TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Un precioso toro de Juan Manuel Criado"

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Completaba una desigual corrida titular de Juan Pedro Domecq jugada sin fortuna

Brillantes cosas sueltas de Cayetano, desanimado Manzanares, confirmación del peruano Galdós

Madrid, 1 jun. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 1 de junio de 2017. Madrid. 22ª de San Isidro. Caluroso, banderas a plomo. 24.000 almas, agotado el papel. Dos horas y cinco minutos de función. Acompañado de la infanta Elena, El Rey Juan Carlos, en su habitual asiento de Preferente, recibió brindis muy aplaudidos de los tres espadas. Cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno -5º- de Juan Manuel Criado que completaba corrida. José María Manzanares, palmas y silencio. Cayetano, silencio y saludos tras un aviso. Joaquín Galdós, que confirmó la alternativa, saludos tras un aviso y silencio. Dos grandes pares de Iván García. Brega sobria pero distinguida de Joselito Rus y Gómez Escorial.

FUE DESCARTADO UNO de los seis toros del envío de Juan Pedro Domecq. De partida, tres cinqueños y tres cuatreños. Los cinqueños pasaron reconocimiento. Uno de los cuatreños, no. Por el descarte entró en liza un toro muy bien hecho de Juan Manuel Criado, procedencia Luis Algarra, quinto de sorteo, negro zaino. Impecable: uno de los mejor rematados de la feria. Solo que se venía protestando desde el principio la corrida de Juan Pedro por presunta falta de trapío y el reflujo de las protestas alcanzó a ese otro toro tan bello.

 

 

Náufrago, número 40. Largo, corto de manos, las borlas del rabo por el suelo. Fue el toro de la corrida. Son del bueno de salida y al tomar por los vuelos el capote algo desmadejado de Cayetano. Ocho viajes claros. Se podría haber llegado lanceando hasta la boca de riego y más allá. Pero las embestidas por debajo de salida suelen pesar. Lo propio del toro crudo. Este salió embistiendo de la segunda vara, y embistiendo tanto que lo hizo patinando. El peruano Joaquín Galdós, que acababa de confirmar la alternativa, firmó un gracioso quite por chicuelinas rematado con media.

Un moroso tercio de banderillas, brindis de Cayetano al público, y al tajo. El tajo fue una pródiga y espaciada faena cuyos mayores logros llegaron al conjugarse el toreo de brazos sueltos de Cayetano y la inercia del toro. Tanta la inercia que a Cayetano llegó a costarle soltárselo. Cuando la inercia dejó de fluir, costó tirar del toro. “Empujarlo”, dicen los toreros. Los recursos ante el toro parado solo se aprenden a base de oficio. No lo enseñan las musas.

De parte de las musas fueron los muletazos a dos manos por alto con que Cayetano abrió faena, los talonados de pecho en algunos remates de tanda, una serie en redondo despaciosa y ajustada, otra más arrebatada resuelta con un molinete, un cambio de mano y un desplante frontal columpiado en la cuna del toro, que justo entonces se paró. No faltaron los gritos sueltos de censura intemperantes tan de Madrid en tarde de gala. Aunque fue faena de un solo terreno en tercio de sombra, faltó hilván y faltó la garra o el desgarro que distinguen a Cayetano. Una estocada tendida, un aviso. Sacaron a saludar al torero, el gesto siempre serio.

No hay billetes. Por primera vez en la feria reventas en la boca del metro. Y, sin embargo, no hubo las señales de humo de las grandes ocasiones. Tal vez pesara un contraste: la impresionante corrida de Victoriano del Río lidiada el miércoles. 612 kilos de promedio. La de Juan Pedro no llegó a los 550 y por eso no imponía. Fueron mayoría los toros cargados de culata, muy nalgudos, y ese detalle fue lastre en la estampa de los dos del lote de Manzanares. La corrida se vivió, por lo demás, a plaza dividida. Una mayoría silenciosa que estaba por los toreros estelares, Manzanares y Cayetano. Yuna minoría, que todo lo contrario.

El toro de la confirmación de Galdós, muy distraído antes de banderillas, rompió en la muleta a cabalgar y acabó dándose. De menos a más. Y una faena desigual del torero limeño, que llegó a firmar una embraguetada tanda en redondo, se pegó demasiados paseos, se vio desbordado al intentar rematar trasteo a dos manos y genuflexo y al fin hizo rodar sin puntilla al toro de una estocada certera.

De los otros cuatro juampedros, el sexto, de buenos apuntes, salió lisiado de la segunda vara –una lesión medular- y no pudo ni descolgar por derrengado. El primero de Manzanares metió tanto los riñones en la primera vara que llegó a apoyarse en los cuartos traseros y habría hecho la corveta de no tener delante un caballo bien sujetado por Paco María, estupendo piquero. Cayetano quitó después de varas por tafalleras, larga afarolada y revolera buena. Pero el toro embistió, o no embistió, al paso y Manzanares, visiblemente desanimado de principio a fin, cortó a tiempo.

El cuarto, cinqueño y hermoso, punteó de partida y ahora Manzanares, violento con el capote, cortó casi por lo sano. Le echaron la culpa al toro. El primero de Cayetano, recibido con coro de miaus, se desinfló a los diez viajes. Solo pudo firmar Cayetano una apertura de faena de aire ordoñista. Antes, Galdós dejó ver en un quite a la verónica un prometedor sentido del temple.

Postdata para los íntimos.- Picasso vivió en Madrid poco menos de un año. Entre 1898 y 99. Goya y Velázquez, en cambio, fueron vecinos fijos no menos de treinta años cada uno y aquí están enterrados los dos. Enterrados de aquella manera, como dicen los catalanes para criticar las formas.

Los restos de Velázquez no se remitieron como los de Cervantes a un osario común de parroquia, pero al despejarse en 1809 los contornos del Palacio Real para abrir plazuelas a costa de tirar conventos y casas de cortesanos, la fosa cayó bajo un alud de piedras de derribo y nunca más se supo. En la Plaza de Ramales, el otero frente a la plaza de la Armería, consta una placa que da fe de que por alli estarán los restos de Velázquez. Los huesos molidos de sus manos, la luz de sus ojos, su acento portugués, su sensibilidad romana, su amor por los cielos de Guadarrama. Sic transit gloria mundi.

Goya murió en Burdeos y allí fue enterrado. Lo reclamaron al cabo de los años como lo que era, gloria nacional, y trajeron los restos para resepultarlos en la Florida, en la pequeña pero hermosa iglesia de San Antonio cuyos frescos pintò. Los frescos de San Antonio son uno de tantos asombros de Goya. Cuando abrieron el ataúd de vuelta de Burdeos, se descubrió que el cuerpo venía sin cabeza. ¡La cabeza de Goya, santo Cielo...!  Nunca apareció. Por eso hay tantos bustos de Goya repartidos por la ciudad. Y dos estatuas sedentes de categoría: una en el Prado y otra en la Florida. En la Florida no hay turistas casi nunca y el río, canalizado, pasa casi detrás. El puente de la Reina Victoria es de los mejores de Madrid. Lo cruzan dos autobuses de línea: el 41 y el 75. Había una gasolinera propiedad de Carlos Franco, el pintor que hizo este año el cartel de la feria de Sevilla. Un cartel con resonancias goyescas, velazqueñas y picassianas. Ya no está la gasolinera. Carlos pintó los frescos de la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor. A mí me parecen una maravilla pero cuesta verlos bien en ese encuadre barroco algo pesado. Y en ese ambiente de turistas en bloque.

Picasso vivió en la calle de San Pedro Mártir esquina con la de Soler y González, junto a Tirso de Molina, y en un edificio de cinco alturas de viviendas de finales del XIX. Hay cuatro mosaicos de Lola Galán en otros tantos vanos de ventanas cegadas, hileras de arriba abajo, todos los cuales tienen motivos de Picasso. Es un homenaje informal. En esa casa nació el actor José Isbert diez años antes de que Picasso pasara tan de paso. Ahora lo reclama Lavapiés como artista propio. No sé qué decir.
Última actualización en Jueves, 01 de Junio de 2017 23:14