TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Feria de Otoño. Crónica de Barquerito: "Se despiden dos americanos, aterriza un novel madrileño"

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El venezolano Colombo y el mexicano Valadez cumplen en su adiós a Madrid. Gana crédito el debutante Carlos Ochoa. Novillada manejable de juampedro de El Ventorrillo.

Madrid, 27 sep. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 27 de septiembre de 2017. Madrid. 3ª de la feria de Otoño. Novillada con picadores. Templado, 24 grados centígrados. 16.000 almas. Dos horas y cinco minutos de festejo. Seis novillos de El Ventorrillo (Fidel San Román). Jesús Enrique Colombo, aplausos y saludos tras un aviso. Leo Valádez, silencio y silencio tras un aviso. Carlos Ochoa, de Madrid, nuevo en esta plaza, que debutaba con picadores, aplausos en los dos. Brega impecable de Raúl Ruiz con el sexto.

FUE LA DESPEDIDA de Madrid de dos novilleros americanos, el venezolano Jesús Enrique Colombo y el mexicano Leo Valadez, con alternativa anunciada para octubre en Zaragoza. El día 11, Colombo. El 12, Valadez. Era la cuarta comparecencia de Colombo en las Ventas solo en este curso, botín de dos orejas, proclamado triunfador de San Isidro, y la tercera de Valadez en su también tercera, y última, temporada en el escalafón.

Para el uno fue el novillo bombón de la bonita corrida de El Ventorrillo, el primero de los seis. De la colección de peluches de sangre Juan Pedro, codicioso, de franciscana bondad, como los toros con ruedas, es decir, el carretón. Y, luego, un cuarto de lindo cuajo, crudo de varas, temperamental, revoltoso y protestón por la mano izquierda. Con los dos anduvo igual de firme y seguro el novillero de San Cristóbal.

 

Sin terminar de pararse ni acoplarse con el capote. Rotundo y valeroso en banderillas: un espléndido par de poder a poder, otro de dentro afuera pero atacando de frente, otro más muy comprometido cambiado por los adentros, los palos sacados desde abajo en las seis reuniones. Y encajado y tragón en dos faenas de fondo similar pese a tratarse de toros tan distintos. Un bonito arranque de faena con el toro de algodón: una preciosa trincherilla intercalada entre tres primeros con la diestra genuflexos y un cambio de mano cosido con el del desdén. No tuvo el mismo son lo que vino después. Lo que vino se fue enfriando por dos razones. Los cortes, o pausas mal entendidas, de un lado, y, de otro, las embestidas pajunas pero no boyantes del toro. Colombo lo tumbó de un monumental zarpazo y lo hizo rodar sin puntilla.

También la apertura fue el logro mayor de la faena del cuarto, tomado de largo y llevado, de rodillas, en una tanda ligada a las bravas pero desbaratada cuando en el muletazo de remate el toro se revolvió violento por su mano agria. Pero ahí latió toda la emoción que había faltado antes. Sin hilván, castigada por un exceso de afán, el trabajo tuvo asiento y carácter en dos tandas en redondo. Hasta que el toro desarmó a Colombo y le partió en dos el estaquillador. Un pinchazo a capón y una estocada sin puntilla.

Valadez se manejó con soltura con el primero de lote, un galopito de salida, frágiles apoyos tras cobrar un volatín entero, escarbador y claudicante. Una serie con la izquierda muy bien tirada. Temple y ajuste, Un pinchazo y una horrible estocada chalequera soltando engaño. El quinto de corrida no llegó de salida a encelarse en serio, se dolió en banderillas, fue y vino. Una versión trabajadora del novillero de Aguascalientes, que abusó de torear a la voz. Algún muletazo suelto bueno. Y otro terrible espadazo en los bajos. Tras él llegó el toro a darse una vuelta de campana, Y a echarse tras dos pinchazos.

El interés curioso estaba en la novedad. Un novillero de Madrid, Carlos Ochoa, que hace dos años pasó una prueba mayor, la de ganar el Camino hacia las Ventas, el duro concurso de noveles que tiene en toda la Comunidad fieles adictos. Lo apodera un torero prematuramente retirado, Rafael de Julia, que dejó estela de su calidad y sabrá hacerlo madurar y valer. En su segundo año de novillero con picadores, bastante menos rodado que Colombo o Valadez, Ochoa se encontró el público del revés, exigente y castigador. Un exceso. Lo acusó.

Y, sin embargo, la impresión fue buena. Salió a quites en los dos toros de Valadez, recibió a los dos suyos con sendos alardes –larga cambiada de rodillas en tablas en el saludo del tercero, siete lances ligados y una notable media de rodillas en el sexto- y a los dos los muleteó sin preámbulos, a suerte cargada con la mano derecha sin importar que el novillo del estreno se trompicara tanto que no se podía bajársele la mano, ni que el sexto fuera el más astifino de la corrida pero no el más sencillo. Se dejó ver su entereza y adivinar su sentido del temple. También sus cortos recursos con la mano izquierda. Descubierto en un cite en falso y muy por fuera por esa mano, salió cogido, encunado y volteado. Volvió a la cara del toro con raza serena. Decidido con la espada. Crédito sobrado para un debutante.

Postdata para los íntimos.- Me pareció reconocer en el tendido alto del 1, diez filas por debajo de uno de los palcos de Prensa, al sobrino nieto de Curro Romero, que se anunció de novillero como José Ruiz Muñoz. Sin Romero. Con nombre y apelllidos. De paisano cuesta reconocer a la mayoria de toreros nuevos. Pero este tiene un aire al Curro joven. El hilo de la genética no se detiene. La herencia está hecha de saltos atrás y adelante. Curro no fue un torero precoz como piensan muchos de sus partidarios. Tampoco caduco en el momento de romper en lo que ha sido: un torero singular, único. Los genes son lo que son y, como el toreo tiene su impronta biológica -lo que no es técnica, sino mera expresión corporal- en este Ruiz Muñoz se dejó sentir la herencia. Un poquito. No sé si sigue toreando o no. Sufrió una cornada gravísima -Curro tiene en su historial ocho de gravedad, por cierto- y una cornada de las llamadas a destiempo. Cornada de larga y delicada convalecencia. Era frágil. Pero tenía esa gota de don heredado que lo hacía singular a su manera. No único. Tengo vistos unos cuantos novilleros, no sé si cientos -¡sí, cientos!- y este me pareció distinto. Candoroso. Llevar dentro sangre de Romero no es cómodo. La sangre pesa. ¿Y si no era Ruiz Muñoz? Entonces...

 

Última actualización en Jueves, 28 de Septiembre de 2017 11:24