TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

BILBAO. Crónica de Barquerito: "Clásico Urdiales, moderno Roca Rey"

Correo Imprimir PDF

El torero de Arnedo se entiende y templa con el toro de más peso de la semana -600 kilos- y el joven peruano, firme y entregado, llega a la gente con un sexto de bravo son

Bilbao, 26 ago. (COLPISA, Barquerito)

Sábado, 26 de agosto de 2017. Bilbao. 8ª de las Corridas Generales. Nubes y claros, templado. 11.500 almas. Dos horas y media de función. Un minuto de silencio en señal de duelo por la muerte de Dámaso González. Seis toros de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile) Enrique Ponce, saludos en los dos. Diego Urdiales, una oreja y silencio. Roca Rey, silencio y una oreja.

SE CORRIÓ POR LA MAÑANA la noticia de la muerte de Dámaso González, el último torero romántico por ser el último cuajado y forjado en las capeas de los pueblos que llegó a figura del toreo. Muletero largo, poderoso y valiente, creador de un sentido renovado del temple, las distancias y terrenos, torero vocacional y, además de todo, gran hombre de bien, de verdad querido y admirado sin reservas por todos sus colegas y por la torería toda. Al final del paseíllo se guardó un minuto de silencio. Destocadas las cuadrillas, en pie la plaza entera. A la memoria del gran Dámaso brindó Diego Urdiales la muerte del segundo toro de la tarde. Ponce hizo un doble brindis del cuarto: primero, al público, y luego, al cielo. A Dámaso.

 

Desigual de hechuras, abierta de familias, la corrida del Puerto trajo dos toros de soberbio remate, que se llamaban casi igual, Malaguino y Malagueto, segundo y cuarto de sorteo. Para Urdiales y Ponce, respectivamente. El uno superó la barrera de los 600 kilos. El único que lo ha hecho en toda la semana. El otro se plantó en los 560, no estaba tan lleno, era más bajo. El Malaguino fue toro mantecoso, cargadísimo de culata, atacado, un cuello más que sobresaliente, seria pero proporcionada la cara. El Malagueto, que salió con pies, estaba muy astifino pero también recogido.

Si hubo dos y solo dos toros emparentados por la sangre, esos dos fueron. En las contadas ganadería de encaste Atanasio que sobreviven ajenas a la ola Domecq –El Puerto, Valdefresno, Dolores Aguirre-, se respeta la costumbre de preservar las reatas por el nombre. Los dos toros tuvieron bondad. El cuarto, gran fijeza en el caballo. El segundo apretó de salida, cobró un primer puyazo severo y, aunque brusco de partida y en alguna protesta suelta, se fue dando poco a poco y, no siendo sencillo, acabó entregado. El buen trato de Urdiales fue decisivo: ni un tirón, paciencia y sereno encaje cuando el toro tardeó o desparramó la mirada, o cuando tocó tirar de él casi a tenaza porque fue de son no incierto pero sí irregular y un punto reservón. Bien construida una faena de series más cortas que largas, ligadas, todas tramadas con las ideas claras y bello el dibujo de los muletazos empastados que fueron la mayoría. Hubo un recorte a pies juntos espléndido. De rancio toreo casi descatalogado. Una buena estocada.

Al cuarto le hizo Urdiales un quite breve de dos delantales y media. De caro color los tres lances. Después del quite y de dos excelentes lances de brega de Mariano de la Viña, el toro pareció el mejor de lo que se llevaba de corrida. El tercero, que sacó genio y se blandeó o dolió en el caballo, se rompió por el tendón la mano derecha y no llegó entero ni a los diez viajes. El primero, molido a capotazos de doma antes y después de varas, muy llorón –no paró de bramar o mugir-, aguantó hasta siete u ocho tandas en paralelo con las tablas y entre rayas. No fue nunca obligado, Ponce le perdió pasos tal vez para tenerlo en la mano o sujeto y por eso la faena fue de tono menor. El toro escarbó a última hora. Rareza de la sangre atanasio. Un pinchazo sin soltar una estocada sin puntilla.

A ese cuarto de tan prometedor aire le bajó mucho las manos Ponce en una apertura casi en cuclillas de tan abierto el compás y en muletazos que fueron demasiado castigo para el toro. Una tanda segunda de buen dibujo y vertical compostura. De pronto se encogió en gesto afligido el toro, que salió casi roto de los muletazos sueltos de dos intentos discretos con la zurda, se sentó en un tirón y se derrumbó. La música siguió tocando como si tal cosa, el toro tardó en alzarse, perdió las manos más veces, se dividieron las opiniones cuando Ponce pretendió seguir y también cuando, una estocada notable y toro arrastrado entre pitos, se fue hasta casi los medios para rendir reverencias y más reverencias. Después del minuto de silencio por Dámaso lo habían sacado a saludar para subrayar de nuevo su éxito del viernes, las dos orejas de un toro.

El quinto fue toro de genio más bronco que agresivo, cobardón y violento, pegó tornillazos y gañafones sin cuento. Huido y escupido de los caballos de pica –la gente no aceptaba la única solución, la de saltarse las rayas el picador de turno-, esperó en banderillas y fue en la muleta el de peor nota y más peligro de la semana. Volvió grupas más de una vez y dos. Se llamaba Caraseria. Para apuntarse la reata.

La secuencia de esos tres toros y su circunstancia –tercero, cuarto y quinto- cambió el humor de la gente y, en cuanto el sexto claudicó de salida y después de picado, rompió un airado coro de palmas de tango. Abanto y corretón, el más estrecho de los seis, pero muy en el tipo original de Atanasio, ese toro iba a cambiar el signo de la cosa. Roca Rey acertó a sujetarlo antes de varas en los medios con lances de mano baja. La lidia a la defensiva de la gente de cuadrilla no ayudó y, sin embargo, el toro rompió a embestir enseguida. En los medios, encajado y firme, muy seguro, precisos los toques de ligazón, Roca Rey se templó muy al aire del toro y, en cuanto pudo, acortó distancias. Asustó a la gente con los cambiados por la espalda intercalados o los circulares contrarios a pulso, convenció con un arrimón casi impecable y, sobre todo, respiró a gusto, descolgado de hombros, muy suficiente y dueño de la escena. Con él la gente. Y la banda: una afinada versión del Martín Agüero, música tan de Bilbao. Y, en corto y por derecho, una excelente estocada hasta el puño.

Postdata para los íntimos.- El centro de Algorta, lo que ellos llaman "la plaza", porque una plaza es, es una concentración monumental de bares por habitante y metro cuadrado. Del metro al centro fui caminando por la calle de Juan Bautista Zabala. La escuela, cerrada por vacaciones. Antes de volver al mirador de Ereaga, sobre los muelles y el Puerto Viejo, frente al Abra, tomé la vía de San Nicolás y su entorno.

La parroquia es una notable construcción. No creo que sea de rigor hablar de un estilo vizcaíno diferenciado como tal, pero, si así fuera, la parroquia es un buen ejemplo. De construcción pesada pero ligera, sencilla pero compleja. O sea. Muy cuidada la fachada de sillar. Una espadaña muy graciosa. Y un pórtico enrejado y techado de teja encarnada que recorre tres de las cuatro fachadas. En el patio que precede al pórtico, cinco castaños. Un aviso del otoño: he recogido del suelo las dos primeras castañas del año. Traen suerte si las coges del suelo y no del árbol.
En una lápida del pórtico se recuerda a don Juan José Gainza, que fue párroco y organista de SAn Nicolás hasta su muerte en 2011. Es costumbre muy vasca rendir homenaje póstumo a los organistas de parroquia. En Azpeitia, por ejemplo, don Julián Barrenechea, que compuso cientos de aires musicales, es personaje queridisimo, O lo era, Murió a mediados de siglo. Ayer me encontré a las puertas del Ercilla a la cuñada del difunto José Elizburu, que tocaba el órgano en los funerales de Azpeitia y lo estuvo haciendo hasta pocos días antes de morir con noventa y pico años. Y seguía leyendo sin gafas las partituras.
Una nota graciosa en el pórtico: "BODAS: Por favor no echar nada a los novios". Ni un gramo de arroz. Enfrente del ala norte de la parroquia hay un restaurante vietnamita llamado Saigón Fusión. El arroz está en la carta como guarnición de todo.
La vieja anteiglesia de SAn Nicolás es ahora una biblioteca pública. Dos plantas. La baja, porticada con arcos de medio punto. Estilo vizcaíno. No hay pueblo - o barrio, en el caso de Algorta- de la Vizcaya próspera sin su escuela de música o pequeño conservatorio. El de Algorta, justo enfrente de San Nicolás y los castaños. En un bar bueno dan un pimiento de piquillo relleno de hongos silvestres y salsa vizcaína memorable.
En la parte alta de Algorta los indianos que volvieron ricos de Ultramar se hicieron mansiones suntuosas, como pequeños palacios. Me ha encantado el de Perentxena, con su mirador colonial, su palmera y su magnolio. El mirador, corrido, es de galeria. La talla de la madera, barroca. Desde ahí se divisan Serantes, Santurce y Portugalete. Como era tan clara la luz de mediodía, no hacía falta ni abrir los ojos. Pero en la playa de Ereaga ponen la música a toda pastilla y no se pueden cerrar los oídos. Iba a haber bajado al muelle en el ascensor, como tantos años. Desistí.Me abrí hueco entre la multitud de chiquiteros de la plaza y aledaños. Comí en el Ugarte una buena tortilla melosa. Me dio pereza bajar andando hasta Las Arenas. Lo hice en el autobús de Aizkorri, que pasaba entonces. Y en Las Arenas repetí de pimientos, De carne. Y un batido de postre de limón y vainilla.Y ahora me repite el pimiento. Ay!.

 

Última actualización en Jueves, 31 de Agosto de 2017 19:25