TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Versión magistral de Ponce"

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Dos faenas de valor, de forma, fondo y aire categóricos, de dominio por todo singular

Público a favor de obra incondicionalmente

Sin remate a espadas, dos orejas y puerta grande

Gran corrida de Domingo Hernández

Madrid, 2 jun. (COLPISA, Barquerito)

Viernes, 2 de junio de 2017. Madrid. 23ª de San Isidro. Primaveral, revuelto, muy ventoso al final. 24.000 almas, agotado el papel. Dos horas y cuarenta minutos de función. La infanta Elena y sus hijos, Felipe y Victoria, en el tendido de Preferencia. Seis toros de Domingo Hernández. Enrique Ponce, oreja y oreja tras aviso. Salió a hombros. David Mora, saludos tras aviso en los dos. Varea, que confirmó la alternativa, silencio tras aviso y palmas tras aviso. Dos puyazos perfectos de Puchano al bravo sexto. Mario Herrero se agarró bien con el tercero. Pares notables de Ángel Otero, Antoñares y Miguel Ángel Sánchez.

FONDO, FORMA Y AIRE magistrales en dos faenas de Ponce que no fueron ni redondas ni perfectas, y justamente en eso estribó su encanto, su fuerza y su frescura. Dentro de la monumental corrida de Domingo Hernández –el promedio más alto de la feria, 614 kilos- los dos toros de Ponce fueron los de más ajustadas proporciones. El uno, por ser el menos ofensivo de los cuatro que superaron el listón de los 600. Y el otro, cornipaso, el más armado de los seis, por ser el más bajo de agujas, el único de todos descolgado de carnes, badanudo también.

De partida se soltaron del capote uno y otro. Ponce se empeñó con el mayor de los dos, segundo de corrida, y se llegó hasta la boca de riego no de una vez sino en tramos. Bastaron tres lances para detectar un detalle argumental: el público estaba entregado. Incondicionalmente. A favor de obra. En esos tres mismos lances se cantó la condición del toro: el son alegre, la manera de humillar por la mano derecha, su prontitud y su recorrido. Fue clamoroso el subrayado de los lances de recibo, más cortos que largos, sucinto el vuelo, brillantes los remates a pies juntos que no llegaron a ser ni medias verónicas.

Picado al relance, protestando por el pitón izquierdo, el toro cobró un volatín completo al salir del caballo muy al ataque. Ponce quitó por chicuelinas, que no suele. Al retomar la lidia, toda a su cargo, sufrió un desarme. Olía a tierra húmeda, el barrunto de tormenta que tanto estimula al toro bravo. David Mora quitó por gaoneras. A tanto invitaba el toro. Era la confirmación de alternativa de Varea. Largo el parlamento de la confirmación y no menos el de la devolución de trastos. Pareció que Ponce buscó con la mirada a la infanta Elena y sus hijos para brindarles el toro. Pero el toro estaba fijo en el burladero que separa los bajos de presidencia del tendido preferente y cambió Ponce de idea.

No fue la única idea brillante. Sin más, y donde estaba el toro, entre tablas y rayas ahora, Ponce abrió con cuatro rotundos doblones.  El toro hizo un mal apoyo, casi claudicó. Ponce se vio desarmado. Anduvo listo para recoger la muleta y atacar sin perder un segundo. Una tanda en redondo de cinco y el cambiado de remate. Suavemente embarcado y conducido, vino el toro a placer y repitió. Y al momento, en el mismo terreno, otra tanda de idéntico formato pero soberbia calidad: el vuelo del muletazo, el juego de pies, la compostura natural.

En la cuarta tanda Ponce se salió de las rayas. El toro se soltó, prefería adentros y ahí siguió, si pausas ni paseos, un trasteo de rica expresión. Por la izquierda el toro no vino tan gobernado, sino desplazado y no reunido, pero ese punto fue salsa de la faena y parte de su encanto: Ponce se dejó ir. Muleta plegada en un único reposo, dos detalles mayores a dos manos y el final previsto: una tanda de muletazos genuflexos más de adorno que de horma. La faena acabó donde había empezado. Un metisaca y una entera tendida. Un mar de pañuelos blancos. Una oreja.

Por frágil fue protestado el cuarto, el burraco, aplaudido de salida, las manos por delante, corretón. Ahora Ponce optó por darle al toro capa, mucha capa de la de bregar y asentar. El palco salvó al toro del coro de palmas de tango y Ponce se encargó de dar la razón al palco. Después de banderillas pareció el toro firme y asentado. Las dos cosas, sí, pero con ellas lo que iba ser un problema: falto de motor, no de voluntad, el toro solo se empleó cuando vino enganchado. Literalmente. Conducido con serenidad admirable, porque en la cara del toro, de recorrido mínimo, no fue sencillo estarse tan sereno ni tan entero.

La paciencia, la postura y el gobierno del toro encarecieron la faena. La emoción la encendió el toro al revirarse por la mano izquierda dos o tres veces. La habilidad de Ponce para librar en tres tiempos un par de pases cambiados por alto por la mano izquierda se celebró como un invento y no como un recurso. La tensión fue constante. Y la faena, igual que la primera, en un solo terreno, señal indiscutible de autoridad. Antes de la igualada, un cuarteto de muletazos cambiados por abajo esplendidos. Un pinchazo, una entera tendida, un aviso, dobló el toro, se caía la plaza. Mayoría incontestable de pañuelos. La oreja cuando ya estaba enganchado el toro en el tiro de mulas. La vuelta al ruedo, coreografía más que discutible, fue clamorosa.

En la imponente corrida de Garcigrande destacaron por singulares dos toros: un tercero de casi 700 kilos que se movió con la agilidad de un tiburón pero sin ondularse y un sexto completísimo que se jugó, ay, en medio de una tormenta de aire. Nobles fueron un primero montadísimo y un quinto algo brusco. David Mora, muy airoso con el capote, entregado con la espada, hizo un esfuerzo sensible pero en faenas deshilvanadas. Varea se vio desbordado por los acontecimientos  -el peso de la obra de Ponce, el cuajo de los toros, los nervios de confirmar- y castigado por el viento de última hora. Sin él, quién sabe…

Postdata para los íntimos.- Sala de prensa de las Ventas: cinco grados de temperatura. "¡Brrrrrr....!", era la onomatopeya de las viejas viñetas de los tebeos anteriores a la invención de máquinas que podían generar aire frío. El aire acondicionado es de las cosas menos taurinas conocidas. No digo sol y moscas, porque las moscas, como las abejas y otros insectos, han sido en las grandes ciudades acondicionadas víctimas del aire frío. Cada vez que oigo a los apicultores del mundo clamar contra las plagas,me vienen a la memorias lecturas de prensa cientifica de divulgación que sostiene los perjuicios que origina el mal uso de la electricidad. Y otras enfermedades. Brrrrr...! .
Última actualización en Viernes, 02 de Junio de 2017 23:27