TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Barquerito: "Una faena extraordinaria de Roca Rey"

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En tablas de chiqueros, donde la querencia caprichosa del toro, el torero peruano acaba disponiendo de él a su antojo y con estilo clásico

Una oreja, casi las dos

Brillante corrida de Victoriano del Río

Madrid, 31 may. (COLPISA, Barquerito)

Miércoles, 31 de mayo de 2017. Madrid. 21ª de San Isidro. Primaveral, a plomo las banderas. 24.000 almas, agotado el billetaje. Dos horas y media de función. El Rey Juan Carlos, en delantera de Preferente, recibió brindis de López Simón y Roca Rey. Seis toros de Victoriano del Río. Miguel Ángel Perera, silencio tras un aviso y una oreja. López Simón, saludos tras un aviso y pitos tras un aviso. Roca Rey, oreja tras un aviso y silencio tras un aviso. Muy ovacionado Tito Sandoval después de picar al quinto.

AL PRESCINDIR DE LOS ALARDES, tan legítimos como temerarios, el toreo de Roca Rey se ha refinado, y ha ganado en hondura y frescura. La espontaneidad no es nueva sino que parece marcada a fuego. Con la espontaneidad, la naturalidad. O una facilidad solo aparente, signo del toreo clásico: que parezca sencillo lo que no es. La fuerza de carácter no admite imposturas. Ni la buena inteligencia. Todas esas notas vinieron a decantarse a medida que Roca Rey, en faena de supina autoridad y acento magistral, le fue encontrando el qué, el dónde y el cómo al tercer toro de una seria corrida de categoría de Victoriano del Río elegida para la ocasión.

 

La ocasión: Roca Rey cumplía feria, a su reclamo volvió a llenarse la plaza hasta la bandera y el ambiente, roto cuando el torero limeño terminó por enredarse a su antojo con un toro que solo en la puerta de chiqueros se acabó entregando, fue el de las bazas mayores. A Roca Rey lo exigieron los intransigentes como si fuera quien manda en el toreo. Y tal vez mande. A pesar de las circunstancias y con los elementos en contra.

De la corrida de Cuvillo del pasado 24 de mayo, primero de sus dos compromisos de feria, se llevó en el sorteo los dos únicos toros que no tuvieron más trato que el aliño breve. De esta buena corrida, un sexto, que tullido después de picado y lidiado en banderillas con dudoso criterio, fue, por flojera y falta de entrega, el garbanzo negro del envío. Y el único de los seis abierto de palas. El tercero, en cambio, recogido, engatillado y bizco, fue el más cómodo de cara. De cara pero no de condición. No por falta de nobleza, rasgo latente, sino por una querencia a tablas y una manera de soltarse que parecieron delatar un exceso de carreras preparatorias. El aire no siempre reconocible del toro corrido en el campo.

Se llamaba Beato, como el célebre de la despedida de Esplá, pero no tuvieron nada que ver uno y otro. Aquél, rubio, inmenso, de cuajo monumental, fue de fijeza y ritmo soberbios. Este otro, negro de muchas carnes, ningún ritmo, porque estuvo queriendo soltarse hasta casi el final, y, por eso mismo, falta real de fijeza. Lidiado y picado de cualquier manera –a caballo vuelto dos varas de anzuelo, nadie que sujetara o detuviera sus desenfrenadas carreras barbeando las tablas en el sentido de las agujas del reloj-, el toro se medio sujetó en un  notable quite sorpresa de Roca Rey por gaoneras a tercio cambiado. Arte de magia.

Después de banderillas el toro atravesó las tablas de la puerta de arrastre en un estrellón y tuvo tomada la plaza con sus galopadas tan de naja. Pero Roca brindó al Rey Juan Carlos y se fue a buscar el toro, que se había parado a repostar en las tablas del 6 casi enfrente de su querencia todavía por definir: la puerta de toriles, justo debajo de asiento habitual del Rey. La faena fue de dos mitades. La primera, de sortear los arreoncitos sueltos y huidos del toro, y de tratar de convertirlos en lances regulares de lidia como si tal cosa, fue paciente, airosa y resuelta.

La segunda, en chiqueros y junto a las tablas, de una delicadeza y un refinamiento nada comunes. Un hilván exquisito para meter al toro en el engaño sin la menor violencia, sino como si lo convenciera con una sola palabra. Un asiento inapelable para enredarlo en cuatro o cinco tandas breves, ligadas y seguidas, sujetarlo, traerlo por abajo y hacerlo repetir con solo librar el vuelo de la flámula. Y enroscarse con él. Un descaro superlativo en desplantes de pura suficiencia. La plaza bramaba. En la suerte contraria, una estocada hasta la bola. Iba a echarse el toro cuando lo reclamó una gratuita punta de capote, que tuvo el efecto indeseable: el toro se tuvo recostado contra las tablas y ahí murió de bravo y no de manso. Sonó un aviso. Una oreja. Habrían sido dos sin ese final tan de ópera.

La faena de Roca Rey encareció la fiesta, en cuya primera mitad Perera, con un toro de espléndido porte, se apretó con la mano zurda y consintió, pero no tanto con la diestra, hasta que el toro se rajó no si haber avisado antes, y López Simón se embarcó en una aventura pasajera con un segundo terciado –el juampedro de peluche- que tuvo son, bondad y fuelle. Toro sencillo, más que cualquiera de los otros, pero el torero de Barajas pretendió torear solo sobre la inercia y en desmayo aparente, y eso solo no bastó.

Después del caprichoso Beato saltó otro toro de nombre ilustre en lo de Victoriano del Río: Cantapájaros, que figura en la antología de El Juli en Madrid. Este de ahora, acapachado y cabezón, alto y largo, negro tizón, el de mejor nota de la corrida, fue de son extraordinario. Un par de ligeros amagos de irse a tablas y soltarse fue borrón. Perera estuvo a gusto y templado con él, despacioso al torear en redondo -largo el trazo, suelto el brazo, grave el gesto- y muy de perfil al torear al natural con parecida calma. Pero abusó de prolongar las transiciones, que enfriaron más a la gente que al toro. El final, con circulares cambiados por el pitón izquierdo, fue decisión irregular y discutida. Una estocada a morir. Y, en fin, un quinto de corrida, cinqueño, 650 kilos, recogido de cuerna, atigrado y por eso espectacular, de particulares codicia y alegría. El toro que decantaba la corrida toda a gusto de ganadero y espadas. Con él lo intentó por activa y por pasiva un López Simón firme y entregado. Pero en faena declinante. Hasta que el toro se rajó de golpe y porrazo.

Postdata para los íntimos.- Nada más cruzarse la calle de la Sierpe, en la acera de los pares de la calle de Toledo, hay en el chiscón de un portal una tiendita especializada en correas de reloj y pequeñas reparaciones, cambios de pilas o limpiezas de fondos como los de los barcos pesqueros. No creo que haya en Madrid un establecimiento especializado más primoroso. La dueña tiene el don de los relojeros: una habilidad infinita. La sensibilidad en la yema de dos dedos privativa del oficio. Don celestial. No sé por qué a mí se me gastan mucho ls pilas del reloj. Será de tanto mirarlo. Me gusta mucho saber qué hora es. No por nada. Gajes del oficio: la hora de los toros es sagrada.

El comercio pequeño y mediano del barrio está en retirada y últimamente en caída en picado. Aquella Ley Boyer que un gobierno socialista amparó para castigar a los inquilinos y convertir a los dueños de locales en terratenientes implacables, manos muertas como las previas a la Revolución Rusa, sí, aquella ley trajo a los barrios viejos y los centros de las ciudades el germen de la llamada, en traducción críptica del inglés, gentrificación, que implica destruir el comercio antiguo, ir extrañando poco a poco a los vecinos naturales y convertir las áreas libres en zonas esclavas del ruido, las franquicias y el desarraigo. Como diría Gorki...
Vale

 

Última actualización en Miércoles, 31 de Mayo de 2017 22:34