TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BILBAO. Crónica de Barquerito: "Una brillante faena de Escribano"

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El mejor toro de la corrida de Victorino, el quinto, en las manos templadas del torero de Gerena

Muy notable Diego Urdiales, entregado Paco Ureña, uno y otro con toros de más nobleza que fuelle

Una alimaña en primer lugar

En último, un sobrero deslucido de Salvador Domecq

Función interminable de casi tres horas

Barquerito, 23 ago. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 23 de agosto de 2017. Bilbao. 5ª de las Corridas Generales. Encapotado. 7.000 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función. Las cuadrillas hicieron destocadas el paseíllo en señal de duelo por Iván Fandiño. Cinco toros de Victorino Martín y un sobrero -6º bis- de Salvador Domecq. Diego Urdiales, saludos y oreja tras un aviso. Manuel Escribano, saludos tras aviso y oreja. Paco Ureña, una oreja y silencio.

HACÍA AÑOS que no aparecía en una corrida de Victorino un toro alimaña: tobillero, pegajoso, predador, agresivo y buscón. De los de tirarse también al cuello y pretender rebanarlo. Tantos años que se empezaba a dar por especie extinguida. Las alimañas, señal de la ganadería hace dos o tres décadas, tuvieron su público y su fama. Y su torero de cámara, Ruiz Miguel, que fue quien dio con el nombre y, además, quien mejor las toreó. Las alimañas de Victorino. Unas cuantas.

Antes de soltarse el toro, primero de la tarde, sacaron a saludar a Diego Urdiales en recuerdo de sus dos tardes tan brillantes del año pasado en Bilbao. Diego correspondió muy ceremonioso. Hizo salir a Escribano y Ureña para saludar también. Y al fin apareció la alimaña. ¿Bohonero o Buhonero?, engatillado, pura fibra, el trapío preciso y un punto más. Lo recibieron con una gran ovación. Solo que no tardó ni dos lances en declarar su aviesa condición.

Una primera vara de mucho castigo no lo aplacó, pero de ella salió flojeando. Diego brindó al cielo desde el platillo. Iba por Iván Fandiño. Como buena alimaña, una prenda peligrosa el toro, castigado por Urdiales de partida en muletazos de pitón a costado. No fue suficiente. En las dos catas por las dos manos volvió a revolverse, a ponerse por delante y a disparar sin apuntar. Una excelente estocada a capón. Un alivio.

El signo de la corrida cambió radicalmente. Los cuatro toros que siguieron fueron, sin excepción, de llamativa nobleza. El grado de calidades fue en orden creciente: aceptable el segundo, bueno el tercero, mejor el cuarto y excelente el quinto, el mejor de los seis. El sexto, de serias hechuras, ancho de sienes, fue devuelto por claudicar. El sobrero de Salvador Domecq, regordío, colorado en tarde de solo cárdenos y negros entrepelados, pareció, con toda su cara, de los de Walt Disney, se paró casi en seco y no contó.

El segundo, degollado, en el tipo de las genuinas alimañas, fue toro pronto de partida, pero descolgó luego tanto que con el hocico parecía besar la arena. Sin oliscarla, pero las manos presas en ella. Algo mirón, rebrincado cuando forzado, y justo de aliento y motor. Escribano prendió tres pares de banderillas muy celebrados y, perdiendo pasos, toreó muy despacito. Las embestidas al ralentí, como las de ese toro, son engañosas. Algún enganchón por eso. Y una chispa de casta: cuando Escribano pretendió con la espada desplazar dos banderillas delanteras, el toro pegó un arreón de fiero. Un pinchazo, estocada soltando engaño, media y dos descabellos.

La cosa arrancó en serio después. El tercero perdió mucho las manos y estuvo a punto de sentarse dos veces. Lo salvó de la devolución el palco, pues, aunque echó la cara arriba cuando faltó resuello, el toro no volvió a claudicar. Larga la faena de Paco Ureña. Al final de ella, se soltaba el toro. Premioso y moroso el torero de Lorca, pero tan firme y embraguetado como suele. Y descalzo, que es también costumbre. En el trabajo, sentido y prolijo, fueron mayores los logros con la mano izquierda. No fue sencillo hacerlo. Hubo un intento de verónicas revoladas en el recibo, pero se salió del carril el toro. Una estocada sin puntilla.

Los lances de la tarde –verónicas de hermoso compás, el pecho ligeramente arqueado sobre el viaje del toro, la figura compuesta y sueltos los brazos- llevaron la firma de Urdiales y se los llevó al otro barrio ese cuarto toro, brioso antes de picado, que apretó en banderillas y en los medios se acabó entregando hasta casi el último instante. En el penúltimo, tomó el camino de las tablas. Pesaría una faena de aliento y mano baja, de mucho obligar, y mucho templarse también el torero de Arnedo, y el exceso de pausas entre tandas.

Pulcro, primoroso y calmoso Diego, cites con el medio pecho en compostura clásica, una muleta planchadísima pero de fino vuelo. Toreo rimado, es decir, ligado por la mano diestra, no tanto al natural. Y público a favor de obra, absolutamente incondicional. Antes de la igualada, muy premiosa, una buena tanda con la zurda en tablas. Pinchazo, estocada, aviso y oreja. Y una vuelta al ruedo no a cámara lenta sino lentísima. Son plaga. Puro postureo.

A las ocho y pico saltó el toro de la corrida, Mecatero, cárdeno claro, metido en carnes, redondo. A porta gayola Escribano para, tras muchos preparativos, dejarse ver en larga cambiada de rodillas. Galopó el toro, midió el castigo en dos varas Chicharito, Escribano volvió a banderillear con precisión –una temeridad el tercer par cambiado en tablas, muy apurado- y luego vino la que iba a ser faena más completa de todas. No sin exceso de pausas, pero muy de verdad el toreo con las dos manos, en seis tandas muy agradecidas. Algo frágil de salida, pero, cuando se asentó, el toro humilló como los victorinos magos. Toreó muy despacito Escribano. La ebriedad y el afán de quien siente la visita de las musas. Y la fortuna de un toro transparente. Hubo clima de delirio. Una excelente estocada sin puntilla. Se pidió la segunda oreja. Y la pidieron a grito pelado incluso quienes saben que la segunda es potestad del presidente y no se plebiscita. Dos vueltas al ruedo y una bronca al palco, que, suele suceder, se pasó enseguida. Como un acceso de tos. Nada que rascar Ureña con el sobrero de postre. Otra vez descalzo. Se comprará las zapatillas demasiado pequeñas

Postdata para los íntimos.- En el zaguán del Mercado del Ensanche, entre las puertas de cristal y en la zona de abastos, hay dos escaños vizcainos puros. De madera de nogal bien tallada y asiento de anea. Son largos, puede sentar a seis personas por lo menos y tienen brazo de reposo. En general el mueble rural de Vizcaya -y el de Guipúzcoa casi igual- es tan pesado como sobrio. La idea de acordelar el asiento es el huevo de Colón. Parece otro mueble. Me senté mientras esperaba la salida del autobús de Guecho y Aizkorri, en la margen derecha de la ría. En el centro social del Mercado, un espacio precioso -vigas de acero pintadas de blanco, cosidas como cuadernas invertidas  un eje central. amplio tragaluz- y esta mañana vacío. Una escuela de fotografía es la mejor oferta. En el primer piso, la redacción de "Bilbao", un mensual que edita el Ayuntamiento hace más de treinta años. Es el mejor de su género. La contaminación política es mínima. Su cuaderno central de culturas es un gran regalo. Habia montoncitos en consejería. Con uno me senté en el escaño.
A Guecho se llega antes en metro, y un trocito a pie, que en autobús. Pero vale la pena el viaje por superficie. Un euro y cuarenta céntimos. Otro regalo. De salida, el puente de Deusto, desde el que se ven varios más y, más o menos despejada, la cresta de Archanda. Luego, se cruzan Deusto, Sarriko y San Ignacio y al final se pasa a a carretera que va recorriendo el tramo más pobre de la Ría. Luchana, el poligono industrial de Erandio, restos de edificios de construcción Naval, un panorama de grúas, edificios abandonados, restos de chatarra. El caso viejo de Erandio es muy digno. El entorno industrial, triste.
Me bajo en la parada del Puente de Vizcaya -alias el Puente de Portugalete- pero no para cruzas la ría en el transbordador sino para volver al muelle de las Arenas, que ahí mismo empieza y acaba al pie de Algorta.Los edificios de los antiguos balnearios son irreconcocibles. Otros palacios, como Amandrerena o Itsas Mendi, han sufrido tantas intervenciones que si lees las cartelas colocadas en el pretil del paseo, tienes que hacer juego malabares de vista y lectura para imaginar cómo fue el lujo del muelle en los años 20. El palacete de Villa Ariatza, donde se construyó el Hotel Embarcadero, es el mejor reformado. Una maravilla. Ahí he comido, en mesa alta junto a un mirador de tronera desde donde he visto desfilar a contados paseantes y he contemplado las viviendas levantadas en las faldas de los montes de Portugalete y Santurce.
Una buena sopa de pescado alegra el día entero. Y los huevos escalfados sobre un sencillo puré de patatas con trufa. Una torrija guisada no sé cómo con coco y canela, con sorbete de mandarina. Qué gusto el lujito secreto.Día de Bilbao. No te visto el solo en toda la mañana ni en toda la tarde. Volví en el mismo autobús. Me dejaron en la parada penúltima, la del Museo de Bellas Artes. Ya no estaban en el parque de Doña Casilda.