TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Una tormentosa corrida de Cuadri"

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Las dificultades habituales del encaste, pero la sorpresa de un sexto toro de rara calidad

Una brava y rica faena de Robleño, otra de buen temple de Venegas con ese sexto

Madrid, 4 jun. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 4 de junio de 2017. Madrid. 24ª de San Isidro. Revuelto, fresco, ventoso, nubes y claros, cielo velazqueño. 15.000 almas. Dos horas y media de función. Seis toros de Hijos de Celestino Cuadri. Fernando Robleño, silencio y ovación. Javier Castaño, pitos tras un aviso y silencio. José Carlos Venegas, silencio tras un aviso y ovación que recogió la cuadrilla al haber pasado el diestro a la enfermeria. Picaron bien Pedro Iturralde y Ney Zambrano a segundo y quinto. Fernando Sánchez prendió tres pares extraordinarios y Marco Leal, dos espectaculares. Admirable la profesionalidad de Juan Carlos Tirado para resolver en el tercio de banderillas del sexto.

EL MÁS ARMADO Y ASTIFINO de los seis toros de la corrida de Cuadri fue el sexto. 575 kilos, se llamaba Embustero. No estaba en el tipo propio de la casa ni dejaba de estarlo. Comparado con los dos galanes que acababan de arrastrarse, tan hondo y cargado de culata el cuarto como el quinto, el escaparate del sexto parecía de línea nueva o de refresco. Las carreras iniciales, algo desarboladas, y esa manera de estar antes de varas más pendiente de la infantería que del caballo de pica sí fueron las propias del encaste. Y hasta la forma de apalancarse después del segundo puyazo.

Solo que el toro mutó inesperadamente y de pronto acudió a engaño –lidiaba Curro Vivas- metiendo la cara, yéndose y viniendo pronto y largo, con son particular. Un par de claudicaciones pasajeras –habituales en una ganadería tan fina de cañas pero de caja tan llena y ventruda- y hasta un amago de desparramarse, que no llegó a ser.

Iban más de dos horas de festejo, las nueve y pico. La gente había protestado por frágil el primero de corrida, flojo pero sangradísimo, pero el palco lo mantuvo en la arena. Los cuatro toros siguientes pasaron la aduana sin mayor quebranto. El segundo, de preciosa cuerna acucharada y porte espléndido, se paró enseguida y protestó en medios viajes. El tercero, violentísimo, revoltoso y descompuesto, hizo cosas de toro antiguo, la fiereza sin cribar. El cuarto, tardo y revoltoso, bien toreado por un seguro, diestro y templado Fernando Robleño, faena de exposición y asiento, de recursos y emoción, de poder con el toro y templarse con él, tuvo en tablas mejor trato que los tres primeros.

El quinto, de cuajo descomunal, más que ninguno, fue muy agresivo de salída –las manos por delante-, se emplazó  en cuanto se soltó, fue guerrero en el caballo, salió punteando de la segunda vara, enterró cuernos en volatín completo,  y en banderillas esperó y cortó más de lo habitual. El toro de los Cuadri, dicen los toreros, es el más difícil de banderillear de todo el campo bravo. Este fue la prueba más evidente. Le prendió dos pares monumentales Fernando Sánchez, uno por cada pitón. Parecía convenir sin más una faena de aliño y castigo, el macheteo clásico, pero Javier Castaño, en gesto que le honró, apostó por estirarse y, paciente, tuvo convencido al toro en tres tandas ligadas a puro huevo, a media altura los viajes del toro, que de pronto volvió a mudar de carácter y acabó pegando hachazos, cornadas al aire y hasta hocicazos buscando presa. Salvo el quinto –excelente estocada de Castaño-, todos habían caído de estocadas en bajos o blandos, o de media tendida. Corrida más difícil de lo previsto No se esperaba sencilla.

Así que ese sexto fue como el contrapunto. En todo y por todo. En primer lugar, porque un banderillero tan célebre como David Adalid se afligió de repente y pasó hasta cinco veces sin hacer siquiera por llegar a la cara del toro. Parte del público –el siete, la grada seis- se había casi amotinado contra el palco por negarse a devolver el toro. La aflicción de Adalid provocó dos tambaleos del toro y la gresca, muy bronca, subió de tono. Juan Carlos Tirado, tercero de la cuadrilla de Urdiales y tercero también en esta baza, resolvió el tercio. Cuatro de las cinco banderillas que pudieron clavarse las puso él en cuatro pasadas. Y al fin se cambió el tercio.

Premioso, José Carlos Venegas reclamó calma a la gente, petición aceptada, y entonces vino el toro a aceptar el juego. Una tanda templada en redondo de cuatro, y el de pecho. Y al poco, otra aún mejor toreada. Una pausa, la zurda, por esa mano quiso el toro con son ý fijeza de bravo. Muy mirona toda la corrida. No este toro, que humilló y repitió, y fue un punto tardo pero no se cayó. Se callaron los de la gresca. Se supone que en el palco se presidencia cantarían victoria por lo bajini. Se fue de tiempo Venegas, sonó un aviso antes de la igualada y no lo oiría, pretendió rematar por manoletinas, salió volteado y pisoteado, una costilla rota. Lo despojaron de la chaquetilla, entró a matar, un bajonazo sumarísimo. La temeridad, el corazón, la calma, el temple, la tensión: todo en un solo paquete.

La semana torista empezó con todos esos signos. El talento y la seguridad de Robleño fue lo más brillante. La faena, en tablas de sol, al pie del tendido 4, junto a la puerta de cuadrillas, fue seguida y celebrada por el público de sol con subrayados muy singulares. Lo propio del toreo de verdad. Se acabaron respetando las reglas del juego: es potestad del palco devolver un toro o no devolverlo. No se tuvieron en cuenta los méritos de Castaño con el quinto ni el trágala de Venegas con el diabólico tercero.

Postdata para los íntimos.- A primera vista no parece fácil distinguir por los rasgos de la cara entre coreanos y japoneses. Entre japoneses y chinos, sí. tal vez porque la colonia china en España se ha ido multiplicando y se nos ha ido haciendo familiar lo que distingue a los unos de los otros. Entre paréntesis, las variaciones chinas son unas cuantas. En mi barrio, en la calle de Juanelo, hubo hasta hace tres años algo así como cuarenta comercios chinos. Cada uno de una región. O no. Pero etnias diferentes. No todos son mercaderes ni cocineros.El arroz tres delicias es un cuento chino. Y la salsa agridulce... ¡no, gracias!
Lo que distingue a los japoneses es el refinamiento. Incluso en casos de cruza. Si hay cruza, es dominante la elegancia natural japonesa. El turismo coreano se ha ido multiplicando en los últimos diez años. El japonés, no tanto. Y, además, los turistas japoneses, tan admirablemente disciplinados, corteses y educados, suelen elegir destinos y no comprar paquetes buitre. He contado más de una vez cómo en Arles, en Figueres o en Barcelona, adonde se peregrina para descubrir los mundos de Van Gogh, Dalí y Gaudí, las comitivas japonesas son la imagen del orden y el silencio.
Y en los toros, no digo nada. Nada sino que los grupos japoneses tienen la delicada costumbre de salirse por lo común en el tercer toro pero llevándose la almohadilla para dejarla en el mismo sitio donde la habían alquilado. Los coreanos no tiene norma de salida: en el segundo o en el cuarto toro. No se llevan la almohadilla. la dejan. Los japoneses contemplan las corridas con silencio singular. Ni en varas, ni en banderillas, ni en la estocada. No se afligen Los coreanos tiene algo sanferminero. Palabras altas, risas, riau riau!.