dolido y revirado en banderillas, sacó bélico aire y, aunque al cabo de apenas dos docenas de muletazos buscara las tablas, le dio a una faena de gran calibre de Talavante un rigor, un peso y una categoría muy particulares. El Juli se había desatado y casi desparramado con el cuarto de la tarde. En versión de novillero hambriento de gloria: de rodillas los diez primeros muletazos de dos rebeldes tandas a suerte cargada, al ataque y casi en tromba en terrenos y distancias donde el toro, algo andarín, no pudiera ni defenderse ni esconderse. Sin pausas la faena, a todo trapo, pero sin el sosiego ni el asiento de la primera. Media estocada arriba. Manzanares tardó en acoplarse con el quinto, casi 600 kilos de toro, pero lo hizo al cabo. El apoyo de los solos de trompeta del Nerva famoso contó.

Con lo que nadie contaba era con que a última hora fuera Talavante a darle la vuelta entera a la corrida y a convertirse en su mayor protagonista. Tres largos lances a una mano en el recibo, tan raros de ver, pieza casi exótica del repertorio; verónicas de mucho vuelo y, de puntillas, la figura bien encajada; un gran remate soltándose de nuevo a una mano Talavante. A toro crudo prendió Trujillo un par monumental de banderillas, el que cerraba tercio. De él salió andando como los clásicos. No clásico, tampoco del todo heterodoxo, Talavante se pegó con el toro una fiesta irresistible. En los medios, intercalando dentro de una misma tanda suertes distintas -la arrucina menos vertical o inclinada que otras veces, más suelta, menos temeraria, cosida con naturales cobrados con los vuelos, por delante y hasta el final, los de pecho en onda hasta la hombrera contraria- y gobernando Talavante todos los viajes del toro. Todos vivos, entregados y humillados. La continuidad, puro ritmo, fue clave en el poder embaucador de esa feliz y breve faena, cumplida a golpes de inspiración y de sorpresa. Solo sobró un último intento con el toro ya en tablas. La estocada fue de las de no te escapas. Gran triunfo.

 

Última actualización en Viernes, 09 de Marzo de 2018 21:09