TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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AZPEíTIA, GUIPÚZCOA. Crónica de Barquerito: "Dos tandas de naturales con la firma singular de Curro Díaz"

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Dura y bella corrida de Ana Romero

Tres toros de soberbio remate

Pero solo uno de ellos se emplea franco

Conjunto guerrero y peleón

Un balance generoso de tres orejas.

Azpeitia, 30 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 30 de julio de 2017. Azpeitia (Guipúzcoa). 2ª de feria. Nublado, templado. 2.500 almas. Dos horas y veintidós minutos de función. Seis toros de Ana Romero. Curro Díaz, silencio y una oreja. David Mora, una oreja y ovación. Borja Jiménez, una oreja y ovación.

LOS DOS TOROS MÁS bellos de la corrida de Ana Romero fueron un segundo de pinta cárdena tan clara que pudo darse por ensabanado y un sexto cárdeno sin la menor reserva. Eran los dos cinqueños del envío. Llevaban la edad impresa en las hechuras y en eso que se llama la expresión. La expresión de un toro, que son un conjunto de gestos y un código de conducta. En el caso de toros del encaste Santa Coloma, que en lo de Ana Romero se mantiene puro, la expresión es una viveza muy peculiar. Los dos toros fueron muy aplaudidos de salida. Y el segundo, el de son más vivo, aplaudido con ganas en el arrastre.

Los dos tuvieron más cuajo que cualquiera de los otros cuatro. Y más plaza también. El segundo, bravo en el caballo –un primer puyazo entregado, un segundo viniéndose de largo-, fue el que más se movió. Repetidor en el recibo de capa –lances bien volados de David Mora-, pronto en banderillas y fijo en la muleta, que quiso tomar siempre. Algo alta la cara, algo a su aire por la mano izquierda también, pero en la media altura y por la mano diestra el toro sacó calidad y nobleza.

Fue toro encastado y, dentro de una corrida en general dura de manos y muy pegada en el caballo, este pareció sencillo y ligero porque rompió a embestir en solo la media docena de muletazos de cata con que abrió faena Mora. Una faena larga, de mejores logros en el toreo en redondo, en tandas de cuatro y cinco cosidos o ligados, a suerte descargada más de una vez, y más de una pausa también porque, a pesar de sus virtudes, el toro pesaba un poco y, en los medios, no era de los de pasar solos. Una estocada trasera de buena ejecución. Una oreja.

Con ella se abrió el grifo. Iban a ser tres orejas. No todas del mismo calado ni méritos. Pues las otras dos recompensaron faenas de traza y contenido bien diversos. Y a toros no solo distintos del ensabanado, sino diferentes entre sí. El cuarto de corrida, cárdeno calzado y bragado corrido, no les anduvo lejos en belleza de remate a los dos cinqueños. Como si la corrida se hubiera enlotado con un criterio esteticista. Ese cuarto, duramente castigado en un primer puyazo trasero, se frenó no poco. Parecía estar con todo y con nada a la vez, hasta la hora de ponerse en serio Curro Díaz en una faena muy de su firma, como siempre sucede en los toreros de vocación artista, pero encarecida por su resolución.

Fue faena breve, otra buena costumbre de Curro, y en ella sobresalieron dos tandas con la zurda espléndidas. Una primera de tres naturales, los tres trayéndose el toro por delante y en los vuelos, y el de pecho. Y al cabo de dos pruebas sin éxito por la otra mano –tardo el toro, reservón, remate con taponazo-, una segunda y última serie, que fue la mejor de las dos. Por lo despaciosa. Y por el remate: la trincherilla y el natural de suelta. Como un pase de la firma.

El tercero salió galopando como solo el toro de Santa Coloma sabe -privativa velocidad-, tomó capa muy codicioso, cobró la vara tal vez más severa de las diez que sumó la corrida toda sin apenas protestas y no fue en la muleta nada fácil. Muchos derrotes por la mano diestra, punteaba o cabeceaba por la otra. Anduvo firme y decidido Borja Jiménez, sin redondear pero sin volver la cara. La pelea llegó a la gente. El punto de violencia del toro fue el ingrediente más sensible de la emoción. Ese tercer toro tan de batalla fue arrastrado entre muchos aplausos.

El primero de corrida, que desarmó a Curro en el recibo, romaneó, desmontó y derribó en un primer puyazo espectacular y cobró un segundo barrenado. Apretó en banderillas, un tercio que en un ruedo de las dimensiones del de Azpeitia es siempre comprometido, y sacó en la muleta aire revoltoso y pegajoso, las manos por delante, se defendía. Curro le buscó las cosquillas. Pero el toro no tenía

Los dos últimos toros de la tarde, el bello sexto y un quinto entrepelado, pelearon mucho en el caballo pero apenas sangraron. Tras un estrellón contra las tablas –apertura de David Mora sentado en el estribo-, el quinto se echó. Pareció lastimado, lo incorporaron, resistió. Cortos viajes reñidos y pegajosos, muy chillón David Mora, una faena maratoniana, un desarme. Con el sexto se vivieron más tensiones que emociones, porque fue el toro más correoso de los seis, el más celoso y ágil al revolverse. Borja Jiménez trató de abrirlo y pegarle hasta un tercer muletazo ligado. Del tercero hubo que salir siempre por pies. No consentía el toro. Un inquietante ten con ten. La banda lo subrayó con una versión muy empastada del Nerva, de Rojas. Todo el mundo esperando la corrida bondadosa de todos los años de Ana Romero. Y esta no.

Postdata para los intimos.- Josemari el del Olarko se jubiló el año pasado y no ha dejado a nadie la receta de sus tostadas de aceite, que son, o eran, el desayuno más estimulante del mundo. Las pedían bastantes clientes y a veces tocaba esperar. En la espera, un zumo y la lectura del Diario Vasco. Un día coincidí con Josemari y su mujer en Irún, en un restaurante escondido junto al Estadio Gal. Yo volvía de Bayona con hambre y ellos estaban de libranza. Era un lunes de septiembre. Y le pregunté a Josemari no por curiosidad sino por cordialidad, por el secreto de las tostadas, gruesas rebanadas de pan artesano empapadas de aceite entre tostadas y asadas o qué sé yo qué. Me dijo que ni él sabia el secreto. Di por buena la respuesta.
La gente hacía cola en la pastelería, que estaba, y sigue estando, en la parte delantera del café. Es uno de los bajos del barrio de Urbitarte, una pequeña colonia obrera de los años 60, la primera construida en Azpeitia en el camino antiguo de Loyola y en la margen derecha del río. Para llegar a Loyola hay que remontar la ribera del río. No llega ni a medio kilómetro. Conviene llevarse lo que te haya sobrado de tostada. O convenía porque ya no quedan. El paseo oficial de Azpeitia a Loyola, el más ilustre de sus barrios, es una línea recta de poco más de mil metros, y una carretera flanqueada por una alienación casi geométrica de tilos de gran porte, fronda muy espesa y tallos que revelan no menos de cincuenta años de vida. El camino de los tilos fue contribución generosa de un don Tirso de Olazábal descendiente directo de otro de igual nombre que fue jefe de la partida carlista en las guerras civiles del XIX. Los debió de ver en un viaje a Berlín y copió la idea.
El viejo camino está jalonado de álamos blancos y algunos cedros. Las dos rutas confluyen en el santuario, pero delante del santuario está plantado uno de los jardines botánicos más originales que conozco. El jardín de los jesuitas, dicen algunos. Yo me tumbo debajo del haya. Se oye cantar el río entre cantos rodados.
Última actualización en Lunes, 31 de Julio de 2017 07:45