TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Crónica de Barquerito: "El Fandi, ambición de novillero"

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Brillante como rehiletero, puso a la gente de pie al correr por delante a un quinto toro de gran trapío y muchos pies

El toro de la corrida para Escribano, que no remata con la espada una faena de interés

Muy desdibujado Padilla.

Pamplona, 10 jul. (COLPISA, Barquerito)

Lunes, 9 de julio de 2017. Pamplona. 6ª de San Fermín. Nubes y claros, algo de viento. Casi lleno. 18.200 almas. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). Sobrero un primero bis. Padilla, silencio en los dos. El Fandi, silencio y saludos tras un aviso. Manuel Escribano, saludos tras un aviso y silencio. Dos puyazos perfectos de José Manuel González al quinto.

EL PRIMER TORO de corrida se tronchó por la cepa el cuerno derecho al rematar de salida contra un burladero. Era la joya de la corona: bello, rubio, lustroso, tan serio de cara como casi todos los demás pero mejor hecho que ninguno. Descompuesto tras el estrellón, estuvo a punto de rodar, pero se alzó y resistió. La casta. No se envolvió entre los bueyes, tardó en volver a corrales, lo hizo por su cuenta. La escena del cuerno tronchado, del tambaleo herido y del dolor tan explícito del toro provocó reacciones contrapuestas: primero, pitos tal vez de espanto, y, al cabo, una ovación para despedir al toro en el último galopito de su vida.

Ese fue el capítulo primero del reestreno en Pamplona del nuevo y no tan fresco cartel de banderilleros. El prólogo de la cosa fueron casi cinco minutos de espera para iniciarse el paseíllo. Los alguacilillos en la arena y abiertas las dos hojas del portón, pero los tres espadas estarían cercados por una nube de fotógrafos espontáneos. Nunca había empezado en Pamplona una corrida con retraso. Nunca se había metido de rondón tanta gente en el patio de caballos.

El capítulo segundo fue un sobrero. De Fuente Ymbro, como el toro recién devuelto. En sus tres primeros turnos se intercambiaron palos los tres espadas. Se los habían traído de casa. Los de Padilla, forrados de azul y blanco, los colores de Jerez. Los de El Fandi, de encarnado y verde, como la enseña de Granada. Los de Escribano, blancos y cortos. Los tres tercios del intercambio se saldaron sin mayor gloria. Un sencillo cuarteo de El Fandi al sobrero fue el par mejor reunido. El propio Fandi se quedó con un palo en la mano en los otros dos toros. Padilla y Escribano banderillearon con visibles apoyos. Se celebró un juego de recortes y regates que fue como cercar al tercer toro. No se percibió mayor rivalidad, porque no la hay. Padilla anduvo apurado en las tres bazas y no banderilleó a su segundo de lote. El Fandi voló muy por encima de todos los nidos y al quinto, después de tres pares muy redondos, le hizo la suerte famosa del dedo en el testuz en larga y atrevida carrera hacia atrás hasta el momento de pararlo. Después de la parada, un desplante espléndido.

Fue el único momento de la tarde en que la gente se puso en pie como a resorte. El Fandi llevaba cinco años sin torear en Pamplona. Salió con la ambición de un principiante. Solo que el segundo de corrida, cinqueño de espléndido trapío, brindado al público, codicioso pero sin gas, derrotó defendiéndose y a los diez viajes se había venido abajo. El Fandi tuvo la feliz idea de abreviar. Idea feliz que no tuvieron ni Padilla, en tarde de indisimulable desconfianza, ni Escribano, castigado en el tercer toro con la afrenta de un aviso antes de igualar y montar la espada, y apurado e indeciso con el sexto, que fue el de mayor volumen de la corrida y el único que superó el listón de los 600 kilos.

Los dos toros de mejor condición del sexteto titular –el sobrero, tardo y probón, manseó no poco- fueron tercero y quinto. De formas, estilos y circunstancias bien distintas. El quinto, vuelto de cuerna, se lesionó la mano derecha en solo la primera tanda de una faena que El Fandi abrió de largo y temerariamente de rodillas antes de salirse, dentro de la seria de apertura, al platillo. Ahí pesó más de lo esperado el toro, que en un muletazo de remate y látigo perdió las manos. Ya no fue el mismo. Las ganas como de novillero de El Fandi, sí.

Una faena de sol, sembrada de desplantes de rodillas y ataques suaves, de asustar al toro sin medir su cabeceo. Enganchada la gente. Un pinchazo hondo, casi media. Levantó el puntillero al toro, que se había echado, El Fandi se resistió a tomar el verduguillo, un aviso, voló la oreja. Gesto compungido y no impostado de David, que, arrollado en un lance del quite del Zapopán, llevaba la faja negra, solo media, colgando.

Por calidades y nobleza el tercero, muy abierto de cuerna, fue el toro de la corrida. Escribano lo había recibido a porta gayola sin mayor realce, y toreado de capa con gavilla variada. Hasta una media de rodillas. A quites salió hasta tres veces Escribano, y dos El Fandi, pero fueron más los desaires que los logros. La primera faena de Escribano, perdiendo pasos primero, bajando a compás la mano después, tuvo momentos de bella cadencia, pero pecó de larga, de pausas y gestos gratuitos, de cambiar de terrenos y mano sin lógica razonable y de un exceso de teatralidad. Fue faena jaleada pero el aviso antes de cuadrar el toro vino a ser un jarro de agua fría. Tras dos pinchazos se echó en toro en las tablas. Otro jarro.

Postdata para los íntimos.- La plaza de San Francisco, cuadrangular, es, sin contar la del Castillo, la mayor de Pamplona. La cruzan de, norte a sur, la calle Nueva y su paralela, que lleva dos nombres distintos, Ansoleaga, que arranca de uno de los muros de San Cernin, y San Francisco, que desemboca en la calle Mayor y en un tapial de la iglesia de San Lorenzo, donde la capilla del santo Fermín de Amiens, copatrón de la ciudad.
El viejo encanto provinciano de la plaza del Castillo se ha ido perdiendo: las talas de los árboles, el hueco de salida de Carlos III, que rompe mucho la armonía del trapecio, las rotulaciones modernas, las entradas en los aparcamientos, el abuso del cemento en las dos últimas reformas, un banco bancario de aspecto ciclópeo. El ingrato papel de plaza mayor.
El espacio de San Francisco debe de ser un tercio de la plaza del Castillo, pero tiene unos cuantos bancos de madera más para sentarse a descansar, observar, leer y pensar. La placita más provinciana de Pamplona es la de San José, junto a la fachada de poniente de la Catedral, pero San Francisco tiene un encanto distinto. Será por los dos edificios que la flanquean por los lados estrechos del rectángulo: las Escuelas Municipales, una construcción de ladrillo y hormigón, creo que años 30, con ventanales franceses de marcos de madera azul, y el porte propio de los liceos laicos franceses,
En Pamplona el número de colegios de órdenes religiosas es brutal. No tanto en el Casco Viejo como en los dos Ensanches. Pero también. Las Municipales son una excepción en los dos sentidos: el edificio, infinitamente más abierto y luminoso que el que queráis -las franciscanas, las dominicas, las esclavas, los marianistas, los agustinos, etcetera-etcétera...- y su sentido.
Enfrente de las Escuelas, un edificio de viviendas de cuatro o cinco alturas, fachada de ladrillo, mansardas de pizarra, esquinas curvas, balcones corridos y sede en la planta baja de la Biblioteca Provincial, que es muy completa. Cierra en sanfermines. Las Escuelas, no, sino que se utilizan de consigna de equpajes para los cientos de visitantes. Hay, también, duchas. La cita es irrenunciable.
En la plaza hay un pequeño parque infantil, una fuente cuyo caño esta camuflado en una cabeza de león imitada de las de los viejos buzones. Esta mañana pasó una comitiva de músicos vascos, o de melodías vasas interpretada solo con acordeones, panderetas y un bombo. La pandereta es una pieza clave de la percusión en la música vasca. Hay que saber tocarla. Dos hileras de frondosos prunos marcan  otras tantas líneas del eje de la plaza. Cerca de San Francisco hay dos placitas casi confluyentes. La de los Comptos, en un rincón de la calle Ansoleaga, y la del Concejo, muy señorial, cuadrada, con una fuente de cuatro caños y un plato común. Todos los edificios de los lados mayores de San Francisco son de la época en que se diseñó el espacio. La estatua de San Francisco con el lobo a sus pies y acariciado, sobre pedestal francés, es más moderna. La tipología de las viviendas -sus colores, sus aleros, ventanas y balcones, sus puertas y anchos sobre alturas idénticas- es muy sugestiva. Solo el edificio número 14 de la plaza, o tal vez de la calle Ansoleaga -he preferido no preguntar-es como un cantazo a la vista. No es mala construcción -estilo escandinavo años 60- , sí una agresión estética.
Han traído a los toros vino de Ausejo, riojano de cosecha, un ribera crianza, mantecadas de Tafalla, guindillas de Calahorra para freir o en crudo, cava catalán y bocadillos de lo de siempre: ajorriero, ajorriero, ajorriero y uno de jamón. En una comida de viejos amigos se han contado maravillas de los paisajes de Bolivia, del desierto de sal, de los volcanes y las selvas. También de los valles de la Colombia andina y de valles profundos, interminables. Y yo que pensaba darme un paseito verbal por los valles de Navarra: desde Belagua hasta el Baztán. Navarra es como Suiza. Falta una salida al mar. ¿Y en eso solo se parecen? El queso de bola y el del Roncal no tienen nada que ver. En las calles de Zurich es tal la limpieza que sobran los barrenderos. Y pensar que Zurich fue hace ciento y poco años la ciudad refugio de la izquierda radical y disidente de la Europa imperial. Donde Lenin se pasó cinco años diseñando la revolución bolchevique.
La banda de Aranguren en la plaza de la Cruz. El bis, el Vals de Astraín. Ayer, la Harmonie Bayonaise con un repertorio muy refinado y otro popular. Dos gaiteros vasco franceses extrardinarios, que tocan con la banda. Se te saltan las lágrimas y los botones de la camisa. Y ya.
Última actualización en Martes, 11 de Julio de 2017 09:06