TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Dos notable toros, uno de José Escolar y otro de Ana Romero"

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El ciclo de los Desafíos Ganaderos se cierra con una interesante muestra de dos bravos ejemplares, uno de encaste Saltillo y otro de Santa Coloma. Los dos toros, en el lote de un Luis Bolívar en tarde de desiguales logros

Madrid, 24 sep. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 24 de septiembre de 2017. Madrid. 2ª de la feria de Otoño. 3º y último de los Desafíos Ganaderos. Estival. 12.000 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Tres toros -1º, 3º y 5º- de José Escolar y tres de Ana Romero, jugados de pares. Iván Vicente, saludos tras un aviso y silencio. Luis Bolívar, palmas y vuelta. Alberto Aguilar, silencio tras dos avisos y silencio. Brega modélica con el tercero de Raúl Ruiz, que prendió al quinto, en sustitución de El Jeringa, lesionado por el segundo. Fernando Sánchez puso dos pares de mérito y brillo.

EL ULTIMO CAPÍTULO de los Desafíos ganaderos de septiembre en las Ventas estuvo condicionado por una impropia regla de juego. La regla de delimitar la zona de castigo en varas en contraquerencia –pintadas las rayas de un trapecio graduado con base en la puerta de Madrid, la grande- como si se tratara de una corrida concurso, pero renunciando a la segunda clave de esa clase de corridas: un solo picador y un solo lidiador en pista. Dentro de límites se picaron los seis toros, pero no se graduaron  ni el castigo, preceptivamente de menos a más en las concurso, ni las distancias donde en teoría deben colocarse los toros para irlos midiendo.

La contradicción vino a resolverse por sí sola pero en tercios de varas abusivamente morosos y ni una sola vez graduados. Los seis toros cobraron un total de doce puyazos, dos por cabeza, y casi trece, porque Luis Bolívar pretendió sin éxito que segundo y quinto de corrida tomaran tres. Bolívar, que tanto ha tentado donde Victorino, puso empeño excesivo en colocar casi en los medios para el segundo puyazo a los dos de lote. De Ana Romero el segundo, de José Escolar el quinto. Ese exceso tuvo un punto perturbador. Uno y otro fueron, por cierto, los de mejor nota de esta suerte de concurso enmascarado. Los dos tuvieron por la mano izquierda son del caro.

Muy en Saltillo el de Escolar, el más alto, largo y estrecho de los seis, y una manera de humillar exclusiva de su encaste. Muy en Santa Coloma el de Ana Romero, que no llegó a verse venir en distancia como parecía pedir. Con el de Ana Romero, que en persecución de El Jeringa tras el primer par de banderillas estuvo a punto de saltar la barrera, y lanzó y estrelló al banderillero colombiano contra un burladero de callejón, se cansó en seguida Bolívar, al hilo pero encima, despegado, solo entregado y templado en una tanda última con la izquierda. El toro, precioso cromo, astifino y abierto de palas, fue muy aplaudido de salida y en el arrastre.

El serio quinto de Escolar, el rabo barría la arena, se empleó de verdad en la segunda vara y, siendo toro de más a menos –demasiado larga una faena abierta espectacularmente en distancia, brillantes las tres primeras tandas al natural-, sostuvo el ritmo en una docena larga de suculentas, cadenciosas embestidas. Murió embistiendo, no en arreón, con una estocada por el hoyo de las agujas que lo hizo rodar sin puntilla. Fue el momento de la corrida, porque no hay corrida que no tenga uno.

No solo el segundo, también los otros dos toros de Ana Romero fueron bellísimos. El cuarto, solo 494 kilos de tablilla, cárdeno y caribello, era una pieza de museo. Más grandón el sexto, culata redonda tan de Buendía. El cuarto, pegajoso pero distraído a la vez, andarín y mirón, fue el difícil de los tres aportados al duelo. Por la prontitud y la manera de medir. No dejó pararse a Iván Vicente, que, en cambio, se entendió sencillamente y siempre al toque con el toro de Escolar que abrió la fiesta. Un toro elástico que, la cara alta, midió mucho.

El tercero de sorteo sacó la agilidad felina tan seña de identidad de la ganadería de Escolar.  Más fiero o áspero que agresivo, encogido después de una pobre pelea en varas –blandearse, cabecear, repucharse-, cortó o esperó en banderilla y sin embargo, mutación tan propia de la sangre Saltillo, acabó metiendo la cara por la mano izquierda. Se manejó bien con el toro Alberto Aguilar, que perdió los papeles con la espada. Seis intentos en vano y sin pasar, cuatro descabellos, el cuarto en el platillo. Dos avisos, que pesaron factura luego. No se tuvo en cuenta el empeño de Alberto por acoplarse al noble son casi pajuno del bondadoso sexto, que embistió al trantrán, dulcemente, sin humillar. Los pases de pecho que abrocharon tandas fueron soberbios, francos los viajes siempre. Pero con el ambiente en contra, en Madrid, no puede ser, es imposible.

Postdata para los íntimos.- Ninguno de los puestos de castañas que tengo fichados tiene pinta de abrir ni a corto ni a largo plazo. El de Atocha, que difunde aroma de carbón desde la Glorieta hasta mitad de la cuesta, tiene pinta de casa cerrada. El de Arenal se defenderá con la venta de refrescos. Todavía no han caído las castañas, pero lo harán. Se han convertido en piezas codiciadas y ya sucede que en cuanto asoma el frío del otoño temprano hay familias que se lanzan a los campos del Tiétar como si las castañas fueran setas de colección. Nada que ver una castaña con un hongo. ¿Qué prefieres?  Las dos cosas. ¿Conoces de alguna castaña venenosa? No. ¿Y hongos?
En el mismo punto donde, bajando Atocha, se empezaba a sentir el rastro de la castaña asada en brasa -o las mazorcas de maíz, y los boniatos- se ha abierto ahora un restaurante coreano. Había antes ahí un gallego, creo recordar. Eran poco más de las doce y media, recién pasado el mediodía, pero ya habia muchos coreanos, y coreanas, esperando y haciendo cola. Con cara de hambre. Ese es uno de los miles de detalles que distinguen a coreanos y japoneses, asunto sobre el que me gusta volver. O será que el coreano de Atocha es excelente. ¿Con salsas dulces? ¡Ejem...! El coreano de Bordadores, frente a San Ginés, ocupó hace diez años el lugar de otro gallego retirado. No veo que se llene nunca.En el escaparate se muestran maquetas hiperrrealistas de los platos de la carta. En el japonés de la calle de las Fuentes, tan cercano, hay a diario colas larguísimas para entrar. Porque no hay salsas dulces. Ni maquetas. Ñam, ñam. Los japoneses comen en silencio. Los coreanos, no. Ni haciendo la cola de Atocha callan. Así se esperaba la sopa boba a a puerta de los conventos.