TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLÓN. Crónica de Barquerito: "Una hermosa faena de Perera"

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El torero de la Puebla del Prior se templa, esmera y deja ir con el toro de mejor son de una corrida de cuatro hierros distintos y solo un encaste común, el de Jandilla

Castellón, 8 mar. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 8 de marzo de 2018. Castellón de la Plana. 3ª de feria de La Magdalena. 3.500 almas. Soleado, fresco. Los dos últimos toros, con luz artificial. Dos horas y media de función.

Cuatro toros de la familia Matilla, que se jugaron por delante, y dos de José Luis Marca que cerraron festejo. Los toros de Matilla, de los tres hierros de la casa: Peña de Francia -1º y 3º-, Olga Jiménez -2º- y Hermanos García Jiménez, que hizo tercero. Juan José Padilla, vuelta al ruedo y una oreja. Juan Bautista, saludos en los dos. Miguel Ángel Perera, una oreja y ovación.

EL PRIMERO DE LOS veinticuatro toros en puntas programados en Magdalena dio en báscula 640 kilos. Una mole colosal. Vendría de reata de nota. Pudo con el peso mejor de lo imaginado y, aunque tardo, fue toro suavón, pastueñote, mansito. Se llamaba Carcelero, llevaba el hierro de Peña de Francia y, como el resto de la corrida, corrida de cuatro hierros, era de procedencia Jandilla. Una corrida sin mayor relevancia, de no ser por la manifiesta desigualdad de trazo y hechuras de los cuatro toros primeros del sorteo, de los tres hierros de la familia Matilla, y por lo diverso, a su vez, del aire y la pinta de los dos toros de José Luis Marca que completaron sexteto.

 

Más en el tipo jandilla clásico los dos de Marca. El quinto, corto de manos, enmorrillado, poderoso pecho, fue el mejor rematado de la corrida, pero duró un suspiro: diez muletazos. Al undécimo tomó engaño regañando, tropezándose, sin la menor gana. El sexto, castaño, tan corto de manos como el quinto, fue el de peor son de todos: rebrincado, bruto, distraído, no llegó a meter la cara en regla ni una sola vez. Viajes moruchones. Pero como las paradojas también son taurinas, ese sexto de tan pobre prestación y tan mala nota se llevó puesto el puyazo de la tarde. El mérito del puyazo fue del veterano y siempre certero picador extremeño Ignacio Rodríguez, que se agarró arriba en el único arreón del toro al caballo y supo sujetarlo con impecable destreza.

Perera le había hecho la faena de la tarde al tercero, del hierro de los hermanos García Jiménez, el de mejor son de los seis. Un toro burraco, zancudo y estrecho, largo, ligeramente ensillado. La imagen de la mole de 650 kilos estaba viva cuando asomó pizpireto y con pies ligeros ese tercero, que, con sus dos cuernos reglamentarios, era, sin embargo, menos ofensivo que cualquier otro. Fue, por eso, protestado de salida. Y más cuando se escupió de un puyazo único y mínimo. Perera se encargó de darle la medicina adecuada. Tras una linda tanda de tanteo por abajo, templada y bien tirada, vino una primera en redondo de caro dominio y rica ligazón. Y entonces pareció el toro otra cosa. Faena, por tanto, de las que rompen sin demora ni ventajas. La gente se sintió cautiva. Perfecto el trazo de los muletazos encadenados, muy sutil el encaje, soberbios los remates de pecho.

Perera dueño del toro, que tuvo en la mano desde el principio y con una autoridad nada común. El gesto severo tan propiamente suyo, pero seriedad risueña en este caso al sentir el torero el vuelco del público con tan solo media docena de rigurosos muletazos. Y el vuelco del toro. La faena, que tuvo final trepidante -Perera entre pitones, lazos en terreno imposible, cambios de mano, firmeza absoluta-, vivió entre las tres primeras tandas y ese broche espectacular un ligero bache plano. Tiempo muerto. La cosa pareció enfriarse. Hasta que Perera volvió a encender el fuego sagrado de la tauromaquia ojedista que conoce e interpreta con seguridad y suficiencia. Una estocada. Aplaudieron en el arrastre a ese toro tan bien manejado. No se sabe si para premiar el manejo del toro o su fondo. O las dos cosas.

El primero del lote de Juan Bautista, abierto de cuerna, el más en lo de Jandilla de los cuatro de Matilla, remató de salida, cobró una vara dura de Alberto Sandoval y rodó rotito a los diez viajes. Buen aire al tomar engaño por la mano derecha, y Juan Bautista lo pasó con buen compás, armoniosamente, pero toro rebrincado por la zurda. Después de rebrincarse, plegó velas el toro. La faena, bien planteada, perdió vuelo. La espada infalible de Juan Bautista solo entró entera al segundo viaje en una reunión al encuentro o en dos tiempos. Casi idéntica muerte tuvo el quinto, el bello y hondo toro de Marca que se vino abajo de repente.

Padilla se pegó un baño de masas y casi agotó su repertorio habitual: largas cambiadas de rodillas en el saludo en tablas -hasta cuatro le pegó al cuarto-, aparente arrebato, excelente forma física, muletazos sueltos, tandas desiguales y espaciadas, pausas y cortes, un diálogo mudo pero no sordo con los tendidos, un desplante frontal de rodillas cuando la faena al manejable cuarto se había ido de tiempo y brillo, dos estocadas de efecto fulminante, dos vueltas al ruedo no del todo apoteósicas pero sí muy celebradas. Y la bandera pirata. La patente de corso.

 

Última actualización en Viernes, 09 de Marzo de 2018 21:10