TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BILBAO. Crónica de Barquerito: "Roca Rey cae de pie"

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En manos del torero limeño los dos toros de mejor aire de la corrida de Jandilla

Mejor armada la faena del sexto que la de un precioso tercero jabonero, dos orejas de botín

Impecable firmeza de Perera

Un lote deslucido para El Juli

Bilbao, 22 ago. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 22 de agosto de 2017. Bilbao. 4ª de las Corridas Generales. Templado, bueno. 12.000 almas. Lleno en sombra, calvas en el sol. Dos horas y media de función. Seis toros de Jandilla (Borja Domecq Noguera). El Juli, silencio y saludos tras un aviso. Miguel Ángel Perera, que sustituyó a Morante, saludos y saludos tras aviso. Roca Rey, una oreja y oreja tras un aviso. Javier Ambel le puso al quinto dos espléndidos y aclamados pares, y saludó.

EL CROMO DE LA corrida de Jandilla fue el tercer toro. Lustrosa pinta jabonera clara, bien afiladas las puntas, la cara puesta a modo. Tan bonito y tan bien hecho que, al verlo aparecer, y galopar, la gente rompió a aplaudir. 550 kilos repartidos con pura armonía. Tenía nombre de ave nocturna y rapaz: Otus. El autillo común que canta casi como los grillos. Fue toro de mucha nobleza y entrega. A las dos cosas juntas se les llama, en un toro bravo, el fondo.

El fondo fue, además, una manera templada de tomar engaño. Lindamente por la mano izquierda. No fue el único toro bueno de los seis jandillas, pero era el del estreno en las Corridas Generales del peruano Andrés Roca Rey como matador de alternativa. Estreno que, anunciado hace un año, se vio frustrado entonces por un grave percance en Málaga. Por las dos cosas, por la estampa perlina tan llamativa y por la presencia de Roca Rey en caro cartel, la función tomó entonces visos de acontecimiento.

El primero de corrida, claudicante y frenado, no hizo más que pegar taponazos. El Juli, muy empeñoso, pero no tanto como iba a estarlo después, le bajó las manos en el recibo, esgrimió los viajes punteados con su precisión habitual y, diligente, apuró embestidas muy regañadas. Tuvo interés la manera de sacudirse el toro sin dejarlo tocar engaño. Los pases de castigo previos a la igualada fueron de repertorio antiguo.

El segundo jandilla flojeó de partida, pero metió los riñones encajado en una dura primera vara. Tras una segunda de dosis menor, Roca Rey salió a quitar, Por chicuelinas, tres, y una revolera garbosa. Del toro, que se dolió mucho en banderillas, hizo fortuna Perera en una faena de impecable firmeza y buen gobierno, traído por delante el toro, puro poder. Dos veces ligó Perera el natural con el obligado de pecho –la pureza- y las dos respondió a resorte el eco de la gente. A toro parado o rebrincado, Perera se encajó entre pitones: rizos, bucles, el circular cambiado sin ceder un palmo. La fijeza del toro consintió. Una estocada desprendida tras un pinchazo sin fe.

Y luego fue ese tercero tan de luna llena. Y tan sencillo. Le sacó los brazos Roca Rey en el recibo sin estirarse, tratando de averiguar la velocidad del toro, que salió batido de un puyazo severo pero estuvo fresco en banderillas, alta la cara. En los medios brindó el toro al público Roca y en los medios lo esperó, en cite de largo, para abrir con un alarde habitual en él desde sus días de novillero: el cambiado por la espalda, primer muletazo de una madeja de toreo por alto pero no solo. Se metió la gente en la faena, que no sostuvo el son de ese primer golpe tan de bombo, sino que tuvo sus dientes de sierra, encaje a toro parado, pasos perdidos por sistema en las repeticiones, limpio toreo de brazos y mano baja, listos los toques, el descaro suficiente y, en fin, una tanda ayudada con la izquierda muy bien tirada. Y una estocada hasta el puño entrando en corto y por derecho.

El cuarto jandilla, bizco y abierto, pellejudo, bien armado, se encontró a El Juli con la luz de alerta encendida. Siete, ocho lances de recibo, mandones, variados. Del saludo salió perdiendo las manos y derrotado el toro, que claudicó en varas, cortó en banderillas, y cogió pero sin herirlo a Fernando Pérez, tercero de cuadrilla, al prender el segundo par, y llegó a la muleta con la lengua fuera. Todavía estaba Fernando buscándose el cuerpo cuando El Juli brindó desde el platillo.

Un exceso de fe y confianza, pues el toro, sin fuerza, siempre obligado y sostenido a base de ver solo engaño, no fue ni de pelea ni de emplearse. La resolución de El Juli se tradujo en precipitación cuando el toro se puso a protestar, a cortar viaje y revolverse. Hubo tensión. La banda atacó una pieza más de circo que de toros. Largo el trajín. Tres pinchazos, una estocada y un descabello, Sacaron a Julián a saludar.

Sin la fogosa potencia de previas corridas de Jandilla en Bilbao, ésta dio, además, del bondadoso segundo y del notable tercero, otros dos toros de buen aire. Un quinto que, de más a menos, se dio en la muleta sin pruebas ni reservas, y un sexto de más cuajo que cualquier otro y que embistió a buen compás. El uno resistió una faena de ricas dimensiones de Perera, calado profundo, series de larguísimo trazo y remate en semicírculo, de firmeza conmovedora por lo fácil en apariencia del asiento y por lo caro del ajuste.

Perera abrió con la gavilla de cambiados por la espalda que Roca Rey había dibujado en su primera apertura. Un recado. Roca había quitado capote a la espalda con lances mixtos del repertorio mexicano, que no es novedad en él. Perera no remató con la espada. Sí lo hizo al segundo intento Roca tras una faena de más soltura, apresto, ritmo y gobierno que la primera, sembrada de habilidades, pero marcada por la fuerza de una gran tanda con la izquierda. Así que fue como caer de pie al cabo de un verano de tanto castigo: las cogidas tan severas de Badajoz y Pamplona.

Postdata para los íntimos.- En el fondo de la sala del Monterrey está colgado un cuadro muy luminoso. Un paisaje pintado de Machinbenta, fonda y caserío plantados en un cruce de caminos entre Azpeitia y Beizama. De ahi era el dueño y fundador del Monterrey, que será seguramente la mejor cafetería de la Gran Vía, entre el Banco de Vizcaya y la plaza Circular, frente a la mole del Corte Inglés y la invasiva torre del Banco de Bilbao. Hay terracita. Se come de muerte. De bien.

No he conocido otro sitio tan logrado en tan estrecho espacio. Creo que hace un año o dos o tres, o hasta tres años seguidos, he hablado de cómo se come en el Monterrey -esas cartas de cafeteria de Bilbao que parecen restaurantes de muchos tenedores, y recetas de toda la vida- y de su gente tan cordial y algo del espacio, que es un milagro. La imagen de Machinbenta lo ilumina todo.
He parado en Machinbenta, en el corazoncito de Guipúzcoa, unas cuantas veces, y he catado su caldo y su chorizo cocido de amaiketaco (almuerzo de media mañana) pero no me ciega la pasión de un recuerdo dichoso. Es que la pared mayor forrada de finas maderas sobre un alto zócalo de ébano del Monterrey es como el comedor de un barco inglés de pasajeros, con sus apliques dorados muy relucientes. Las columnas de ébano y de templo hipóstilo con fajas de color propias de la arquitectura egipicia son éxoticas pero elementales. La barra americana es larguísima. Dos curvas la hacen parecer todavía más larga. Los taburetes fijos son muy cómodos. Entra no sé por dónde una dulce claridad. Manteles y servilletas de algodón blanco, copas de burdeos, platos italianos de base, cubiertos de reluciente alpaca, ¡no hay televisión ni hilo musical ! (Viva, viva!), no hay ruido, El tiempo se detuvo en 1970. La vida sigue.
El tramo de Ercilla entre Poza y la plaza Moyúa está sembrado de comercio vivo y dos cafetines mínimos deliciosos. El Legorreta, para desayunar, y el GureBar para el tapeo y el chiquiteo. La calle es peatonal. Los alcorques de falda de cilindro y ladrillo son una gran idea. Para que las raices de las higueras no levanten el pavimento. En la entrada de Moyúa está plantada la estatua del lehendakari José Antonio Aguirre, no sé si a tamaño natural, pero poco más. Es bronce bruñido. Lleva gabardina, un paraguas cerrado en la sobremanga izquierda y un sombrero Stenton. Mira de frente. Y, ay, se encuentra algunos de los edificios más desafortunados del ensanche. En sus recuerdos de Bilbao desde el exilio de México el gran líder socialista Indalecio Prieto, pasión y fervor por Bilbao, ya dijo que los excesos urbanísticos se acabarían comiendo las laderas de los montes que circundan la villa. Cuesta ver monte. Y, en cambio, siempre se cruza en el horizonte alguna torre de búnker o no.
Están arreglando el mercado del Ensache. Por fuera. Por dentro ya estaba. El comercio de comestibles en Colón de Larreategui es una colección de delicatessen. En la esquina con la plaza del Ensanche, una farmacia modernista En el hall del Ercilla huele a jazmín. Hay anuncios de viajes a Lourdes para peregrinos por todo el centro. Yo ya estuve. Y más no digo.