TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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SAN SEBASTÍAN, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "Una soberbia faena de Joselito Adame"

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La primera corrida de toros que en sus solo diez años de historia lidiaba El Parralejo se salda con un sonado éxito

Variedad, calidad, personalidad

Un toro de vuelta al ruedo. Cuatro más de buena nota

Espectáculo vivo y serio

Gusta el nuevo Adame, Luis Carlos, y se entrega López Simón con el toro de la vuelta

San Sebastián, 13 ago. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 13 de agosto de 2017. San Sebastián. 2ª de Semana Grande. Templado, soleado. Cerrado el párpado de la cubierta. 4.000 almas. Dos horas y treinta y cinco minutos de función. Seis toros de El Parralejo (José R. Moya). El quinto, Rabanito, número 41, premiado con la vuelta en el arrastre. Joselito Adame, una oreja y vuelta tras un aviso. López Simón, saludos tras un aviso y oreja tras un aviso. Luis Carlos Adame, una oreja en cada toro. Picó perfecto Óscar Bernal al cuarto. Un certero pero excesivo puyazo de Tito Sandoval al segundo. Prendieron pares notables Sergio Aguilar, Fernando Sánchez, Tomás López, Domingo Siro, Vicente Osuna, Jesús Arruga, Miguel Martín y Alberto Zayas. Todos ellos saludaron.

APLAUDIERON EN EL ARRASTRE a dos toros, primero y tercero de la corrida de El Parralejo. Al uno, por su nobleza y fijeza. Al otro, que se blandeó y pegó trallazos en el caballo, por la manera de humillar, y de hacerlo con un punto de temperamento. Al quinto, que no se empleó en el caballo de pica, le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre. Las vueltas de toro se dan en sentido inverso a las agujas del reloj. A este quinto toro, el de son más templado en la muleta, se la dieron al revés. La falta de costumbre.

 

Era la primera vez que la ganadería de El Parralejo lidiaba una corrida de toros. Ni siquiera en plazas de segunda o tercera se había hecho la prueba. Muchas novilladas en plazas tan contrastadas como Pamplona y Valencia. El hierro tomó antigüedad en Madrid hace dos años. Con una novillada, desde luego. Pasó el examen de Sevilla con éxito. Ganadería de procedencia Jandilla y Fuente Ymbro. De primera mano. Una garantía.

La corrida del estreno, de estilo y remate diversos, dio mucho juego. La variedad fue parte de su gracia y su misterio. Hubo, entre otros protagonistas, un cuarto toro descarado y casi cornalón. Soberbia arboladura que, a toro levantado y algo distraído –la cara arriba al soltarse, la mirada desparramada por las gradas de Illumbe-, parecía todavía más de lo que era, y era mucho. Escupido del caballo en la primera vara, geniudo cuando quiso pero no pudo blandearse en la segunda –excelente puyazo del joven Óscar Bernal-, bramó en banderillas y tomó la muleta con sorprendente son. Detrás de la muleta, pero no escondido tras ella, estuvo Joselito Adame. Y la firma de una faena de méritos y calidades más que notables.

Por descarado, parecía que el toro no iba ni a caber en el engaño. O que no iba a haber manera de enroscarse con tales agujas. Pues las dos cosas: empapado el toro en la muleta en una prolija faena de no menos de medio centenar de muletazos, ninguno de trámite, y el ajuste severo y preciso, no solo el imprescindible. Tanta precisión se tradujo en una faena de lúcidos aciertos al escoger terrenos y mano, y al medir tandas de templados muletazos bien cosidos siempre y sin perder tiempos ni pasos.

Siendo larga, fue faena de rico ritmo. La apertura de toreo al paso fue una delicia. El toreo en redondo, más abundante que al natural con la zurda, fue cadencioso. Ni un enganchón. Ni una embestida que no viniera aquilatada. La manera de cogerle Joselito el aire al toro y de tenerlo en la mano tuvo acento magistral. El mayor de los dos hermanos Adame, los dos en este cartel de estrenos, acabó toreando con los vuelos y a cámara lenta. Algo impropia una tanda de espaldinas antes de la igualada, pero, a cambio, una exquisita salida de la cara del toro en prueba de torería.

Y un final sorprendente: sin espada, solo el engaño en la mano y a pies juntos, una tanda fantástica rescatada del repertorio mexicano clásico. Todo pasó con fluidez llamativa. Pero al toro, pendiente de las gradas, le costaba igualar y fijarse a última hora. Y entonces Joselito decidió recibirlo con la espada y no cruzar. Una estocada de recurso, sorpresa para todos, pero estocada sin muerte. Si llega a doblar el toro, se cae la plaza. Herido de muerte, se encogió el toro. Sonó un aviso. Al segundo intento con el descabello y casi a pulso lo despenó Joselito. En tarde de todo vale, no hubo apenas petición de oreja para esta singular faena. Y se olvidaron de aplaudir al toro en el arrastre. Fue de esos toros que los toreros se apuntan en la memoria. Para la vuelta al ruedo de Joselito sí hubo clamores y reconocimiento.

Si quería la mayoría orejas, orejas hubo. Cuatro. Para la primera faena de Joselito se reclamó una segunda. Y para la última de la tarde, la segunda del Adame pequeño, Luis Carlos, se pidió también la segunda. Y hasta para el segundo de los dos trabajos de López Simón con el toro de la vuelta al ruedo. Tanta pasión fue índice de cómo la corrida le llegó a la gente. Lo mismo la noble entrega del primero de la tarde, traído y llevado por Joselito con mucho primor, que el temperamento belicoso del bravo sexto, que se enceló en el caballo mejor que ninguno, y apretó en banderillas y después de banderillas más que cualquiera de los otros cinco. El son tan apacible del quinto fueron embestidas de vals, y eso siempre gusta. Si el segundo no se hubiera casi desangrado en un primer puyazo durísimo, y si ni hubiera escarbado tanto, habría subido al podio con los otros toros de nota.

A orejas, dos y casi tres, y a la manera de llegar a la gente nadie ganó al Adame menor, que supo bajarle la mano al tercero y no dejarse ganar la partida, que no fue sencilla. Ni entonces ni en el toro del cierre, con el que costó encajarse. Momentos de repertorio popular –el quite del Zapopán, circulares cambiado en cadena, tandas rehiladas, gestos al tendido- pero la base del querer, el poder y el saberse estar. Y pasar con la espada con valor, ciencia y fe. Dos faenas, además, bien medidas, pensadas y resueltas.

Demasiado encima y antes de tiempo López Simón con el segundo toro, tan aplomado. Y descalzo, despacioso con la izquierda, inagotable, suelto, algo machacón, la muleta arrastrada por norma, y a veces en exceso, con el quinto. Faena interminable, como suele suceder cuando un torero siente que algo se queda dentro, pero sin saber del todo qué.

Postdata para los íntimos.- San Sebastián es una ciudad mal vertebrada. Les sucede a todas las ciudades crecidas en torno a una bahía y a un puerto pesquero. La llamada Parte Vieja es la ciudad original fortificada. El cogollo de la ciudad primitiva tiene armazón propia. Las vértebras en su sitio. El espacio más logrado y armónica de San Sebastián es la Plaza de la Constitución. Perfecto el rectángulo, muy brillante el caserío, buena pieza el antiguo Ayuntamiento. Ha desaparecido el bar Astelena con sus croquetas de bacalao. Ahora se dice "líquidas" de algunas croquetas. Estas eran sólidas, líquidas y gaseosas. Se despachaban por una ventana que daba al soportal norte. Me ha parecido ver que en lugar del Astelena hay un gastrobar muy a la page. No croquetas. En el Antiguo, en el.renovadísimo Oliyos, calle de la Escolta Real, ha desaparecido de la carta la singular sopa de pescado. Hay un caldo de pescado sustitutorio. A falta de pan...

Volviendo a las vértebras, lo que en el fondo articula la ciudad es el rio, tan saneado y ancho, espléndido cuando crece la marea, apacible cuando baja. Pero es que por lo que fuera costó un mundo que la gente aceptara el valor del río. El célebre Urumea, que traía en tiempos espumas y hedores de fábricas de papel. Ya no. En la margen derecha, el tendido del ferrocarril del Norte, ¡Qué pobre edificio la estación con su marquesina francesa! Todo lo que se ha construido en esa margen es opaco y triste. En lo que fue el estadio de Atocha se ha construido sin gracia. Los dos puentes son de mucho pensar. Uno, de influencia francesa muy cargante. Otro, más circunstancial. Si no llega a ser por el genio de Rafael Moneo y sus maravillosos cubos del Kursaal, San Sebastián parecería una ciudad antigua y fósil. Me refieron a sus sucesivos ensanches: Gros, Amara, y hasta la zona de Urbieta y San Martín, que es ahora la columna vertebral de la ciudad. El Bulevar es una terminal de autobuses. La Avenida, una calle de paso. La plaza de Guipúzcoa, un jardín pretencioso. Como vivo en el Antiguo hace años, diré que el barrio es ajeno a San Sebastián, que la calle Matía es la mejor del mundo, que la playa de Ondarreta es infinitamente más saludable que la plagada Concha, y que al ir creciendo hacia Venta Berri el mundo se nos a ido estirando pero sin desprenderse del todo. Han plantado muchos castaños.

Y, luego, esas tres cosas que sobran: el castillo de Igueldo, el Cristo de piedra de Urgull y el terrible edificio del Seminario. Al puerto, tan interesante, le falta músculo. Al paseo Nuevo le sobra. Esas olas de invierno, oh...!

 

 

Última actualización en Domingo, 13 de Agosto de 2017 22:01