TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SAN SEBASTÍAN, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "Triunfa Perera, gobierna El Juli"

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Con dos toros problemáticos de Garcigrande, Julián da la talla

Con el mejor de la corrida, un bravo quinto, el torero extremeño redondea una poderosa faena personal

San Sebastián, 15 ago. (COLPISA, Barquerito)

Martes, 15 de agosto de 2017. San Sebastián. 4ª de Semana Grande. Templado, tarde nublada. Cerrada la cúpula. 7.500 almas. Dos horas y cuarto de función. El Rey Juan Carlos, en un palco de callejón, recibió brindis muy aplaudidos de El Juli y Perera. Seis toros de la familia Hernández Escolar. Tres -1º, 2º y 6º-, con el hierro de Garcigrande y los demás, con el de Domingo Hernández. El Juli, saludos tras aviso en los dos. Miguel Ángel Perera, que sustituyó a Manzanares, silencio y una oreja. Alejandro Talavante, silencio y ovación. Brillantes en brega y banderillas Curro Javier y Juan José Trujillo.

LOS DOS TOROS DE más romana de la corrida de garcigrandes entraron en el lote de El Juli. Hubo cuatro más bastante parejos, los cuatro restantes, y se repartieron a pares en los lotes de Perera y Talavante. Así de originales fueron los emparejamientos. Ninguno de los toros de El Juli estaba propiamente en el tipo que más abunda en la ganadería. El primero, casi 600 kilos, muy lleno, ancho y corto de manos, por acochinado y acarnerado. El único negro de los seis de envío. Un mozo, pero recogido de cuerna. De raras hechuras el cuarto, colorado y lavado, zancudo, alto y largo, cuello agaitado, sin las carnes del primero, cornicorto, una esquirla en el pitón izquierdo que acabó perdiendo a mitad de faena.

El primero escarbó y, aunque atendió al toreo a la voz tan imperativo y privativo de El Juli, se soltó en huida unas cuantas veces. Al salir de la primera vara, en el arranque en tablas y por banderas de la faena de muleta y hasta en tres bazas más durante esa misma faena, que fue tan rica de ideas como laboriosa. Y laboriosa porque la querencia del toro fue tan misterio como sus repentinos ataques de miedo, que hace a los toros huir.

Herido de muerte en los medios, donde El Juli firmó los mejores logros, y al salir de cuatro muletazos mandones tras la estocada, de la que se dolió en arreón, todavía tuvo ese toro gas para ganar a la carrera el portón de cuadrillas, que es una querencia bien fijada en Illumbe por ser la boca que asoma al mar. Desde ese portón, con la espada entera dentro, todavía se pegó una galopada sorprendente hasta las tablas de enfrente, donde al fin dobló. En medio de dos de las huidas, el toro había llegado a rajarse. El Juli lo dominó con autoridad, tanto en las persecuciones como en las pruebas recelosas, y desde luego cuando, en el mismo platillo, lo obligó, y trajo y llevó empapado en muletazos de mano baja. Los de pecho que abrocharon tanda fueron sin excepción excelentes.

A ese primero y al cuarto también los toreó Julián de capa con calma, asiento y compás. Un quite a pies juntos al cuarto tuvo sello original. El sentido de la lidia, como es habitual, fue modelo de precisión y diligencia. Ni un capotazo de más. Cuando faenaba con el primero, la banda se arrancó con la melodía del “Domingo Ortega” –“...torero de maravilla..” -, la música adecuada para un trabajo de tan bien poder. Por el más poderoso torero de su época se tuvo a Ortega en los años 30. Y, en fin, poder para ajustarle las tuercas al cuarto, el más deslucido e ingrato de la corrida, por andarín o gazapón, por informal y rebrincado, por cabecear y puntear, y por ponerse por delante.

Muchos problemas. A todos halló solución El Juli en una faena todavía más laboriosa que la primera, no tan brillante pero sí más meritoria. En una última tanda de toreo a dos manos asomó El Juli académico. Media estocada trasera no bastó. Cuatro descabellos. Amigo de las faenas breves, El Juli escuchó en cada toro un aviso. Pero, arrastrados los toros, lo sacaron a saludar de verdad. Con sendas ovaciones de trueno.

Para Perera fue el toro de la corrida, un Arpón quinto, enmorrillado, castaño, diadema dorada, que atacó ya de salida, se empleó en dos varas sin romperse, sacó bravo son en banderillas y tuvo por la mano derecha la embestida poderosa, larga y fiable de los garcigrandes de nota. Perera se entendió con él nada más verlo y sentirlo, y con él se vino a fundir en una faena muy de su corte y firma: la mano baja templada y de gobierno, el encaje juncal y severo, suelto el brazo, largo el trazo, perfecto el remate del muletazo, la ligazón a suerte no siempre cargada pero siempre impecable el ajuste. Y el valor: tres primeras tandas abiertas en distancia sin rectificar ni encogerse. Incluso a faena cumplida, Perera tuvo el gesto de citar para el cambiado por la espalda y resolver antes de enroscarse una y otra vez el toro en su terreno. Y sin ayudarse de la espada, como si jugara al ratón y al gato. Un juego de manos.

Los rizos pusieron de pie a la gente. Y los de pecho, tremendos, perfectos. También el aire bravo del toro, que murió de pie como los árboles de viejas raíces. En ambiente de euforia desatada, un pinchazo y una estocada caída. La vuelta al ruedo oreja en mano –la única de una tarde que se presumía muy orejera- fue clamorosa. Del certamen de novilleros de invierno en Illumbe salió hace casi veinte años lanzado a la fama Perera. Ayer había en la plaza aficionados antiguos, de los que apostaron por él entonces, y se dejaron sentir. Crudo de varas, listo y enterado, la cara por encima de los engaños, el segundo de corrida pegó cabezazos, se frenó. Y aquí solo pudo Perera abreviar.

La faena tan densa y casi redonda de Pereda pesó cuando Talavante, no se sabe si obligado o estimulado, salió a faenar con el sexto, que fue, después del quinto, el toro de mejor son. Muy llorón -¡Muuu…!- pero sencillo y casi transparente. Le pegó muchos pases Talavante, con su mano mejor, la zurda, y  con la otra también, pero, aunque limpios los muletazos, faltó llevar al toro metido en la muleta, o sacarlo fuera de las rayas, donde probablemente se habría visto mejor. Un interminable puyazo de hacer mucha sangre resultó no letal pero casi para el tercero, el otro de los tres toros de buen aire y el que más y mejor metió los riñones en esa vara sin límite. Talavante lo había recibido y fijado con una gavilla de lances mixtos: tijerillas, verónicas a pies juntos, chicuelinas, dos medias. Un laberinto gentil. No más de docena y media de viajes aguantó el toro en la muleta. Luego, se vino abajo. De los viajes claros no aprovechó Talavante ni la mitad. Estaría desganado. Y estuvo despegado.

Postdata para los íntimos.- Prisas, prisas. Los fuegos en la Concha.
Última actualización en Martes, 15 de Agosto de 2017 20:56