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Se torea como se és. Juan Belmonte

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CASTELLÓN. CUADERNO DE BÍTACORA DE BARQUERITO: "Recorriendo la ciudad"

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5 de marzo, 2018. Castellón.

Pareció esta mañana que rompía en Castellón la primavera. El cálido sol de Levante, casi veinte grados, el abrigo en el antebrazo, los suelos secos después de los aguaceros del domingo, los verdes pulidos de los arriates del parque de Ribalta. Pero estarían escondidos los gorriones y saciadas las palomas voraces. Ni un trino ni un vuelo. Mala señal. La calma que precede a la tormenta.

A mediodía empezó a cubrirse de manto cárdeno el cielo. Y ya no volvió a verse el sol en todo el día. Compré en el kiosco de Jaime I el último ejemplar de Verde Teruel -mensual, de interés muy relativo, nada que ver con las lecciones de geografía de los temas aragoneses de la editorial Prames- y me di de bruces con la Cabalgata infantil, versión diluidísima de la otra cabalgata, la del Pregón, que abre las fiestas. O las abría: a las cuatro de la tarde la cabalgata -latosa, pretenciosa, de cartón piedra y guardarropía- empezó a cumplir su ruta por uno de los perímetros del casco antiguo de Castellón.

 

En puridad no puede hablarse de casco antiguo, porque no hay más testimonio notable que el de un campanario hexagonal, la Torre del Fadrí, de traza toscana con un goterón morisco. Es el edificio mejor de la ciudad vieja. Y no tan vieja. De todas las capitales del Reino de Valencia y la Corona de Aragón y sus colonias, Castellón es la única fundada en el siglo XIII. Son bastante más antiguas todas las demás de la trama: Barcelona, Montpellier, Perpignan, Palma, Tortosa, Lérida, Gerona y la imperial Tarraco, que es, con Palma y su bahía, la única de todas esas ciudades abierta al mar. El rastro antiguo de Castellón remonta a las cuevas y a las culturas rupestres. En la oficina de turismo, junto al campanario del Fadrí, he recogido una guía novedosa  sobre el “Castellón Arqueológico. Vuelta a los orígenes”, con visitas virtuales guiadas. Tendrá su interés. ¿Las cuevas del Maestrazgo o el mar de los corsarios? En la oficina no hay ofertas de viajes a las Islas Columbretes, paisaje y sistema protegidos. Para que no vaya nadie a tirar al mar basura.

Por promedio de altura, Castellón es una de las cinco primeras provincias españolas. La Plana es solo una comarca menor. Sí, en la vía férrea de Valencia a Tarragona no hay un solo túnel. Los trenes llaneros corren paralelos al mar. Ni siquiera en Sagunto -ciudad atalaya- se pasa túnel. Los viejos almacenes de naranja han ido desapareciendo. Eran parte del encanto tan difícil de esta tierra. La economía parece salir del bache de casi una década. Los palets de las fábricas de cerámica han vuelto a su ser. Se les ve recientes y a la espera de carga.

He leído que Egipto, adonde se exporta una cantidad sustancial, ha decidido castigar con graves aranceles aduaneros las exportaciones de cerámica de Castellón. La cerámica era aquí el petróleo. Al crecer la cerámica, que fue una fiebre del oro, los labradores empezaron a vender la tierra y a cambiar los naranjos por dinero. Es la ley de la economía colonial, Las naranjas buenas se exportan. No a Egipto. La que se consume en Castellón capital es demasiado ácida.

En la panadería de Blanch, al final de la calle de Zaragoza, tengo costumbre de tomarme por las mañanas un zumo tan bien exprimido que parte de la pulpa pasa el filtro del colador. La señora Blanch, panadera de toda la vida, me dice: “Revuelva, revuelva bien. Con la cucharilla de mango largo”. Para no dejarme lo mejor de las naranjas, que es la carne y no la sangre. El logotipo de la tahona de los Blanch es muy gracioso: una espiga colorada sobre fondo blanco, El nombre de Blanch es de caligrafía itálica, inclinada, sencilla. Todo lo que se ofrece en el mostrador es casero: los panes varios, los dulces. El mostrador, impecablemente limpio, es pequeño. El zumo de naranja se sirve en los llamados vasos de horchata, de borde campaniforme y pie reforzado de doble cristal. En la calle de Zaragoza, que une el parque con la avenida de ronda -la del rey Jaime-, sobrevive el comercio pequeño. Un milagro. La propia tahona de Blanch frente a las franquicias del pan industrial, que son legión. La sombrerería de Fenollosa, en uno de cuyos dos escaparates se mostraba un traje de luces de Sedano Vázquez, el novillero de Alcora que tan bien estuvo el domingo de Magdalena. El encargado del Mesón Navarro de la calle Sanchis Albella me ha preguntado luego que si era para tanto la puerta grande y yo le he dicho que sí. Al lado del traje de luces, un mantón de Manila, un sombrero cordobés de felpa roja -propio de mujeres-, otro sombrero rondeño de ala corta y borla de terciopelo y un par de claveles no sé si frescos o del bazar chino de la esquina primera de Zaragoza y la ronda de Mijares. Los escaparates de sombrerería son hijos de su tiempo. En invierno, las gorras camperas y los Stetson americanos. En primavera, gorra ligera. Los sombreros circunstanciales.

En las carrozas de la cabalgata, arrastradas por tractores, los niños, con indumentaria campesina, van tirando caramelos, pero como si los fueran contando. Pasan carrozas de cristianos guerreros con cotas de malla, de aguerridos moros con casco de plumas, y además, una de judíos con sus candelabros y sus libros sagrados. Y un ejército de templarios. Y, en fin, una representación nutridísima de la Casa de Aragón, porque, mucho antes de que los rumanos se convirtieran en mayoría emigrante e integrada, fueron los aragoneses de Teruel quienes repoblaron la capital.

Capital devastada por los estragos de unas cuantas guerras civiles. En memoria de la última se levantó en el frente oriental del parque Ribalta una monumental cruz de piedra que desvirtúa el perfil del parque. Una de las muchas cruces de caídos en la guerra de España que empezaron  a desaparecer del mapa en su día. Esta del Ribalta ha sobrevivido no se sabe cómo. Pero tiene las horas contadas, según leo en la edición de Levante-Castellón de esta mañana. Dentro de seis meses, el parque recuperará su fisonomía original: una acequia y un seto de bojes. Yo aprovecharía para buscarle a la churrería ambulante de los hermanos Domingo un emplazamiento cerca de la Farola pero no en la boca del parque, donde lleva asentada muchos años. El aroma del aceite de fritura es particular. La Farola, modernista, es tan eje de Castellón como pueda serlo el campanario renacentista de la plaza mayor. La calle de Zaragoza une en realidad esos dos ejes. El Parque, la joya mayor de la ciudad, fue un cementerio. Lo pienso cada mañana cuando camino hasta el quiosco de prensa y paso junto a obelisco. Adiós, señores liberales, adiós.

A las 8 era un día de invierno en este mismo lugar. Cuando la Cuaresma se adelanta, suele pasar.


Última actualización en Viernes, 09 de Marzo de 2018 21:08