TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Versión bélica de Paco Ureña"

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Una faena a sangre y fuego con un áspero toro de Cuvillo importa más que otra sencilla y ligera con un cuvillo de carril

Discreta confirmación de Luis David Adame

Tres toros notables

Espeso Castella.

Madrid, 29 sep. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 29 de septiembre de 2017. Madrid. 5ª de la feria de Otoño. Veraniego. 17.000 almas. Dos horas y cinco minutos de función. Seis toros de Núñez del Cuvillo. Sebastián Castella, silencio tras aviso en los dos. Paco Ureña, que sustituyó a Antonio Ferrera, oreja tras aviso y saludos tras aviso. Luis David Adame, que confirmó la alternativa, silencio y ovación. Pedro Iturralde se agarró a modo con el quinto en dos puyazos difíciles. Manuel Bernal y Óscar Bernal picaron perfecto a primero y sexto. Notables pares de Rafael Viotti, Vicente Herrera, Miguel Martin y Fernando Sánchez.

La tercera corrida que Cuvillo lidiaba en Madrid este año fue distinta de las dos primeras y, en prueba de ganadería larga, surtida y diversa, en tipo pero abierta en distintas líneas. Un toro de carril, tercero de la tarde, con las hechuras distintivas del juampedro artista, ligeramente acarnerado, papadita y pechuga. El toro de Sevilla.  Irresistible docilidad.

 

Un sexto de generosa culata, cornidelantero, muy bien rematado, de excelente son. Con más chispa que el tercero. Más encendido, pero de pareja nobleza. Un primero descarado, corto de manos, enmorrillado, pulido en dos puyazos que cobró echando la cara arriba pero peleando y de buen aire en la muleta. El único aplaudido en el arrastre. No el tercero, para el que sonaron incluso algunos pitos. Tampoco el sexto.

Un segundo burraco y escapulado menos toro que los demás. Menos cara, menos gana, menos plaza. Conducta irrelevante. Un cuarto de línea Osborne –el tronco cilíndrico- que flojeó de partida, se despabiló en banderillas y se movió luego. Más que manejable. Y un quinto harina de otro costal. Rabón, zancudo, blando en varas –dos puyazos soberbios de Pedro Iturralde, a caballo levantado el primero de los dos-, de genio áspero, dolido en banderillas, descompuesto de partida en la muleta, bélico y protestón en la corta distancia.

Estaba anunciado Antonio Ferrera como protagonista de esta corrida y de la feria. No pudo ser. Ferrera convalece todavía de la cornada de hace dos semanas en Albacete. Se eligió para la sustitución a Paco Ureña. Para él fueron los dos toros más dispares del sexteto. El de carril y el de pelea. Con el de carril se empeñó en una faena larga, de retórica expresión y, grave el gesto, teatral por tanto, sembrada de muletazos despatarradisimos de perfil o de frente en tandas de incuestionable firmeza. Una estocada desprendida, resistencia numantina a descabellar, un aviso, dobló el toro, una oreja.

Ureña pareció salir en su segunda baza con el solo propósito de cortar una segunda oreja. Meta, la puerta grande. Tal vez cegado por la idea, se peleó en una faena de combate, más agónica que dramática, sin apenas treguas, donde fuera y como fuera. Ni las embestidas descompuestas del toro en un arranque sin horma previa ni los cabezazos con que el toro respondió a los muletazos enganchados a media altura hicieron a Ureña pararse en barras. Puesto muy encima, Ureña pareció no dueño del toro pero menos vulnerable. Una tanda con la zurda no completa pero bien hilvanada. Cambios de terreno y mano, cara a cara. Sueltos, de nuevo, muletazos despatarrados en trazo de perfil.

No tomaba vuelo la cosa. Hasta que una cogida en terreno minado, una paliza monumental en el suelo de donde salió por su pie Ureña muleta en mano, vino a volcar a la inmensa mayoría. La vuelta a la cara del toro fue como el regreso del guerrero sediento de sangre. No solo la que llevaba en la taleguilla de seda canela. Una estocada a capón soltando el engaño y demasiado baja, un aviso, un descabello. Dejó de sufrir todo el mundo.

De modo que, después de ese suceso, la clara boyantía del sexto toro pareció un remanso de rio y Luis David Adame, que había confirmado alternativa con el toro cornalón que por cara desigualaba la corrida y había sido castigado por el abuso de torearlo tan por y tan para fuera, se encontró de golpe con un clima de bonanza. Animoso, quitó por gaoneras, firmes y ajustadas las cinco del quite, y, sintiendo el cielo abierto, abrió faena de rodillas en la segunda raya. No consintió el toro entonces. Una tanda embraguetada con la zurda de inmediato. Otra rehilada en redondo luego. Y, en fin, muy encima del toro, sin distancia alguna, la opción temeraria de los cambiados por la espalda intercalados, aparatoso el gesto. Se dividieron las opiniones ligeramente. No entró la espada. La ocasión fue única.

Dejado de las musas, espesas las ideas, desgana apenas disimulada, Castella no dio pie con bola con el toro burraco, que pegó taponazos, escarbó y no paró de enganchar la muleta. Una faena maratoniana al cuarto, abierta brillantemente con la antigua fórmula personal  -gavilla de diez muletazos con dos primeros cambiados por la espalda y el toro dejado llegar de lejos- y apagada casi de golpe, sin brújula, reiterativa, terca y plana. La espada que tantos triunfos ha negado a Sebastián en las Ventas entró las dos veces por el hoyo de las agujas.

Postdata para los íntimos.- Hay dos versiones de un solo pasodoble, pero no el mismo aunque los dos lleven el mismo nombre. Parece un trabalenguas. Cielo andaluz. Es la música que suena en el paseíllo de la Monumental Plaza México. La versión primera es una composición de un músico aragonés, Rafael Gascón, que se fue a vivir a México a finales del XIX. La segunda, de otro compositor aragonés, Pascual Marquina, que hizo fortuna en Madrid. Podría tratarse de un plagio camuflado. No sé.
Marc Lavie, que tiene estudiadas tantas y tantas cosas, ya avisó un día para que no se confundieran los dos cielos, cuyo inicio, con una especie de toques de diana, es parecido pero no igual. Las melodías no son tan parecidas como las dianas, pero hay rasgos comunes. El de Marquina, que es muy torero, es el pasodoble preferido de Manzanares, que lo ha hecho tocar en la Maestranza como de encargo muchas tardes. El de Gascón, reconocible en tantas películas mexicanas de asunto taurino, sonó ayer jueves en las Ventas en el arrastre del quinto toro. Sentí que sería un homenaje secreto a Joselito Adame. Se arrastró el toro enseguida, no hubo ni vuelta al ruedo, sacó el presidente el pañuelo y se quedó el pasodoble de Gascón a medias.

He pensado muchas veces en lo hermoso que sería un pasodoble sin bombo. Pedir peras al olmo. O poner el bombo en la última fila. En Vitoria, donde siempre ha habido en toros música de calidad, la percusión se ponía en la retaguardia. La versión más hermosa del Amparito Roca la he escuchado en la plaza de Sevllla un par de veces. Y la del Cielo de Marquina,también. A Fernando Palacios, que fue un brillante director de Radio Clásica y es un musicólogo exquisito, le he escuchado, en su programa El oido atento, grandes elogios de los pasodobles. Y elogio apasionados. De Amparito Roca, por ejemplo. En Cestona se toca el 8 de septiembre todos los años como si fuera el himno de la ciudad. ¡A todas horas! El del bombo, por delante.
Para tambores, Tobarra, provincia de Albacete. En un hotel de Tobarra.durmió Antoñete en vísperas de su tercera reaparición, la de 1986, un sábado de Gloria en Hellín. Por huir de los tambores de la noche de la Vigilia de Pascua en Hellín. Decibelios de Tobarra, cielo estrellado, la noche en vela. Antoñete, Joselito y Marcos Valverde, que tomó la alternativa. ¿Toros de Juan Pedro? Eso solo lo sabe Marc Lavie. Yo estuve, pero solo recuerdo la cara de sueño de Antoñete. No había pegado ojo, se le habían hinchados los párpados.Se hizo, como siempre, teñir el mechón. Mientras se lo teñían, fumaba sin duelo. Es bonita la plaza de Hellín, con su terraza de arcos..     .

 

Última actualización en Viernes, 29 de Septiembre de 2017 20:32