TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Cumbre de Perera"

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Tarde redonda del torero de la Puebla del Prior

Dos faenas de extraordinario fondo, de resolución e inteligencia sobresalientes con dos toros muy distinguidos de Lorenzo Fraile

Dos orejas que pudieron ser las cuatro

A hombros, un clamor.

Madrid, 30 sep. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 30 de septiembre de 2017. Madrid. 6ª de la feria de Otoño. Veraniego, las banderas a plomo. 21.000 almas. Dos horas y media de función. Cinco toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo y José Juan Fraile) y un sobrero -3º bis- de Santiago Domecq. Miguel Ángel Perera, oreja tras un aviso y oreja. Juan del Álamo, silencio y silencio tras aviso. López Simón, silencio tras aviso en los dos. Brega notable de Javier Ambel con el primero y Domingo Siro con el sexto. Pares brillantes del propio Ambel, Curro Javier, Guillermo Barbero y Jesús Arruga. Buen papel de Javier Gómez Pascual –segundos pares, puntilla, quites y cortes- como tercero.

TODO LO QUE HIZO Miguel Ángel Perera con cada uno de sus toros tuvo sentido, carácter y acierto. Ni un capotazo de más, aunque sorprendiera, de partida, su empeño personal por fijar al primero de los seis toros del Puerto, mole de 600 kilos que había asomado dormido, al paso y oliscando. En su busca se fue Perera para desperezarlo y entenderse con él desde el primer lance de mera brega, primero de una serie de seis. En ellos sorprendió la elasticidad del toro, que se soltó del sexto. Y volvió a soltarse de otro sexto de todavía una segunda tanda de manos bajas que no violentó sino que pareció ahormar al toro, la cara arriba en dos varas y suelto de las dos. Juan del Álamo quitó por chicuelinas, tres, y dos medias bien tiradas. En lo que fue inequívoca declaración de intenciones, Perera replicó con un logrado, redondo quite mixto por chicuelinas y tafalleras, y media de remate. Lidió en banderillas con categoría Javier Ambel, y Curro Javier y Barbero prendieron tres pares sencillos peor brillantes.

 

Mientras brindaba Perera desde el platillo al público, el toro se había ido hasta casi la puerta de toriles. Querencia desconcertante que iba a tener segunda parte a final de faena, una faena de impecable gobierno, tan rotunda como sutil, exhibición del que Pedro Capea ha llamado toreo de trazo largo, pero también delicada y precisa versión del toreo encajado, enroscado, templado, suave y mandón. Juncal la figura, ligeramente abierto el compás, Perera se dejó ver en los medios después de sacar al tercio al toro que se le había perdido en pleno brindis. En los medios fueron tres primeras tandas en redondo, abundantes, ligadas sin trampa ni cartón, abrochadas las tres con ampulosos pases de pecho, el segundo de ellos cosido a un previo cambio de mano.

A la ligazón y la firmeza con que rompió desde el primer golpe la faena vino a sumarse, en el primer tiento con la mano izquierda, una despaciosidad espléndida, a toro traído y enganchado en el vuelo de la flámula. Dos tandas soberbias. Tras ellas, una pequeña pausa. Se sintió el runrún de las tardes grandes de Madrid. Al volver al toro, Perera se adornó con un ovillo de doble rizo. Puro virtuosismo, solo que en el remate del segundo rizo perdió pie, cayó en la cara del toro, rodó para evitar ser presa, llegó a punto al quite su gente y, todavía con la muleta en la mano, puesto en pie, Perera remató la serie con un desplante. Tras el percance se puso andarín el toro, y más en rayas y a favor de querencia. Costó cuadrarlo. Laboriosa la igualada, una estocada trasera, el toro en huida imprevista, un aviso, dos descabellos. Iban a haber sido dos orejas. Solo una.

La faena y el toro, tan original, y tan noble, aplaudido en el arrastre, dejaron marcada la primera parte de corrida. Acalambrado o lesionado de tendones, el segundo del Puerto, siempre abierto de manos, rebañó, se revolvió y buscó, y Juan del Álamo, que lo había castigado demasiado en el arranque, solo pudo quitárselo de en medio. El tercero fue devuelto por cojo y López Simón no llegó a acoplarse con un sobrero cinqueño y badanudo de Santiago Domecq con las fuerzas y las ganas justas, apagado demasiado pronto.

La segunda de las dos faenas de Perera con el toro más astifino de la corrida fue de nivel y carga semejantes a los de la primera, pero con una estrategia del todo distinta. Distinto fue el toro, abanto, corretón, frenado y suelto de salida. Perera y su gente lo dejaron correr –vieja costumbre en desuso con los toros atanasios-, la cuadrilla volvió a dar ejemplo de su eficacia y, para sorpresa de todos, Perera volvió a brindar al público. Después del brindis, la apertura de alarde tan suya: dos cambiados por la espalda, de ajuste mayúsculo y encarecidos por las puntas del toro, que vino de largo galopando, y la coda de una madeja tramada en una baldosa y con la gota preciosa de dos trincherillas de cartel.

Eso fue proemio de un trabajo de supino y desenfadado aliento, pues, sintiendo tal vez que el toro respondería pero sin la entrega ni el poder del primero, Perera optó por el toreo en distancia, distancias aparatosas, para abrir tandas a veinte metros o más, aguantar firme la primera reunión dando siempre el medio pecho y ligar cinco, seis series sin un solo enganchón ni pasó atrás, deleitándose Perera en los cambiado en semicírculo y teniendo el toro en la mano en todas las bazas. Incluso cuando el toro trató de seguir al pasito la estela del torero, y Perera le consintió como si fueran de paseo juntos. El final, breve, fue de traca, pues hubo que ir a buscar de nuevo al toro, que se soltaba, y fijarlo. En la suerte contraria un pinchazo, y una estocada  soltando el engaño, que fue letal. Y a hombros por la puerta grande. No había otra manera de coronar una tarde tan redonda. A nadie ha engañado nunca el toreo de Perera, Ni fingimientos ni concesiones ni renuncios. Solo que hacía tiempo que no se le veía en Madrid torear tan a modo dos toros del Puerto y del encaste Lisardo.

El efecto de la segunda faena fue el mismo que el de la primera. Estimulante pero devastador. Juan del Álamo se precipitó al irse sin pruebas a la distancia con un quinto monumental de 640 kilos que se movió como si pesara apenas 500 y se atragantó al ponerse por la difícil mano izquierda. Mató de gran estocada. Con López Simón estuvo muy entregada una parte del público que jaleó y subrayó con el mismo fervor los altos y los bajos, la lógica y los caprichos de una faena en tobogán con un toro deslumbrado que, después de haberse pasado los dos primeros tercios buscando puertas, se empleó en los medios con notable estilo. Una caja de sorpresas la corrida del Puerto.

Postdata para los íntimos.- El zoológico de San Diego es famoso, entre otras cosas, por su idea de recrear una zona de pingüinos como si fuera un paisaje de la Antártida. Aunque contemples la escena desde una cristalera tan monumental, llegas con la mirada a la bóveda celeste y hasta te invade una sensación de frío polar en pleno verano de California. Mientras mataba el hambre en casa antes de venir a ver a Perera comerse el mundo, escuché a José Ignacio Pardo de Santayana en uno de los más felices microespacios de Radio 5 evocar la historia del zoo, que visitó hace treinta años pero recordaba como si fuera ayer. Me ha divertido muchísimo una larga disquisición sobre las diferentes familias de pingüinos que pueblan la Tierra. Los hay hasta enanos. Como gorriones. Pero son pingüinos. Y andan de otra manera.

El postre de la historia que contaba Pardo de Santayana ha sido todavía mejor que el discurso de los pingüinos. En el viaje de vuelta a España de aquel entonces cuenta que compró en el aeropuerto de San Francisco un tarrito con semillas de secuoya, que se vendían en las tiendas de souvenirs por un dólar. Un dólar el tarro y no la semilla. Pardo las sembró en el parque de Cabárceno y una de ellas prosperó. Treinta años después, el diámetro del tronco de la secuoya no lo abrazan ni dos hombres de talla con los brazos. Lo que supone una envergadura de no menos de siete metros. La historia de la semilla parece una parábola bíblica y evangélica, ¿no?.Trata de la fe. Y de un árbol, del cual nos hemos bajado todos alguna vez. No fue posible volver al Edén.

 

Última actualización en Sábado, 30 de Septiembre de 2017 21:15